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lunes, 1 de marzo de 2021

Misal Marzo 2021

viernes, 12 de febrero de 2021

MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO PARA LA CUARESMA 2021


 
MENSAJE DEL SANTO PADRE FRANCISCO
PARA LA CUARESMA 2021
 
«Mirad, estamos subiendo a Jerusalén...» (Mt 20,18).
Cuaresma: un tiempo para renovar la fe, la esperanza y la caridad.
 
Queridos hermanos y hermanas:
Cuando Jesús anuncia a sus discípulos su pasión, muerte y resurrección, para cumplir con la voluntad del Padre, les revela el sentido profundo de su misión y los exhorta a asociarse a ella, para la salvación del mundo.

Recorriendo el camino cuaresmal, que nos conducirá a las celebraciones pascuales, recordemos a Aquel que «se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz» (Flp 2,8). En este tiempo de conversión renovemos nuestra fe, saciemos nuestra sed con el “agua viva” de la esperanza y recibamos con el corazón abierto el amor de Dios que nos convierte en hermanos y hermanas en Cristo. En la noche de Pascua renovaremos las promesas de nuestro Bautismo, para renacer como hombres y mujeres nuevos, gracias a la obra del Espíritu Santo. Sin embargo, el itinerario de la Cuaresma, al igual que todo el camino cristiano, ya está bajo la luz de la Resurrección, que anima los sentimientos, las actitudes y las decisiones de quien desea seguir a Cristo.

El ayuno, la oración y la limosna, tal como los presenta Jesús en su predicación (cf. Mt 6,1-18), son las condiciones y la expresión de nuestra conversión. La vía de la pobreza y de la privación (el ayuno), la mirada y los gestos de amor hacia el hombre herido (la limosna) y el diálogo filial con el Padre (la oración) nos permiten encarnar una fe sincera, una esperanza viva y una caridad operante.

1. La fe nos llama a acoger la Verdad y a ser testigos, ante Dios y ante nuestros hermanos y hermanas.
En este tiempo de Cuaresma, acoger y vivir la Verdad que se manifestó en Cristo significa ante todo dejarse alcanzar por la Palabra de Dios, que la Iglesia nos transmite de generación en generación. Esta Verdad no es una construcción del intelecto, destinada a pocas mentes elegidas, superiores o ilustres, sino que es un mensaje que recibimos y podemos comprender gracias a la inteligencia del corazón, abierto a la grandeza de Dios que nos ama antes de que nosotros mismos seamos conscientes de ello. Esta Verdad es Cristo mismo que, asumiendo plenamente nuestra humanidad, se hizo Camino —exigente pero abierto a todos— que lleva a la plenitud de la Vida.

El ayuno vivido como experiencia de privación, para quienes lo viven con sencillez de corazón lleva a descubrir de nuevo el don de Dios y a comprender nuestra realidad de criaturas que, a su imagen y semejanza, encuentran en Él su cumplimiento. Haciendo la experiencia de una pobreza aceptada, quien ayuna se hace pobre con los pobres y “acumula” la riqueza del amor recibido y compartido. Así entendido y puesto en práctica, el ayuno contribuye a amar a Dios y al prójimo en cuanto, como nos enseña santo Tomás de Aquino, el amor es un movimiento que centra la atención en el otro considerándolo como uno consigo mismo (cf. Carta enc. Fratelli tutti, 93).

La Cuaresma es un tiempo para creer, es decir, para recibir a Dios en nuestra vida y permitirle “poner su morada” en nosotros (cf. Jn 14,23). Ayunar significa liberar nuestra existencia de todo lo que estorba, incluso de la saturación de informaciones —verdaderas o falsas— y productos de consumo, para abrir las puertas de nuestro corazón a Aquel que viene a nosotros pobre de todo, pero «lleno de gracia y de verdad» (Jn 1,14): el Hijo de Dios Salvador.

2. La esperanza como “agua viva” que nos permite continuar nuestro camino   
La samaritana, a quien Jesús pide que le dé de beber junto al pozo, no comprende cuando Él le dice que podría ofrecerle un «agua viva» (Jn 4,10). Al principio, naturalmente, ella piensa en el agua material, mientras que Jesús se refiere al Espíritu Santo, aquel que Él dará en abundancia en el Misterio pascual y que infunde en nosotros la esperanza que no defrauda. Al anunciar su pasión y muerte Jesús ya anuncia la esperanza, cuando dice: «Y al tercer día resucitará» (Mt 20,19). Jesús nos habla del futuro que la misericordia del Padre ha abierto de par en par. Esperar con Él y gracias a Él quiere decir creer que la historia no termina con nuestros errores, nuestras violencias e injusticias, ni con el pecado que crucifica al Amor. Significa saciarnos del perdón del Padre en su Corazón abierto.

En el actual contexto de preocupación en el que vivimos y en el que todo parece frágil e incierto, hablar de esperanza podría parecer una provocación. El tiempo de Cuaresma está hecho para esperar, para volver a dirigir la mirada a la paciencia de Dios, que sigue cuidando de su Creación, mientras que nosotros a menudo la maltratamos (cf. Carta enc. Laudato si’, 32-33;43-44). Es esperanza en la reconciliación, a la que san Pablo nos exhorta con pasión: «Os pedimos que os reconciliéis con Dios» (2 Co 5,20). Al recibir el perdón, en el Sacramento que está en el corazón de nuestro proceso de conversión, también nosotros nos convertimos en difusores del perdón: al haberlo acogido nosotros, podemos ofrecerlo, siendo capaces de vivir un diálogo atento y adoptando un comportamiento que conforte a quien se encuentra herido. El perdón de Dios, también mediante nuestras palabras y gestos, permite vivir una Pascua de fraternidad.

En la Cuaresma, estemos más atentos a «decir palabras de aliento, que reconfortan, que fortalecen, que consuelan, que estimulan», en lugar de «palabras que humillan, que entristecen, que irritan, que desprecian» (Carta enc. Fratelli tutti [FT], 223). A veces, para dar esperanza, es suficiente con ser «una persona amable, que deja a un lado sus ansiedades y urgencias para prestar atención, para regalar una sonrisa, para decir una palabra que estimule, para posibilitar un espacio de escucha en medio de tanta indiferencia» (ibíd., 224).

En el recogimiento y el silencio de la oración, se nos da la esperanza como inspiración y luz interior, que ilumina los desafíos y las decisiones de nuestra misión: por esto es fundamental recogerse en oración (cf. Mt 6,6) y encontrar, en la intimidad, al Padre de la ternura.
Vivir una Cuaresma con esperanza significa sentir que, en Jesucristo, somos testigos del tiempo nuevo, en el que Dios “hace nuevas todas las cosas” (cf. Ap 21,1-6). Significa recibir la esperanza de Cristo que entrega su vida en la cruz y que Dios resucita al tercer día, “dispuestos siempre para dar explicación a todo el que nos pida una razón de nuestra esperanza” (cf. 1 P 3,15).

3. La caridad, vivida tras las huellas de Cristo, mostrando atención y compasión por cada persona, es la expresión más alta de nuestra fe y nuestra esperanza.
La caridad se alegra de ver que el otro crece. Por este motivo, sufre cuando el otro está angustiado: solo, enfermo, sin hogar, despreciado, en situación de necesidad… La caridad es el impulso del corazón que nos hace salir de nosotros mismos y que suscita el vínculo de la cooperación y de la comunión.

«A partir del “amor social” es posible avanzar hacia una civilización del amor a la que todos podamos sentirnos convocados. La caridad, con su dinamismo universal, puede construir un mundo nuevo, porque no es un sentimiento estéril, sino la mejor manera de lograr caminos eficaces de desarrollo para todos» (FT, 183).

La caridad es don que da sentido a nuestra vida y gracias a este consideramos a quien se ve privado de lo necesario como un miembro de nuestra familia, amigo, hermano. Lo poco que tenemos, si lo compartimos con amor, no se acaba nunca, sino que se transforma en una reserva de vida y de felicidad. Así sucedió con la harina y el aceite de la viuda de Sarepta, que dio el pan al profeta Elías (cf. 1 R 17,7-16); y con los panes que Jesús bendijo, partió y dio a los discípulos para que los distribuyeran entre la gente (cf. Mc 6,30-44). Así sucede con nuestra limosna, ya sea grande o pequeña, si la damos con gozo y sencillez.

Vivir una Cuaresma de caridad quiere decir cuidar a quienes se encuentran en condiciones de sufrimiento, abandono o angustia a causa de la pandemia de COVID-19. En un contexto tan incierto sobre el futuro, recordemos la palabra que Dios dirige a su Siervo: «No temas, que te he redimido» (Is 43,1), ofrezcamos con nuestra caridad una palabra de confianza, para que el otro sienta que Dios lo ama como a un hijo.

«Sólo con una mirada cuyo horizonte esté transformado por la caridad, que le lleva a percibir la dignidad del otro, los pobres son descubiertos y valorados en su inmensa dignidad, respetados en su estilo propio y en su cultura y, por lo tanto, verdaderamente integrados en la sociedad» (FT, 187).
Queridos hermanos y hermanas: Cada etapa de la vida es un tiempo para creer, esperar y amar. Este llamado a vivir la Cuaresma como camino de conversión y oración, y para compartir nuestros bienes, nos ayuda a reconsiderar, en nuestra memoria comunitaria y personal, la fe que viene de Cristo vivo, la esperanza animada por el soplo del Espíritu y el amor, cuya fuente inagotable es el corazón misericordioso del Padre.

Que María, Madre del Salvador, fiel al pie de la cruz y en el corazón de la Iglesia, nos sostenga con su presencia solícita, y la bendición de Cristo resucitado nos acompañe en el camino hacia la luz pascual. 

Roma, San Juan de Letrán, 11 de noviembre de 2020, memoria de san Martín de Tours.
 
Francisco

 

miércoles, 3 de febrero de 2021

Esta oración del Padre Pío podrá ayudarte en tu depresión o tristeza

 


“Quédate conmigo, Señor, porque tú eres mi luz, y sin ti, estoy en tinieblas”, versa la oración escrita por San Pío de Pietrelcina y que es recomendada por el sitio web de



la Diócesis de Celaya (México) para las personas que sufren de depresión o enfrentan una profunda tristeza.


El artículo señala que el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM) "incluye definiciones clínicas para la depresión”, pero también se puede recurrir “a la explicación sobre la oscuridad espiritual que San Juan de la Cruz escribe en 'Noche oscura del alma'”.


“Sea cual sea la manera en que hayas llegado a un estado depresivo, fuera cual fuera la historia que te llevó allí, la clave en esos momentos oscuros es extender la mano, buscar el contacto” con Dios, describe el texto.


El autor indicó que “el estado de oscuridad y depresión no es un vacío. Es un espacio lleno de conocimiento ante el que estamos momentáneamente cegados”.


"Cuando intentamos alcanzarlo solos, a menudo estamos demasiado exhaustos como para seguir profundizando y, así, sucumbimos a las oleadas de desesperación”, agregó.


“Aunque nos hayan enseñado que perder la esperanza es volver la espalda a Dios —lo cual es pecado—, hay otro elemento de la desesperación que a veces se pasa por alto. Deriva de la Regla de San Benito: ‘Que en todo sea Dios glorificado’”.


El autor relató que en una confesión, “estando yo en una época de depresión, el sacerdote me dio una penitencia muy concreta. Debía leer sobre Jesús caminando sobre el mar tempestuoso, y sobre el miedo de Pedro en Mateo 14,30-31. Luego había de reflexionar, específicamente, sobre el momento en que Pedro desespera y busca la ayuda de Nuestro Señor, ese segundo justo antes de que Jesús le sostuviera su mano”.


“Fue un momento oscuro lleno de duda para Pedro, cuya fe había flaqueado. También fue una respuesta intuitiva para una persona que se ahoga físicamente: extender la mano”, señaló.


Explicó que esta es “una metáfora para extender la mano hacia Cristo psicológicamente y espiritualmente. Me sorprendió lo rápido que el instinto de sobrevivir espiritualmente se emparejó al deseo de vivir físicamente cuando se está agotado y en aguas profundas”.


Por ello, "con la tranquilidad de saber que el Señor ha cogido mi mano y que no me ahogaré, a menudo leo esta oración, a veces incluso tres veces entera”:


Quédate conmigo, Señor, porque es necesario que

estés presente para que no te olvide. Ya sabes lo fácil que te abandono.

Quédate conmigo, Señor, porque soy débil

y necesito tu fuerza para no caer tan a menudo.

Quédate conmigo, Señor, porque tú eres mi vida,

y sin ti, no tengo fervor.

Quédate conmigo, Señor, porque tú eres mi luz,

y sin ti, estoy en tinieblas.

Quédate conmigo, Señor, para que escuche tu voz

y te siga.

Quédate conmigo, Señor, porque deseo amarte

mucho y estar siempre en tu compañía.

Quédate conmigo, Señor, si deseas que te sea fiel.

Quédate conmigo, Señor, porque por pobre que sea mi alma

quiero que sea un lugar de consuelo para Ti, un nido de amor.


San Pío de Pietrelcina, Rezo para después de la Comunión.

Misal Febrero 2021

martes, 2 de febrero de 2021

La receta «irresistible» del Padre Pío para un matrimonio feliz


Giovanni y Paola llevan casados sesenta años y no dudan en dar testimonio a su alrededor de que su pareja dura gracias a esta “receta” del Padre Pío


Padre Pío tenía un ritual cotidiano: cada día, recitaba el pequeño rosario al Sagrado Corazón de Jesús, una oración para la intención de todos quienes se encomendaban a sus oraciones. Y eran muchos los que le pedían su intercesión por una causa difícil. Entre ellos, Giovanni y Paola Siena, una pareja italiana a la que el místico de Pietrelcina había “prometido” nueve hijos…


Todo comenzó en la década de 1920 en San Giovanni Rotondo, donde vivía el Padre Pío. Giovanni Siena conoció por primera vez al místico capuchino durante su primera comunión en 1928. Tenía 8 años por entonces. Tras haber trabajado en las minas, luego como docente y periodista, terminó por unirse al equipo de la clínica para personas necesitadas fundada por el Padre Pío, la Casa Sollievo della Sofferenza, donde se cruzó de nuevo con el padre capuchino.


En ese mismo momento, su futura esposa Paola, una joven de 21 años, hacía visitas regularmente al místico. Como ella misma atestiguaría más tarde, fue gracias a la intercesión del Padre Pío que resultó milagrosamente sanada de su depresión y de graves problemas pulmonares.


«Un buen joven»

Como Paola residía también en San Giovanni Rotondo, veía con frecuencia al místico. Convencida de que su vocación se encontraba en el matrimonio, la joven pidió consejo un día al Padre Pío: “Pero ¿cuál es tu deseo profundo?”, le preguntó el capuchino. Paola le respondió que quería fundar una familia, que le encantaban los niños y que soñaba con tener los suyos propios. “Entonces, recemos para que Dios te permita conocer a un buen joven”, concluyó el místico, y le dio algunos consejos: confesarse regularmente y comulgar todos los días.


Algún tiempo después, Paola descubrió que un tal Giovanni tenía mucho interés en ella. Se lo encontraba de vez en cuando en el entorno del futuro santo. Cuando convinieron prometerse al cabo de unos meses, decidieron rezar juntos diariamente y confiar a Dios su futuro matrimonio.


El 27 de agosto de 1950, durante una misa celebrada a las 5 de la mañana, el religioso les dio el sacramento del matrimonio. Emocionado, Pío repitió al final de la ceremonia este anhelo: “¡Sed felices, sed felices, sed felices!”.


La receta del Padre Pío

Cuando llevaban casados solamente algunos meses, Paola y Giovanni descubrieron que no podían tener hijos: Paola padecía infertilidad. El Padre Pío, que seguía acompañando a la pareja, les prometió rezar todos los días el pequeño rosario al “Sagrado Corazón de Jesús” y le dijo a Giovanni que lo contara en su libro Il mio amico Padre Pio: “Ya verás, tendrás tantos hijos como hay coros de ángeles”.


Con sorprendente rapidez, una pequeña les nació el 24 de julio de 1951. Sin embargo, cayó gravemente enferma y, según los médicos, no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir. La desesperada pareja pidió entonces al Padre Pío que rezara por su hija a punto de morir. Él les tranquilizó en seguida: su hija no moriría y viviría mucho tiempo. Y la niña sanó.


Después de este “milagro”, Giovanni y Paola permanecerían aún más cercanos al místico, hasta su muerte en 1968.


Se confesaban con él, rezaban con él y le pedían regularmente consejo en relación al matrimonio, a la educación de sus nueve hijos y a las preocupaciones cotidianas.


Paola dijo un día: “Después de sesenta años de matrimonio, puedo decir que la receta del Padre Pío, esta oración al ‘Sagrado Corazón de Jesús’, funciona. Giovanni y yo nos queremos como el primer día”.

viernes, 8 de enero de 2021

Misal Enero 2021

 



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sábado, 26 de diciembre de 2020

Cuando el Niño Jesús se apareció milagrosamente a Padre Pío por Navidad

 



Al santo Padre Pío le encantaba la Navidad. Sintió una especial devoción por el Bebé Jesús siendo ya un niño.


Según el sacerdote capuchino fray Joseph Mary Elder: “En su hogar en Pietrelcina, preparaba el Belén él mismo. A menudo empezaba a trabajar en él ya en octubre. Mientras sacaba a pastar el rebaño familiar con unos amigos, buscaba arcilla para moldear las estatuillas de los pastores, las ovejas y los Reyes Magos. Ponía un cuidado especial en la creación del niño Jesús, al que reconstruía una y otra vez incesantemente hasta que sentía que le había quedado perfecto”.


Esta devoción le acompañó durante toda su vida. En una carta a su hija espiritual, escribió: “Al comenzar la santa novena en honor del santo Niño Jesús, mi espíritu se ha sentido como renacer a una vida nueva; el corazón se siente demasiado pequeño para contener los bienes del cielo”.


La misa de Medianoche en concreto era una celebración llena de dicha para el Padre Pío, quien la celebraba todos los años dedicando muchas horas para oficiar cuidadosamente la Santa Misa. Su alma se elevaba hacia Dios con enorme alegría, una felicidad que era fácilmente visible para los demás.


Además, los testigos han relatado que pudieron ver al Padre Pío sosteniendo en brazos al Bebé Jesús. Y no era una estatua de porcelana, sino el mismísimo Niño Jesús en una visión milagrosa.


Renzo Allegri cuenta la siguiente historia:


Estábamos recitando el rosario mientras esperábamos la misa. El Padre Pío estaba rezando con nosotros. De repente, en un aura de luz, vi al Niño Jesús aparecer en sus brazos. El Padre Pío se transfiguró, con los ojos contemplando al niño resplandeciente en sus brazos, su rostro transformado por una sonrisa de asombro. Cuando la visión desapareció, el Padre Pío se dio cuenta, por la forma en que lo miraba, de que yo lo había visto todo. Sin embargo, se acercó a mí y me dijo que no se lo mencionara a nadie.


El padre Raffaele da Sant’Elia, que vivió junto al Padre Pío durante muchos años, contó una historia similar:


Me había levantado para ir a la iglesia a la Misa de Medianoche en el año de 1924. El pasillo era enorme y oscuro, y la única iluminación era la llama de una pequeña lámpara de aceite. A través de las sombras pude ver que el Padre Pío también iba camino de la iglesia. Había salido su habitación y caminaba lentamente a lo largo del corredor. Me di cuenta de que estaba envuelto en una banda de luz. Busqué una mejor vista y vi que tenía al Niño Jesús en sus brazos. Y yo me quedé allí, absorto, en la puerta de mi habitación, y caí de rodillas. Padre Pío pasó por mi lado, todo refulgente. Ni siquiera se percató de que yo estaba allí.


Estos sucesos sobrenaturales destacan el profundo y comprometido amor del Padre Pío hacia Dios. Su amor ahondaba más gracias a su sencillez y humildad, con un corazón abierto de par en par a recibir cualquier gracia celestial que Dios tuviera prevista para él.


Que nosotros abramos también nuestros corazones para recibir al Niño Jesús en Navidad y permitamos que el insondable amor de Dios nos inunde de alegría cristiana.

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