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domingo, 23 de diciembre de 2012

Apariciones de Jesús Niño al Padre Pío



PRIMERA APARICIÓN. (noviembre de1911). Desde finales de octubre de 1911 hasta el 7 de diciembre del mismo año, el Padre Pío residió en el convento de Venafro(Isernia). Aquí en un éxtasis cuya fecha no precisa el Padre Agostino de San Marco in Lemis, se apareció al Padre Pío el Niño Jesús. Esta aparición fue de lo más singular, el Niño Jesús aparecio llagado, evidenciando así las heridas de la crucifixión en manos, pies y costado. La visión de Jesús llagado es una ventana abierta sobre el modo en que él contemplaba el misterio de la Navidad. Para él, el Niño Jesús debía ser visto a la luz de Jesús crucificado, y la fiesta de Navidad debía ser considerada en estrecha relación con la fiesta de Pascua.


SEGUNDA APARICIÓN. (20 de septiembre 1919).Bella y muy sugestiva, esta aparición es documentada por el Padre Raffaele de Sant'Elia a Pianisi, quien la detalla en su manuscrito, 'Apuntes breves sobre la vida del Padre Pío y mi larga permanencia con él '.- "Después de ocho años de vida militar, debía continuar los estudios de teología y prepararme para la ordenación sacerdotal. Yo dormía en una celda estrecha, casi enfrente a la número 5, que era del Padre Pío. La noche entre el 19 y 20 (de septiembre de 1919) no podía dormir. Hacia media noche me levanto, asustado. El pasillo estaba sumergido en la oscuridad, rota solo por la luz tenue de un candil de petróleo. Mientras estaba a la puerta para salir, veo pasar al Padre Pío, todo luminoso, con el Niño Jesús en brazos. Avanzaba lentamente murmurando oraciones. Pasa delante de mi, todo radiante de luz, y no advierte mi presencia. Sólo algunos años después he sabido que el 20 de septiembre era el primer aniversario de sus llagas ". Como se ve también esta aparición hace referencia a las llagas y, por consiguiente, a la Pasión de Jesús.


TERCERA APARICIÓN (24 de diciembre 1922).La narración de esta aparición se debe a Lucía Iadanza, hija espiritual del Padre Pío. El 24 de diciembre de 1922 Lucía quiso pasar la vigilia de Navidad junto al Padre. Aquella noche hacía frío y los frailes habían llevado a la sacristía un brasero con fuego. Junto al bracero Lucía, con otras tres mujeres, esperaba la media noche para asistir a la Misa que debía celebrar el Padre Pío. Las tres mujeres comenzaron a adormecerse, mientras ella seguía rezando el rosario. Por la escalera interior de la sacristía, bajaba el Padre Pío y se detvo junto a la ventana. En un momento, envuelto en un halo de luz, apareció el Niño Jesús y se detuvo entre los brazos del Padre Pío, cuyo rostro se volvió todo radiante. Cuando desapareció la visión, el Padre advirtió que Lucía, estaba despierta, lo miraba fijamente , atónita. Se le acercó y le dijo: "Lucía, ¿qué has visto?", Lucía respondió: "Padre, he visto todo". El Padre Pío, entonces, le advirtió con severidad: "No digas nada a nadie".

sábado, 22 de diciembre de 2012

La devoción a Jesús Niño del Padre Pío de Pietrelcina




Encontraréis un niño envuelto en pañales
y acostado en un pesebre (Lc 2,12)

El Padre Pío, desde la más tierna edad, y con un atractivo muy especial, se sintió fascinado por el misterio de Navidad.
Desde algunos días antes de esta fecha, en Piana Romana, mientras sus padres trabajaban en el campo, modelaba con barro las pequeñas imágenes del nacimiento; las colocaba en una pequeña gruta excavada en la pared más grande de la casa, y, con genial creatividad, preparaba las lucecitas, llenando con unas pocas gotas de aceite y un poco de estopa las conchas vacías de los caracoles, que elegía con atención entre las más bellas y que limpiaba por dentro, o, mejor, que hacía limpiar a su amigo Luis Orlando, ya que «no tenía el coraje de llevar a cabo esta operación».
Después, colocaba alrededor de la gruta grandes trozos de musgo que sacaba del tronco de los árboles con un cortaplumas. Y permanecía horas y horas delante del nacimiento, cantando nanas y rezando el Ave María.
De mayor, contaba los días que faltaban para Navidad. Enviaba a todos sus augurios de paz, de serenidad, de alegría.
­         «El celeste Niño te conceda experimentar en tu corazón todas las santas emociones que me hizo gozar a mí en la bienaventurada noche, cuando fue colocado en el pobre portal» (Epist. I,981).
­         «Un rayo del gran misterio de amor os invada a todos y os transforme en él» (Epist. IV,275).
­         «El divino Infante renazca en su corazón, lo transforme con su santo amor y le haga digno de la gloria de los bienaventurados» (Epist. IV,214).
­         «El celeste Niño esté siempre en su corazón, lo gobierne, lo ilumine, lo vivifique, lo transforme en su eterna caridad» (Epist. IV,508).
En Navidad, el rostro del Padre Pío se iluminaba. Sus labios dibujaban sonrisas de alegría. Su corazón no lograba contener la ternura, el amor por Jesús Niño. Se detenía horas y horas delante del nacimiento a meditar las enseñanzas que brotan de la gruta de Belén. Cada gesto manifestaba la apremiante, íntima y sentida devoción del Padre Pío hacia el Verbo de Dios hecho carne, que «renunció incluso a un modesto alojamiento entre los parientes y conocidos en la ciudad de Judá y, al ser rechazado por los hombres, pidió refugio y auxilio a viles animales, eligiendo su establo como lugar de nacimiento y su aliento para calentar su tierno cuerpecito» (Epist. IV,971, ed.1991).
En los días que precedían a Navidad, el Padre Pío escribía a sus hijas espirituales mensajes como éstos:
- «Al comenzar la santa novena en honor del santo Niño Jesús, mi espíritu se ha sentido como renacer a una vida nueva; el corazón se siente demasiado pequeño para contener los bienes del cielo; el alma se siente deshacerse completamente ante la presencia de nuestro Dios, que se ha hecho carne por nosotros.
¿Cómo resignarse a no amarlo cada día con nuevo entusiasmo?
Oh, acerquémonos al Niño Jesús con corazón limpio de culpa, que, de este modo, saborearemos lo dulce y suave que es amarlo» (Epist. II,273).
- Estate muy cerca de la cuna de este gracioso Niño... Si amas las riquezas, aquí encontrarás el oro que los reyes magos le dejaron; si amas el humo de los honores, aquí encontrarás el del incienso; y si amas la delicadeza de los sentidos, sentirás el olor de la mirra, que perfuma por entero la santa gruta.
Sé rica de amor hacia este celeste Niño, respetuosa en la actitud que tomes ante él en la oración, y plenamente dichosa al sentir en ti las santas inspiraciones y los afectos de ser singularmente suya» (Epist. III,346s).
(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

lunes, 17 de diciembre de 2012

San Pío: Modelo de sacerdote



SAN PÍO DE PIETRELCINA,
 ¿MODELO DE SACERDOTE PARA LOS SACERDOTES DEL SIGLO XXI?

Suenan todavía con fuerza las palabras de la homilía de Benedicto XVI en la misa que presidió en la catedral de Madrid, el pasado 20 de agosto, en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud, para unos 5.000 seminaristas. El Papa presentó con sencillez y profundidad, a los que se preparan para ellas en los seminarios, la vocación y la misión del sacerdote. Y, al final, les propuso como modelo al «santo patrono del clero secular español, san Juan de Ávila».
¿Podría haber presentado como modelo, entre otros muchos, al capuchino italiano Padre Pío de Pietrelcina? La fiesta litúrgica de este sacerdote estigmatizado, el día 23 de septiembre -en este caso a los 43 años de su muerte- nos brinda la ocasión adecuada para responder a esta pregunta. 

1º. Las palabras del Papa sonaron así: «Aspiráis a ser sacerdotes de Cristo para el servicio de la Iglesia y de los hombres».
El Padre Pío, ya religioso capuchino desde el 22 de enero de 1904, consiguió que su superior provincial solicitara a la Santa Sede la dispensa de la edad requerida para la ordenación sacerdotal, pues no quería morir sin haber celebrado al menos una vez la santa misa, y los médicos, ante una enfermedad que no lograban entender, le garantizaban pocas semanas de vida. Se ordenó de sacerdote el 10 de agosto de 1910. Y, en contra de los vaticinios de los doctores, vivió esta vocación y ejerció el ministerio sacerdotal durante 58 años, hasta su muerte, acaecida el 23 de septiembre de 1968. 

2º. Benedicto XVI, después de decir a los seminaristas: «estáis en camino hacia una meta santa: ser prolongadores de la misión que Cristo recibió del Padre», les señaló la que es, sin duda, la condición indispensable para serlo: «configurarse con Cristo». Configuración con Cristo, que, en palabras del Sucesor de Pedro: «comporta identificarse cada vez más con Aquel que se ha hecho por nosotros siervo, sacerdote y víctima»; y que debe ser «la tarea en la que el sacerdote ha de gastar toda su vida».
El Padre Pío, en el recordatorio de su primera misa, indicó primero la exigente misión que quería cumplir para bien de los hombres, y terminó diciendo a Jesús: «que yo sea… para ti sacerdote santo, víctima perfecta».
En el Padre Pío, la identificación con Cristo sacerdote y víctima alcanzó metas muy elevadas. Como en todos los santos, el primer agente de esa identificación fue el Señor. El Señor le regaló esto que el capuchino expresó en una carta de noviembre de 1922: «Desde el nacimiento me ha dado pruebas de una predilección especialísima». El Señor le concedió experimentar, al menos una vez por semana, la flagelación y la coronación de espinas. El Señor quiso fusionar con frecuencia su propio corazón con el de su humilde siervo, de modo que éste pudo escribir a su director espiritual e1 18 de abril de 1912: «El corazón de Jesús y el mío, permítame la expresión, se fusionaron. Ya no eran dos corazones que palpitaban sino uno solo. Mi corazón había desaparecido como una gota de agua que se pierde en el mar». El Señor -dejo otros muchos datos- quiso que esa identificación se manifestara al exterior, en las llagas del Crucificado, visibles y sangrantes, en las manos, pies y costado del fraile capuchino durante 50 años.
Y en esa identificación con Cristo fue mucho lo que aportó el Padre Pío. Identificación para la que se fue mentalizando en largas horas de oración, como anotó en su “Diario” en julio de 1929: «Diariamente no menos de cuatro horas de meditación, y éstas de ordinario sobre la vida de nuestro Señor: nacimiento, pasión y muerte». Identificación que vivió y alimentó sobre todo en la celebración de la santa misa, que era para él, en palabras de Juan Pablo II: «El corazón de toda su jornada, la preocupación más ansiosa de todas las horas, el momento de mayor comunión con Jesús, sacerdote y víctima». Identificación que le impulsó a amar y a desear la cruz: «Yo amo la cruz, la cruz sola, porque la veo siempre en los hombros de Jesús». Identificación, cuya expresión más bella fue probablemente su ofrenda como víctima, muchas veces renovada: por la conversión de los pecadores, por las almas del purgatorio, por la santidad de la Iglesia, por el fin de la guerra… Identificación que fructificó en una sed insaciable de la salvación de los hombres, como vamos a ver a continuación.

3º. El Papa no podía dejar de referirse a la misión del sacerdote. Lo hizo, sobre todo, con estas palabras: «Pero Cristo, Sumo Sacerdote, es también el Buen Pastor, que cuida de sus ovejas hasta dar la vida por ellas… Pedidle, pues, a Él, que os conceda imitarlo en su caridad hasta el extremo para con todos, sin rehuir a los alejados y pecadores, de forma que, con vuestra ayuda, se conviertan y vuelvan al buen camino. Pedidle que os enseñe a estar muy cerca de los enfermos y de los pobres, con sencillez y generosidad». E indicó que esta misión hay que realizarla como «compañeros de viaje y servidores de los hombres».

El Padre Pío, en el recordatorio de su primera misa, que antes he citado, escribió: «Jesús, mi anhelo y mi vida, hoy que emocionado te elevo en un misterio de amor, que yo sea contigo para el mundo Camino, Verdad y Vida». Y lo consiguió de verdad, pues, «devorado por el amor a Dios y el amor al prójimo», como pudo escribir a su director espiritual, buscó incansablemente «liberar a mis hermanos de los lazos de Satanás» y «dar la vida por los pecadores y hacerles participar después de la vida del Resucitado».

El Padre Pío -y me refiero ahora a los destinatarios de la misión de los sacerdotes que citó el Papa en su homilía- no rehuyó a los pecadores, como lo prueban las muchas horas -hasta 15 y más al día- que dedicó a administrar el sacramento de la confesión durante más de 50 años. Tampoco rehuyó a los alejados -me refiero a los alejados de Dios-, no sólo porque, con la fuerza de su santidad y de los carismas con los se vio enriquecido por Dios, atrajo a su confesonario a hombres y mujeres de los cinco continentes, sino también porque -son muchos los testimonios- el carisma de la bilocación le permitió hacerse presente con frecuencia en otros lugares del mundo sin dejar su convento de San Giovanni Rotondo. Estuvo muy cerca de los enfermos; y, para que fueran atendidos adecuadamente, promovió en la pequeña ciudad en la que residía: primero, el sencillo hospital “San Francisco de Asís” y, cuando éste, en el año 1939, fue destruido por un terremoto, el gran hospital “Casa Alivio del Sufrimiento”, inaugurado el 5 de mayo de 1956 con 300 camas, que en la actualidad son 1.200. Cuidó de sus ovejas, a las que regaló, de palabra o por escrito, como lo muestran los cuatro tomos de su “Epistolario”, una atenta y acertada dirección espiritual; y a las que ofreció -y sigue ofreciendo- la gran ayuda de los Grupos de Oración que llevan su nombre, presentes hoy en todo el mundo, y además en continuo crecimiento, para que sean, en el mundo, «faros de amor y levadura de vida cristiana». Y, en su caridad hasta el extremo, quiso llegar a todos, como lo expresó en estas palabras escritas a su director espiritual: «Quisiera poder volar para invitar a todos los hombres y mujeres de la tierra a amar a Jesús, a amar a María».

4º. Dejando, por falta de espacio, otros mensajes de esta homilía de Benedicto XVI, me fijo en éste: «Mirad, sobre todo, a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella sabrá forjar vuestra alma según el modelo de Cristo, su divino Hijo, y os enseñará siempre a custodiar los bienes que Él adquirió en el Calvario para la salvación del mundo».

De la devoción del Padre Pío a la Virgen María, dijo Juan Pablo II el día que lo beatificó: 2 de mayo de 1999: «Su devoción a la Virgen se transparenta en todas las manifestaciones de su vida»; se transparentaba tanto que, el día 16 de junio del 2002, al declararlo Santo, le dirigió esta súplica: «Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra». Una devoción a María que el papa Wojtyla calificó de «tierna, profunda y enraizada en la genuina tradición de la Iglesia». Una devoción que impulsó al fraile capuchino a imitar a la que consideraba «la discípula más perfecta de Jesús» y a suplicar, confiada y constantemente, sobre todo con el rezo del Rosario, a la que llamaba: Nuestra Señora de las gracias, Auxiliadora, Mediadora, Socorro… Una devoción -de nuevo palabras de Juan Pablo II- que «tanto en el secreto del confesonario como en la predicación, no se cansaba de inculcar a los fieles». El testamento espiritual del Padre Pío sigue sonando así: «Amad a la Virgen; haced que la amen; rezad siempre el Rosario».
Septiembre, 2011.

Elías Cabodevilla Garde, OFMCap


martes, 27 de noviembre de 2012

Quién es el Padre Pío?


Resulta imposible iluminar al gigante sin indagar en sus profundas raíces. Nacido el 25 de mayo de 1887, miércoles, a las 17 horas en Pietrelcina (Benevento), en la casa familiar de Vico Storto Valle, 27, Francesco Forgione di Nuncio, como se le bautizó en la iglesia arciprestal de Santa maría de los Ángeles, prometió con sólo cinco años “fidelidad” a San Francisco de Asís.

A esa misma edad, sabemos por su futuro director espiritual, Benedetto de San Marco in Lamis, que se le apareció el Sagrado Corazón de Jesús en el altar mayor de la Iglesia, indicándole que se acercase hasta él para bendecir con su santa mano la cabeza del pequeño en agradecimiento por haberle consagrado su amor.

Los padres de Francesco, Grazio María Forgione y María Giuseppa di Nuncio, eran campesinos de la Italia profunda que mantenían laboriosamente a sus siete hijos, dos de los cuales fallecieron a temprana edad.

El Padre Martindale aseguraba que Grazio y María Giusseppa recordaban extraordinariamente en sus facciones, amabilidad y acogida a los padres de Jacinta y Francisco, los videntes de Fátima.

El futuro Padre Pío era un niño normal, que jugaba con sus amigos y obedecía a sus padres. Claro que en alguna ocasión el pequeño espetó a su madre: “No quiero ir con este niño porque es blasfemo”.

Evitaba así las malas compañías que ofendían a Dios. Varios vecinos le vieron rezar el Rosario con nueve o diez años mientras pastoreaba las ovejas. A veces sufría con paciencia encomiable las burlas de algún compañero.

Desde la más tierna infancia grabó en su alma la huella de Dios, tanto para la penitencia como para la oración.

Asiduo acólito, rezaba siempre de rodillas con gran recogimiento; incluso a puerta cerrada, con la complicidad del sacristán, con quien quedaba a una hora concreta para que le abriese la puerta del templo sin que nadie más se enterase.

El sacerdote Giuseppe Orlando testimoniaba los sacrificios del bambino, a quien reprendió más de una vez por dormir en el suelo con una piedra como almohada, rechazando la cama que su madre le había preparado con esmero.

Uno de sus compañeros de pastoreo, Ubaldo Vecchiarino, confesó que una noche invernal se acercó con varios amigos a casa de Francesco para espiarle a través de la ventana: su habitación estaba a oscuras, pero oyeron los golpes de alguien que parecía azotar su cuerpo con un cordón de cáñamo.

Su propia madre le sorprendió varias veces flagelándose la espalda con una cadena de hierro hasta sangrar. Preocupada por su salud, decidió preguntarle otro día por qué lo hacía. El respondió: “Debo golpearme como los judíos lo hicieron con Jesús”.

Semejante sed de sufrimiento no obedecía a un propósito masoquista. Todo lo contrario: era el niño quien decidía abrazar la Cruz de Cristo, como lo haría de adulto, para expiar sus propios pecados y los de gran parte de la Humanidad. El sufrimiento físico, y sobre todo el moral, tenían por tanto el mismo sentido que Jesús les dio al extender los brazos en la cruz para redimir al mundo. La mortificación escondida constituyó siempre para el Padre Pío la piedra de toque del Amor, con mayúscula. Amor a Jesús, primero, y a los demás como consecuencia de aquél. En una palabra: Caridad.

Sor Consolata me comenta sobre él:

“Era el cantor de la misericordia de Dios. Él mismo solía decir: “He sido portador de la misericordia de Dios, pero el número de convertidos lo sabremos sólo por el Cielo”.

Su  humildad era proverbial. Cierto día, la religiosa le dijo:

-Padre, cuando rezo por usted no sé qué pedir…
-¿No sabes qué pedir? –se extrañó él. Yo te lo diré. Di al Señor: “Haz que este pobre desgraciado haga siempre Tu voluntad”.
Y añadió, con lágrimas en los ojos:
-Te lo repito; cuando quieras rezar por mí pide solamente esto: “Que este pobre desgraciado haga siempre Tu voluntad”.

¡Pobre de mí! –se lamentaba el Padre Pío por carta, el 6 de noviembre de 1919-. ¡Pobre de mí! No puedo encontrar reposo. Cansado, inmerso en la más extrema angustia, en la más desesperada desolación. Vivo en la angustia más angustiada, no ya por no poder encontrar a mi Dios, sino por no poder ganar a todos los hermanos para Dios. Sufro y busco en Dios la salvación para ellos…¡Qué terrible cosa es vivir del corazón! Esto obliga a morir en cada uno de los momentos y de una muerte que no llega nunca a hacerme morir, sino para vivir muriendo y muriendo vivir”.

¿Sufrir? ¿Para qué? ¿Por quién?

Sufrir para renovar la Pasión por Jesús. Su continua experiencia mística, bendecido por tan admirables dones, tenía precisamente como fin aumentar su capacidad de sufrimiento, como advertía el cardenal Giuseppe Siri.

Sufrir por todos, sin excepción. “No he venido a salvar a los justos, sino a los pecadores”, dijo el Señor.

Muchos “peces gordos”, como el Padre Pío solía llamar a los grandes pecadores, mordieron el anzuelo de la conversión gracias al infalible cebo del sufrimiento escondido.

Mary Pyle, una protestante americana que permaneció muchos años junto a él en San Giovanni Rotondo tras convertirse al catolicismo, y que a su muerte legó toda su fortuna a la Iglesia y al convento de capuchinos de Pietrelcina, ahondaba en ese mismo afán de capturar almas para el Señor, durante su encuentro con la publicista María Winowska:

“El Padre Pío es un especialista en “peces gordos”, como se dice vulgarmente. Pero no lo olvide: cuando él se hace cargo de uno, es para siempre. En cierta ocasión, me decía: “Quando io ho sollevato un ‘anima, non la lascio ricadere più”; “Si alguna vez he levantado un alma, puede estar muy tranquila, que no la dejaré caer de nuevo”.

También “levantó el alma” de Domenico Tizzani, “un excelente maestro”, en palabras del Padre Pío, que le impartió clases particulares durante tres años hasta completar la enseñanza elemental.

El profesor había abandonado su ministerio sacerdotal para convivir con una mujer que le dio una hija. Años después, ordenado ya sacerdote, el Padre Pío pasó junto a la casa de su antiguo maestro en Pietrelcina. A la entrada, vio llorar desconsolada a una joven mujer. Era su única hija. Enterado que su padre agonizaba, no vaciló en socorrerle pese a su condición de excomulgado.

El último reencuentro entre profesor y alumno fue un calco de la parábola evangélica del hijo pródigo. Ambos lloraron de inmensa alegría: Domenico, arrepentido de sus pecados; su confesor, agradecido al Señor por su retorno al redil.

Días después, Domenico entregó su alma a Dios en medio de una paz infinita.

¡Cuántas veces, a lo largo de su vida, el Padre Pío se ofreció al Señor por los demás como un cordero pascual!

Las locuciones con personajes celestiales traslucen su pasión incondicional por las almas. Copiadas y transmitidas por el Padre Agostino de San Marco in Lamis, la del 28 de noviembre de 1911 dice, por ejemplo, así:

“¡Oh, Jesús! ¡Te recomiendo aquella alma! Debes convertirla. ¡Oh, Jesús! Te recomiendo aquella persona: conviértela, sálvala. ¡Oh, Jesús! Convierte a aquel hombre; te ofrezco por él todo mi propio ser”.

Al día siguiente, volvía de nuevo a la carga:

“¡Dios mío! ¡No le castigues! ¡Tampoco a nuestros sacerdotes les castigues! ¡A nuestros superiores ayúdalos también! ¡Oh, concédele esta gracia! ¡Te he de cansar! ¡Tú debes decir que sí! ¡Si se trata de castigar a los hombres, castígame a mí! Debes ayudar a los sacerdotes, principalmente en nuestros días…”

A una de sus hijas espirituales, les escribía: “¿Cómo puedo olvidarte a ti, que me has costado tan duros sacrificios y a quien he engendrado para Dios entre agudos dolores?”.

Y a un joven, llegado a San Giovanni desde el confín del mundo, le recordaba: “Yo te rescaté al precio de mi sangre”.

¿No se dice acaso en la carta a los Hebreos, “sin efusión de sangre no hay remisión”?

El Padre Pío hizo suya esta frase de Paulo de Tarso a los Gálatas: “Hijos míos, por quienes padezco otra vez dolores de parto hasta que Cristo esté formado en vosotros”.

Sabía perfectamente que la principal causa de tantos fracasos en las obras de apostolado era la pretensión de ganar almas para Cristo sin sacrificio personal. 

José Mª Zavala de su obra “Padre Pío: Los milagros desconocidos del santo de los estigmas”

viernes, 23 de noviembre de 2012

Padre Pío en el confesionario



Quien participaba en la celebración eucarística del Padre Pío, no podía quedar tranquilo en su pecado. La Santa Misa elevaba a todos los presentes en el ministerio de Dios, que no dejaba en paz a quien vivía lejos de Él. Después de la Santa Misa, el Padre Pío se sentaba en el confesionario para administrar la misericordia de Dios a los arrepentidos.

Empezaba con los hombres hasta las nueve; de nuevo a las once y media, confesaba a las mujeres. En la tarde estaba a disposición de todos, pero dando la preferencia a los hombres, porque decía: "son los que más lo necesitan".

Hay muchas anécdotas sobre el ministerio que el padre Pío representaba en el confesionario. He aquí unos pocos: 

Siendo muchos los que querían confesarse con el Padre Pío, sé penso en poner orden hasta donde fuera posible.

En honor a este orden, algunos para confesarse debían esperar su turno hasta tres o cuatro horas.

Muchos, de los más empedernidos, iban a San Giovanni Rotondo, no para confesarse, sino por curiosidad o para reírse.


UNA TRAMPA

Una señora estaba angustiada porque el marido no quería confesarse. En ocasión de su onomástico, le pidió al marido un regalo.
"¡Lo que quieras!" Le contestó éste.
"¡ Acompáñame a San Giovanni Rotondo!"
Se puso rabioso.
"¡ Esto es una trampa! ¡Esto no es honesto!"
"¿Por qué no es honesto? ¿No me prometiste darme lo que yo quisiera?"
La acompañó a regañadientes y estando siempre de mal humor. Llegando por la tarde a San Giovanni Rotondo, lo primero que le dijo fue: "¡Mañana mismo nos regresamos en el primer tren!"
"¡Está bien!" le contestó la señora.
Durante toda la noche no pudieron dormir. A las dos de la madrugada todo el mundo se levantó para asegurarse un lugar en la Misa de las siete.
Se levantaron también ellos. Pero el marido, siempre de mal humor, dijo a la señora:
"Si quieres, que te acompañe, déjame en paz y no pidas que me confiese".
Durante la misa le tocó un lugar bastante cerca del padre Pío. La señora rezaba por la conversión de su esposo. Terminada la celebración, el primero en seguir al Padre Pío rumbo a la sacristía para la confesión, fue exactamente este señor. Después de un rato regresó donde estaba su esposa, y, con un rostro lleno de luz y alegría exclamó:
"¡Hecho! ¡Ya me confesé!"
"¡Que hombre es este Padre Pío! ¡Me detuvo y me puso como nuevo!"
"¿Cómo no confesarse después de una misa como ésta?"
Luego, echando el brazo al cuello de su Señora, le dijo: "¡No conviene que nos vayamos pronto! ¡Quedémonos una semana!"


¡VETE, VETE DE AQUÍ!

Mientras estos esposos gozan la gracia de Dios, en la sacristía, donde el Padre Pío esta confesando, se oye el golpe violento de la ventanilla del confesionario.
Sale una muchacha llena de lágrimas, que dá la vuelta y va enfrente del Padre para suplicarle que la confiese.
"¡Vete, vete de aquí!" le dice el Padre Pío en tono enérgico. "¡No tengo tiempo para ti!"
Ella continua sollozando como si el corazón le estuviera estallando.
Nadie se mueve. Se crea un profundo silencio, y los ojos de todos están sobre la muchacha. El Padre Pío continua confesando tranquilamente.
Se le acerca otro padre que esta encargado del orden y le dice: "Tranquilízate. No tengas miedo".
Se la lleva luego un poco lejos del confesionario y dialoga con ella. Al fin la muchacha se retira confortada, besándole la mano.

Una persona se le acerca a este religioso y le pregunta:
- "¿Por qué el Padre Pío es tan duro con ciertos penitentes?"
- "El Padre Pío", contesta el padre, "lee las consciencias y recibe a los que no están bien dispuestos".

- "¿Y si estos no regresan?"

"¡Pierda cuidado! el Padre Pío no las rechazaría si no supiera que regresarían. Para lavar un corazón es necesario una lluvia de lágrimas. 
Un buen medico no titubea en usar el bisturí".
"Entonces….esta muchacha…"
"¡No se preocupe! Ella vino, quizás por curiosidad, Muchas mujeres vienen por curiosidad. El Padre Pío lo intuye. No quiere que se confiesen para verlo. ¡Esa no es una confesión! Dentro de dos o tres días esta muchacha regresara preparada. ¿Cree usted que el Padre Pío no haya ya orado por ella? Pero es necesario esperar que la gracia actúe". 


TE VEO MUERTO

Otro día, un comerciante de la ciudad de Pisa llega a San Giovanni Rotondo a pedir al Padre Pío la sanación de una hija que estaba muy enferma.
Cuando estuvo frente al padre, este lo miro y le dijo: "Tú estas mucho más enfermo que tu hija. Yo te veo muerto"
"¿Que dice, Padre? ¡Yo estoy muy bien!"
"¡Miserable!" Le grita el Padre Pío. "¡Infeliz! ¿Cómo puedes estar bien con tantos pecados en la conciencia? Estoy viendo por lo menos treinta y dos!"
El hombre se sorprendió mucho, y terminó arrodillándose para confesarse.
Terminada la confesión, el comerciante de Pisa decía a todos: "El sabía todo y me ha dicho todo"


UN CRIMINAL

En otra ocasión un hombre, relacionado con una organización criminal, había decidido matar a su esposa. Para hacer creer que se trataba de un suicidio, penso acompañarla a San Giovanni Rotondo, simulando amor y fe. Era un ateo, que no creía ni en Dios ni en el diablo. Aprovechando el viaje, entro en la sacristía donde confesaba el Padre Pío para, observar este "típico fenómeno de histerismo".
Apenas el Padre Pío lo ve, se le acerca, lo coge del brazo y le grita: "¡Fuera, fuera, fuera! ¿No sabes que té esta prohibido mancharte las manos con sangre? ¡Vete!"
Todos los presentes quedaron aturdidos. Enloquecido, el pobre infeliz huyó, como si le hubiera caído fuego encima.
"¿Que pasó en la noche?" Solo Dios lo sabe y el Padre Pío. A la mañana siguiente el hombre estaba a los pies del Padre Pío, que lo acogió con amor, lo confesó, le dió la absolución y luego le abrazó tiernamente. Antes de que se retirara le dijo: "Tu siempre has deseado tener hijos, ¿no es verdad?
El hombre lo miró sorprendido, y luego le contestó: "Sí y mucho".
"Bien, ahora no ofendas más al Señor y tendrás un hijo".
Un año después, retornaron los dos esposos para que les bautizara al hijo.


¡ME HA DICHO TODO!

Un día un hombre salió de la iglesia, después de haberse confesado con el Padre Pío, y se puso a gritar loco de alegría, a todas las personas que se le acercaban: "Hacía 35 años que no entraba en una iglesia. Si, 35 años que no quería saber nada ni de Dios ni de la Virgen no de los santos. ¡Llevaba una vida de infierno! Un día una persona me dijo: "¡Vaya a San Giovanni Rotondo!" Solté la carcajada y contesté: "Si usted cree que ese padre me va a convencer está muy equivocada!.
Pero esta idea no me dejó en paz. Era como una perforadora que excavaba dentro de mí, finalmente no pudiendo mas, me dije: "¿Por qué no ir? Así acabaré con esta obsesión".
Llegué anoche. No había lugar para uno como yo, acostumbrado a las comodidades. Pasé la noche pensando en mis pecados y sudando abundantemente. A las dos de la madrugada, se oyeron varios despertadores. Me levanté con todos los demás, pero blasfemando contra todos. No obstante, me dirigí a la iglesia. No entendía lo que me sucedía por dentro. Esperé como los demás y entré como los demás. Asistí a la Misa del Padre Pío. ¡Qué Misa! Me mordía los labios, me defendía…pero no tenía nada que hacer, comenzaba a perder terreno. La cabeza me estaba explotando. Después de la misa seguí a los hombres que iban a la sacristía como un autómata. Al entrar, el Padre Pío vino a mi encuentro y me dijo: ¿No sientes en la cabeza la mano de Dios? Yo contesté: "Confiéseme, padre"
Apenas me había arrodillado, sentí la cabeza vacía como una olla. Me era imposible recordar mis pecados. El padre esperó un poco y luego me dijo: "Animo, hijo, ¿no me dijiste todo durante la Misa? ¡Animo! ¡Y me dijo todos mis pecados! Yo le contestaba solamente "Sí". "¡Ahora me siento limpio como un niño! ¡Ahora me siento feliz!"

HORA SANTA


HORA SANTA
Jueves 6 de diciembre de 2012
18.00 horas
Gutiérrez Zamora esq. Ribera s/n
Col. Las Aguilas
México 01710, D. F.
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lunes, 19 de noviembre de 2012

Embajador de Costa Rica presenta su libro



ROMA, 19 Nov. 12 / 01:02 am (ACI/EWTN Noticias).- El  Embajador de Costa Rica ante la Santa Sede, Fernando Sánchez Campos, presentó en América la segunda edición de su libro “Nace un hijo espiritual: Nuestra historia con el Padre Pío de Pieltrecina”, y ha decidido abrir las puertas de su embajada en Roma, a aquellos que quieran conocer un poco más al querido santo.

El libro se publicó originalmente en español en 2010 por la editorial Guayacán Centroamericana. La versión en italiano fue publicada junto al Prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, Cardenal Angelo Amato, y actualmente está siendo traducido al inglés.

El embajador estará la próxima semana en Dallas (Estados Unidos), y posteriormente en Guadalajara (México) y Costa Rica para presentar esta nueva edición.

La obra cuenta la experiencia personal del embajador y la milagrosa curación de su hijo Fernando Felipe. El niño sanó de una cardiopatía severa letal, luego de que su familia lo encomendara al padre Pío.

Después de esta experiencia, sintió la necesidad de escribirla y presentársela al Padre Carlo María Laborde, guardián de la fraternidad de San Juan Rotondo de Pieltrecina -donde descansa el Padre Pío-, para que conociese su historia. Fue él quien le instó a publicarla.

“Nunca me hubiera imaginado ni siquiera escribir un libro, menos una segunda edición, menos la traducción al inglés al italiano, y menos presentarlos en otros países...y lo hago lleno de felicidad y agradecimiento, porque también he visto las gracias enormes que contar mi historia desde el corazón le llevó a otros”, señaló Sánchez en una entrevista concedida a ACI Prensa el 14 de noviembre.

A partir de la publicación de la obra, su embajada se convirtió en un lugar de encuentro para aquellos quienes peregrinan a Italia para visitar la tumba del Santo.

“Ésta es una especie de pequeña embajada del Padre Pío de Pieltrecina en Roma –explicó-. Sobre todo para los costarricenses y resto de latinoamericanos que quieren conocer un poco más acerca del Santo”, explica.

La embajada asiste a los peregrinos que buscan indicaciones para ir a San Giovanni Rotondo y Pieltrecina, e incluso facilita el contacto con el santuario para celebrar una Misa.

La relación del embajador con San Pio de Pieltrecina es muy estrecha. Según Sánchez, San Pio de Pieltrecina utilizó estrategias muy sutiles para “conquistarlo”. Siempre por casualidad, llegaban a sus manos libros sobre el santo, tenía sueños con él, e incluso por azar, la primera bendición que recibió su hijo en el vientre, fue en una iglesia dedicada al santo del Pieltrecina.

Sánchez lleva varios años en Roma donde vive junto a su familia. Presentó sus credenciales al Papa Benedicto XVI el 3 de diciembre de 2010. Ser embajador ante la Santa Sede, no entraba en sus planes, y esto, también  lo considera como otra señal de amistad del santo.

Padre Pío y la sanación de Fernando Felipe

En 2007, la esposa del diplomático, Milagro, quedó embarazada. La primera bendición que sufrió el vientre, la recibió del Padre Gabriel Corrales –en presencia de una imagen de San Pío de Pieltrecina–. En septiembre de ese mismo año, Milagro presentó complicaciones en el embarazo. El corazón de su hijo latía demasiado rápido.

Fernando Felipe nació con una enfermedad mortal en adultos y con escasa esperanza de vida en neonatos, caracterizada por taquicardias muy severas. El niño no mejoraba pese al tratamiento pre natal, las medicinas y hasta cinco shocks eléctricos. Fue internado en la unidad de cuidados intensivos y en la noche del 23 de septiembre, coincidiendo con la fiesta de San Pío de Pieltrecina, recibió la visita del Padre Corrales, quien llevó una reliquia del Padre Pío, unas gasas ensangrentadas por sus estigmas.

Pocas horas después, el niño se estabilizó para sorpresa de los médicos. Minutos después a la oración, el registro de los latidos daba resultados absolutamente normales.

Fernando Felipe ya cumplió 4 años y nunca ha vuelto a tener problema alguno. Tiene una hermanita que en honor a la curación, se llama María Pía.

sábado, 10 de noviembre de 2012

Padre Pío compite con Apple?



Padre Pío compite con Apple? Sí, al menos en eBay. No es de extrañar. El santo de Pietrelcina no teme a nadie, ni siquiera al iPhone 5, iPad, iPod, Macbook. Con datos de los que navegan por la web, resulta que, a pesar de perder puntos en la cantidad de los objetos puestos a la venta o intercambio, en cuanto a la diversificación de los objetos y la calidad artística de la misma, el Padre Pío obtiene un gran premio. Piensen en eBay Italia, bajo la rúbrica del santo franciscano de todo, desde revistas, libros, tarjetas de teléfono, diamantes, pulseras, anillos, sellos, amuletos, amuletos, CD, DVD, porcelana, cerámica, herramientas, ropa, etc. tomaría toda una página de papel para enumerar todo. De hecho, para ser justos, es la propia Apple, que  para beneficiarse del fraile de Pietrelcina tiene aplicaciones dedicadas a él, e incluso una versión del iPhone con el rostro del Padre Pío. De todos modos, el Padre Pío tiene la ventaja de no poca importancia: el bajo costo de compra de los objetos, que desvanece por completo a aquellos que deciden invertir en su devoción y fe.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Cartas del Padre Pío



Para animarnos a sufrir de buena gana las tribulaciones que la divina piedad nos prodiga, tengamos fija nuestra mirada en la patria celestial reservada para nosotros, contemplémosla, mirémosla incesantemente con particular atención. Alejemos la mirada, por otra parte, de los bienes que se ven, entiendo hablar de los bienes terrenos, pues su vista arrebata y distrae al alma y adulteran nuestros corazones; ellos hacen sí que nuestra mirada no esté toda en la patria celestial.

Escuchemos lo que el Señor nos dice a propósito por boca de su santo apóstol Pablo: «A cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles». Y es muy justo que nosotros contemplemos los bienes celestiales, no preocupándonos de los terrenos, porque esos son eternos, estos transitorios.

¿Qué diremos nosotros si nos detuviésemos ante un pobre campesino, que estuviese casi atónito contemplando un río que corre con suma velocidad? Quizás nosotros nos pondremos a reír, y tendríamos razón. ¿No es una locura detener la mirada en lo que rápidamente pasa? Ese es por lo tanto el estado de quien detiene su mirada en los bienes visibles. Efectivamente ¿qué son ellos en realidad? ¿Son quizás diferentes de un río veloz, en cuyas aguas aún no se ha posado el ojo, que ya se escapan de la vista para no dejarse ver más?
(10 octubre de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 185)

lunes, 29 de octubre de 2012

Anécdotas del Padre Pío





¡Cuida por dónde caminas! 
Un hombre fue a San Giovanni Rotondo  conocer al Padre Pío pero era tal la cantidad  gente que había que tuvo que volverse sin ni siquiera poder verlo. Mientras se alejaba del convento sintió el maravilloso perfume que emanaba de los estigmas del padre y se sintió reconfortado. 
Unos meses después, mientras caminaba por una zona montañosa, sintió nuevamente el mismo perfume. Se paró y quedó extasiado por unos momentos inhalando el exquisito olor. Cuando volvió  sí, se dio cuenta que estaba al borde de un precipicio y que si no hubiera sido por el perfume del padre hubiera seguido caminando... Decidió ir inmediatamente a San Giovanni Rotondo a agradecer al Padre Pío. Cuando llegó al convento, el Padre Pío, el cual jamás lo había visto, le gritó sonriendo:- “¡Hijo mío! ¡Cuida por dónde caminas!”. 

Debajo del colchón 
Una señora sufría de tan terribles jaquecas que decidió poner una foto del Padre Pío debajo de su almohada con la esperanza de que el dolor desaparecería. Después de varias semanas el dolor de cabeza persistía y entonces su temperamento italiano la hizo exclamar fuera de sí: -“Pues mira Padre Pío, como no has querido quitarme la jaqueca te pondré debajo del colchón como castigo”. Dicho y hecho. Enfadada puso la fotografía del padre debajo de su colchón. 
A los pocos meses fue a San Giovanni Rotondo a confesarse con el padre. Apenas se arrodilló frente al confesionario, el padre la miró fijamente y cerró la puertecilla del confesionario con un soberano golpe. La señora quedó petrificada pues no esperaba semejante reacción y no pudo articular palabra. A los pocos minutos se abrió nuevamente la puertecilla del confesionario y el padre le dijo sonriente: “No te gustó ¿verdad? ¡Pues a mí tampoco me gustó que me pusieras debajo del colchón!”. 

Los consejos del Padre Pío 
Un sacerdote argentino había oído hablar tanto sobre los consejos del Padre Pío que decidió viajar desde su país a Italia con el único objeto de que el padre le diera alguna recomendación útil para su vida espiritual. Llegó a Italia, se confesó con el padre y se tuvo que volver sin que el padre le diera ningún consejo. El padre le dio la absolución, lo bendijo y eso fue todo. Llegó a la Argentina tan desilusionado que se desahogaba contando el episodio a todo el mundo. “No entiendo por qué el padre no me dijo nada”, decía, “¡y yo que viajé desde la Argentina sólo para eso!” “-El Padre Pío lee las consciencias y sabía que yo había ido con la esperanza de que me diera alguna recomendación”, etc, etc. Así se quejaba una y otra vez hasta que sus fieles le empezaron a preguntar: “Padre, ¿está seguro que el padre Pío no le dijo nada?¿no habrá hecho algún gesto, algo fuera de lo común??”. Entonces el sacerdote se puso a pensar y finalmente se acordó que el Padre Pío sí había hecho algo un poco extraño. “-Me dio la bendición final haciendo la señal de la cruz sumamente despacio, tan despacio que yo pensé: ¿es que no va a acabar nunca?”, contó a sus fieles. “¡He ahí el consejo!”, le dijeron, “usted la hace tan rápido cuando nos bendice que más que una cruz parece un garabato”. El sacerdote quedó contentísimo con esta forma tan original de aconsejar que tenía el Padre Pío. 

El vigilante y los ladrones 
“Unos ladrones merodeaban en mi barrio, en Roma, y esto me impedía ir a visitar al Padre Pío. Al final me decidí después de haber hecho un pacto mental con él: “Padre, yo iré a visitarte si tú me cuidas la casa...”. 
Una vez en San Giovanni Rotondo, me confesé con el Padre y al día siguiente, cuando fui a saludarle, me reprendió: “¿Aún estás aquí? ¡Y yo que estoy sudando para sostenerte la puerta!”. 
Me puse de viaje inmediatamente, sin haber comprendido qué había querido decirme. Habían forzado la cerradura, pero en casa no faltaba nada.” 

Niños y caramelos 
“Hacía tanto tiempo que no iba a visitar al Padre Pío que me sentía obsesionada por la idea de que se hubiera olvidado de mí. 
Una mañana, después de haberle confiado, como de costumbre, mi hija bajo su protección, fui a Misa. De regreso, encontré a la pequeña saboreando un caramelo. Sorprendida le pregunté quién le había dado el “melito”, como ella llamaba a los caramelitos, y muy contenta me señaló el retrato del Padre Pío que dominaba sobre el corralito donde dejaba a la pequeña durante mis breves ausencias. 
No di ninguna importancia al episodio y no pensé más en él. 
Después de algún tiempo, no logrando sacarme de la cabeza la idea de que el Padre Pío se hubiera olvidado de mí, pude finalmente ir a visitarlo. Inmediatamente después de la confesión, cuando fui a besarle la mano, me dijo riendo: “...¿también tú querías un “melito”?”. 

Un calvo 
“No había remedios para mi cabello que iba desapareciendo de mi cabeza, y sinceramente me disgustaba quedar calvo. Me dirigí al Padre Pío y le dije: “Padre, ruegue para que no se me caiga el cabello”. 
El Padre en ese momento bajaba por la escalera del coro. Yo lo miraba ansioso esperando una contestación. Cuando estuvo cerca de mí cambió el semblante y con una mirada expresiva señaló a alguien que estaba detrás y me dijo: “Encomiéndate a él”. Me di vuelta. Detrás había un sacerdote completamente calvo, con una cabeza tan brillante que parecía un espejo. Todos nos echamos a reír. 

El zapatazo 
Una vez un paisano del Padre Pío tenía un fuertísimo dolor de muelas. Como el dolor no lo dejaba tranquilo su esposa le dijo: “¿Por qué no rezas al Padre Pío para que te quite el dolor de muelas?? Mira aquí está su foto, rézale”. El hombre se enojó y gritó furibundo: “¿Con el dolor que tengo quieres que me ponga a rezar???”. Inmediatamente cogió un zapato y lo lanzó con todas sus fuerzas contra la foto del Padre Pío. 
Algunos meses más tarde su esposa lo convenció de irse a confesar con el Padre Pío a San Giovanni Rotondo. Se arrodilló en el confesionario del Padre y, luego de decir todos los pecados que se acordaba, el Padre le dijo: “¿Qué más recuerdas?” “Nada más”, contestó el hombre. “¿¿Nada más?? ¡¿Y qué hay del zapatazo que me diste en plena cara?!.” 

El saludo “grande, grande” 
Una hija espiritual del Padre Pío se había quedado en San Giovanni Rotondo tres semanas con el único propósito de poder confesarse con él. Al no lograrlo, ya se marchaba para Suiza profundamente triste, cuando se acordó que el Padre Pío daba todos los días la bendición desde la ventana de su celda. Se animó con la idea de que por lo menos recibiría su bendición antes de partir y salió corriendo hacia el convento. Por el camino iba diciendo para sus adentros: “quiero un saludo grande, grande, sólo para mí”. Cuando llegó se encontró con que la gente se había marchado pues el Padre había dado ya su bendición, los había saludado a todos agitando su pañuelo desde su ventana y se había retirado a descansar. Un grupo de mujeres que rezaban el Rosario se lo confirmaron. Era inútil esperar. La señora no se desanimó por eso y se arrodilló con las demás mujeres diciendo para sí: “no importa, yo quiero un saludo grande, grande, sólo para mí”. A los pocos minutos se abrió la ventana de la celda del Padre y éste, luego de dar nuevamente su bendición, se puso a agitar una sábana a modo de saludo en vez de usar su pañuelo. Todos se echaron a reír y una mujer comentó: “-¡Miren, el padre se ha vuelto loco!”. La hija espiritual del padre comenzó a llorar emocionada. Sabía que era el saludo “grande, grande” que había pedido para sí. 

Un niño y los caramelos 
Un niño, hijo de un guardia civil, deseaba tener un trencito eléctrico desde hacía mucho tiempo. Acercándose la fiesta de Reyes, se dirigió a un retrato del Padre Pío colgado en la pared, y le hizo esta promesa: “Oye, Padre Pío, si haces que me regalen un trencito eléctrico, yo te llevaré un paquete de caramelos”. 
El día de los Santos Reyes el niño recibió el trencito tan deseado. 
Pasado algún tiempo, el niño fue con su tía a San Giovanni Rotondo. El padre Pío, paternal y sonriente, le preguntó: “-Y los caramelos, ¿dónde están?”. 

¡Por dos higos! 
Una señora devota del Padre Pío comió un día un par de higos de más. Asaltada por los escrúpulos, pues le parecía que había cometido un pecado de gula, prometió que iría en cuánto pudiera a confesarse con el Padre Pío. Al tiempo se dirigió a San Giovanni Rotondo y al final de la confesión le dijo al padre muy preocupada: “Padre, tengo la sensación de que me estoy olvidando de algún pecado, quizá sea algo grave”. El Padre le dijo: “No se preocupe más. No vale la pena. ¡Por dos higos!”.





¿Esperas que me case yo con ella? 
El Padre Pío estaba celebrando una boda. En el momento culminante del acto el novio, muy emocionado, no atinaba a pronunciar el “sí” del rito. 
El Padre esperó un poco, procurando ayudarlo con una sonrisa, pero viendo que era en vano todo intento, exclamó con fuerza: “¡¿En fin, quieres decir este “sí” o esperas que me case yo con ella?!” 

¡Padre, ruegue por mis hijitos! 
Una señora muy devota del Padre Pío nunca se iba a dormir sin haberle encomendado antes a sus hijos. Todos las noches se arrodillaba frente a la imagen del Padre y le decía: “Padre Pío, ruegue por mis hijitos”. Después de tres años de rezar todos los días la misma jaculatoria pudo ir a San Giovanni Rotondo. Cuando vio al Padre le dijo: “Padre, ruegue por mis hijitos”. “Lo sé, hija mía”, le dijo el Padre, “¡hace tres años que me vienes repitiendo lo mismo todos los días!”. 

¡Y tú te burlas! 
Una devota del Padre Pío se arrodillaba todos los días frente a la imagen del padre y le pedía su bendición. Su marido, a pesar de ser también devoto del padre, se moría de la risa y se burlaba de ella pues consideraba que aquello era una exageración. Todas las noches se repetía la misma escena entre los esposos. Una vez fueron los dos a visitar al Padre Pío y el señor le dijo: “Padre, mi esposa le pide su bendición todas las noches”. “Lo sé”, contestó el Padre, “¡y tú te burlas!”. 


Padre Pío reza a San Pío X 
Una vez el Cardenal Merry del Val contó al Papa Pío XII que había visto al Padre Pío rezando en San Pedro frente a la tumba de San Pío X, el día de la canonización de Santa Teresita. El Papa preguntó al Beato Don Orione qué pensaba del asunto. Don Orione respondió: “Yo también lo vi. Estaba arrodillado rezando a San Pío X. Me miró sonriente y luego desapareció”. 

Padre Pío en Uruguay 
Monseñor Damiani, obispo uruguayo, fue a San Giovanni Rotondo a confesarse con el padre Pío. Luego de confesarse se quedó unos días en el convento. Una noche se sintió enfermo y llamaron al Padre Pío para que le diera los últimos sacramentos. El padre Pío tardó mucho en llegar y cuando lo hizo le dijo: 
“Ya sabía yo que no te morirías. Volverás a tu diócesis y trabajarás algunos años más para gloria de Dios y bien de las almas”. “Bueno”, contestó Monseñor Damiani, “me iré pero si usted me promete que irá a asistirme a la hora de mi muerte”. El Padre Pío dudó unos instantes y luego le dijo “Te lo prometo”. 
Monseñor Damiani volvió al Uruguay y trabajó durante cuatro años en su diócesis. 
En el año 1941 Monseñor Alfredo Viola festejó sus bodas de plata sacerdotales. Para tal acontecimiento se reunieron todos los obispos uruguayos y algunos argentinos en la ciudad de Salto, Uruguay. Entre ellos estaba Monseñor Damiani, enfermo de angina pectoris. Hacia la medianoche el Arzobispo de Montevideo, luego Cardenal Antonio María Barbieri, se despertó al oír golpear a su puerta. Apareció un fraile capuchino en su habitación que le dijo: “Vaya inmediatamente a ver a Monseñor Damiani. Se está muriendo”. Monseñor Barbieri fue corriendo a la alcoba de Monseñor Damiani, justo a tiempo para que éste recibiera la extremaunción y escribiera en un papel: “Padre Pío..” y no pudo terminar la frase. Fueron muchos los testigos que vieron un capuchino por los corredores. Quedó en el palacio espiscopal de Salto un medio guante del padre Pío que curó a varias personas. 
En 1949 Monseñor Barbieri fue a San Giovanni Rotondo y reconoció en el padre al capuchino que había visto aquella noche, a más de diez mil kilómetros de distancia. El Padre no había salido en ningún momento de su convento. 
Hoy día hay en Salto una gruta que recuerda esta bilocación y desde allí el padre ha hecho varios milagros. 

Nos hemos salvado por los pelos aquella tarde ¿eh General? 
El General Cardona, después de la derrota de Caporetto, cayó en un estado de profunda depresión y decidió acabar con su vida. Una tarde se retiró a su habitación exigiéndo a su ordenanza que no dejara pasar a nadie. Se dirigió a un cajón, extrajo una pistola y mientras se apuntaba la sien oyó una voz que le decía: “Vamos, General, ¿realmente quiere hacer esta tontería?”. Aquella voz y la presencia de un fraile lo disuadieron de su propósito, dejándolo petrificado. Pero ¿cómo había podido entrar ese personaje en su habitación? Pidió explicaciones a su ordenanza y este le contestó que no había visto pasar a nadie. Años más tarde, el General supo por la prensa que un fraile que vivía en el Gargano hacía milagros. Se dirigió a San Giovanni Rotondo de incógnito y ¡cuál no fue su sorpresa cuando reconoció en el fraile al capuchino que había visto en su habitación! “Nos hemos salvado por los pelos aquella tarde ¿eh General?”, le susurró el Padre Pío. 

Amor del Padre Pío por San Pío X y Pío XII 
El Padre Pío solía decir que San Pío X era el papa más simpático desde San Pedro hasta nuestros días. “Un verdadero santo”, decía siempre, “la auténtica figura de Nuestro Señor”. Cuando murió San Pío X Padre Pío lloraba como un niño diciendo: “Esta guerra se ha llevado a la víctima más inocente, más pura y más santa: el Papa”, pues corrían rumores que el Santo Padre había ofrecido su vida para salvar a sus hijos del flagelo de la guerra. 
Una vez Padre Pío dijo a un sacerdote que iba para Roma: “Dile a su Santidad (Pío XII) que con gusto ofrezco mi vida por él”. Cuando murió Pío XII el Padre Pío también lloraba desconsoladamente. Al día siguiente de la muerte no lloraba más y entonces le preguntaron: “Padre, ¿ya no llora por el Papa?” “No”, contestó el padre, “pues Cristo ya me lo ha mostrado en Su gloria”. 

Reacciones frente al “aggiornamento” de los franciscanos 
El Padre Pío ya había expresado su descontento frente a los cambios introducidos por el Concilio Vaticano II cuando el cardenal Bacci fue a verlo a San Giovanni Rotondo. “¡Terminad con el concilio de una vez!¡Por piedad, terminádlo pronto!”, le había dicho al cardenal. 
Cuando el encargado de la Orden franciscana fue a San Giovanni Rotondo para pedirle oraciones al Padre para los “Nuevos Capítulos”el padre se enojó mucho. Apenas oyó el padre la palabra “nuevos capítulos” se puso a gritar: “¿Qué están combinando en Roma? ¡Ustedes quieren cambiar la regla de San Francisco! En el juicio final San Francisco no nos reconocerá como hijos suyos.” Y frente a la explicación de que los jóvenes no querían saber de nada con la tonsura ni con el hábito, el padre gritó: “¡Echádlos fuera! ¡Ellos se creen que le hacen un favor a San Francisco entrando en su Orden cuando en realidad es San Francisco quien les hace un gran don!”.

viernes, 19 de octubre de 2012

Padre Pío en Querétaro



El pasado día 12 de Octubre, mes en el que se venera a la Virgen de Rosario y el día de la advocación Mariana de Nuestra Señora Del Pilar y de Nuestra Señora De Aparecida, el Padre Pío tuvo a bien visitar nuestra ciudad de Querétaro.

Esta visita tuvo una providencia muy grande por el mes y el día, ya que La Virgen del Pilar se la aparece al Apóstol Santiago mientras evangelizaba la patria Española, y fue también día de fiesta nacional en España y día de la hispanidad. Por otro lado Nuestra Señora De Aparecida, que se les aparece a unos pescadores en la red cuando su pesca era escasa, y al encontrarla   obtienen una pesca muy abundante.

Pues bien, el Padre Pío escogió  este día pues nos quiere decir que hay que evangelizar y poner por delante a la Virgen María y que detrás de ella esta Él para brindar consuelo a tanta gente que se encuentra enferma de cuerpo y de corazón.

La visita, fue todo un éxito y muy providencial, ya que el Padre Pío visito a los enfermos en el IMSS con anécdotas muy claras de Él. Llegando al IMSS, sin programa ni aviso la mamá de un niño Lucas había sido avisada, de que pudiera ir la reliquia  del Padre Pío a visitar a su hijo, pero que no era seguro.  Y resulta que cuando iba entrando La Reliquia, la mamá justo iba saliendo, ya se podrán imaginar la alegría de ella y nuestra sorpresa.

Por otro lado se visito una escuela en el pueblo de Jurica, donde también no se tenia programada su visita. Pero resulta que el director venera mucho a Juan Pablo II y del cual la escuela lleva su nombre. La visita fue todo un éxito y se organizo con tan solo un día de anticipación, dando un claro mensaje para el director y la comunidad de que el rezo del rosario es de los más necesario para que Dios nuestro Señor actué por medio de la Virgen. Se dejo también saber que el amigo, confidente e intercesor en muchos milagros del Beato Juan Pablo II había sido el Padre Pío.

Y para concluir la misa y la plática que se tuvo con los Operarios Del Reino De Cristo sobrepasó todas las expectativas, pues se reunieron cerca de 600 personas y muchas más se tuvieron que ir por falta de lugar. El Padre Gilberto dijo que pudieron haber sido unas 1,000 personas.

De este día en adelante se espera que la pesca sea grande con los Grupos De Oración del Padre Pío, así como la visita a los enfermos llevando a ellos aliento y esperanza de parte de La Virgen y de Nuestro Señor.

Confiamos en que el Padre Pío haga su trabajo y pronto veamos grandes frutos en esta ciudad de Santiago de Querétaro que tanto lo necesita.


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