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domingo, 28 de agosto de 2016

20 consejos del Padre Pío para los que sienten que pierden las esperanzas


Cada cierto tiempo Dios envía a nuestro mundo algunos hombres extraordinarios que hacen de puente entre la tierra y el cielo, y ayudan a que miles de hombres puedan gozar del Paraíso eterno. El siglo XX nos dejó uno especialmente singular: el Padre Pío de Pietrelcina, un religioso capuchino nacido en ese pequeño pueblo del sur de Italia y muerto en 1968 en San Giovanni Rotondo. San Juan Pablo II lo elevó a los altares en 2002 en una canonización que batió todos los récords de asistencia. Hoy se puede decir que es el santo más venerado en Italia.
 El Padre Pío recibió unos dones especiales por parte de Dios como el discernimiento de las almas y su capacidad para leer las conciencias; curaciones milagrosas; la bilocación; el don de lágrimas; el perfume a rosas que desprendía y, sobre todo, los estigmas en pies, manos y costado que padeció durante 50 años.
A lo largo de su vida escribió miles de cartas a sus dirigidos espirituales que son una fuente de sabiduría cristiana práctica y de gran actualidad.
Pensamientos para afrontar el sufrimiento
A continuación una selección de pensamientos del Padre Pío ante el sufrimiento, extraídos, precisamente, de esas cartas. No tienen desperdicio. Dan esperanza y elevan el alma:
  1. “Si puedes hablar al Señor en la oración, háblale, ofrécele tu alabanza; si por mucho cansancio no puedes hablar, no te disgustes en los caminos del Señor. Detenté en la habitación como los servidores en la corte y hazle reverencia. El te verá, le gustará tu presencia, favorecerá tu silencio y en otro momento encontrarás consuelo cuando él te tome de la mano”.
  2. “Cuanta más amargura tengas, más amor recibirás”.
  3. “Jesús quiere llenar todo tu Corazón”.
  4. “Dios quiere que vuestra incapacidad sea la sede de su omnipotencia”.
  5. “La fe es la antorcha que guía los pasos de los espíritus desolados”.
  6. “En el tumulto de las pasiones y de las vicisitudes adversas nos sostenga la grata esperanza de la inagotable misericordia de Dios”.
  7. “Ponga toda la confianza sólo en Dios”.
  8. “El mejor consuelo es el que viene de la oración”.
  9. “No temas por nada. Al contrario, considérate muy afortunado por haber sido hecho digno y participe de los dolores del Hombre-Dios”.
  10. “Dios os deja en esas tinieblas para su gloria; aquí está la gran oportunidad de vuestro progreso espiritual”.
  11. “Las tinieblas que a veces oscurecen el cielo de vuestras almas son luz: por ellas, cuando llegan, os creéis en la oscuridad y tenéis la impresión de encontraros en medio de un zarzal ardiendo. En efecto, cuando las zarzas arden, todo alrededor es una nubarrada y el espíritu desorientado teme no ver ni comprender ya nada. Pero entonces Dios habla y se hace presente al alma, que vislumbra, entiende, ama y tiembla”.
  12. “Jesús mío, es el amor que me sostiene”.
  13. “La felicidad sólo se encuentra en el cielo”.
  14. “Cuando os veáis despreciados, haced como el Martín Pescador que construye su nido en los mástiles de las naves es decir, levantaos de la tierra, elevaos con el pensamiento y con el corazón hacia Dios, que es el único que os puede consolar y daros fuerza para sobrellevar santamente la prueba”.
  15. “Ten por cierto que cuanto más crecen los asaltos del demonio tanto más cerca del alma está Dios”.
  16. “Bendice el Señor por el sufrimiento y acepta beber el cáliz de Getsemani”.
  17. “Sé capaz de soportar las amarguras durante toda tu vida para poder participar de los sufrimientos de Cristo”.
  18. “El sufrimiento soportado cristianamente es la condición que Dios, autor de todas las gracias y de todos los dones que conducen a la salvación, ha establecido para concedernos la gloria”.
  19. “Recuerda que no se vence en la batalla si no es por la oración; a ti te corresponde la elección”.
  20. “La oración es la mejor arma que tenemos; es una llave que abre el corazón de Dios”.

domingo, 17 de julio de 2016

Confesión a lo Padre Pío


Su nombre: Pierino Galeone, hijo espiritual del Padre Pío, a quien el capuchino curó cuando estaba desahuciado por los médicos, al término de la Segunda Guerra Mundial.
 
Conocí a don Pierino, octogenario ya, en mayo de 2010, con motivo de mi viaje a San Giovanni Rotondo para componer un libro (Padre Pío. Los milagros desconocidos del santo de los estigmas) que está causando furor en millares de almas de medio mundo: España, Italia, Argentina, Brasil, Perú… y hasta Eslovaquia.
 
Un libro convertido en instrumento del Padre Pío para “dar más guerra muerto que vivo”, como él mismo prometió. Y fiel a su palabra, millares de almas, como digo, han retornado ya al Señor por intercesión de este gran santo después de leer esas páginas. Todavía hoy, al cabo de más de cuatro años, sigo recibiendo testimonios de conversiones y/o curaciones en mi correo electrónico.
 
Ahora, en Un juego de amor. El Padre Pío en nuestro camino al matrimonio, he creído oportuno revelar lo que me sucedió entonces con don Pierino, quien, lo mismo que el Padre Pío, posee el don de introspección de conciencias: lee tu alma.
 
Galeone fundó, en 1957, el instituto Siervos del Sufrimiento por expreso deseo del Padre Pío, con quien compartió más de veinte años de su vida. ¿Su misión? Extender por el mundo el gran valor de la penitencia corporal y espiritual en beneficio de las almas. Personas abnegadas que ofrecen diariamente sus sacrificios, grandes y pequeños, por la conversión y los pecados de los demás.
 
Los Siervos del Sufrimiento están presentes hoy también en Alemania, Suiza, Austria, Polonia, Hungría, República Checa, Eslovaquia, Camerún, Togo y, cómo, en España.
 
En mayo de 2010, viajé a San Giovanni Rotondo confiado en que el libro del Padre Pío me “saldría gratis”. Pensé, ingenuo de mí, que ese trabajo literario no diferiría mucho de otros que ya había emprendido sobre los Borbones o la Guerra Civil española.
 
Añadiré que la víspera de mi entrevista con don Pierino había confesado con un obisporesidente en el mismo convento del Padre Pío. Pero al día siguiente, nada más concluir la conversación con don Pierino, éste me invitó con gesto severo: “José María, confiésate”.
 
Acto seguido, extendió las palmas de sus manos hacía mí, apremiándome: ¡”Dame tus pecados! ¡Dámelos!”. Imagínese el lector lo que pude llegar a sentir en aquel instante.“Señor –dije para mis adentros- si en algo te he ofendido que no sepa, aquí estoy para pedirte perdón”.
 
Y entonces, el confesor me preguntó: “¿Quieres decirme tus pecados o prefieres que te los diga yo?”. Opté por lo segundo, obnubilado. Comenzó así a enumerarme con pelos y señales todos y cada uno de los pecados cometidos desde que hice la Primera Comunión, a los seis años. Cada ofensa, que hasta ese mismo instante me había pasado inadvertida, se convirtió en un hachazo en mi alma herida.
 
Entendí finalmente por qué el Padre Pío me quería pulcro por dentro para abordar un libro que no es mío, sino de él, y que tantas almas está acercando a Dios.

http://www.religionenlibertad.com/confesion-a-lo-padre-pio-38573.htm

martes, 28 de junio de 2016

El arma del Padre Pío


Para combatir a Satanás eficazmente y en todas partes, el Padre usaba el santo Rosario, que rezaba sin interrupción y con perseverancia. Lo llamaba con un nombre signi­ficativo: el “Arma”. Se puede interpretar que era para él el arma de defensa y de ataque contra Satanás.

El 7 de octubre de 1916 el Padre Pío tuvo una visión, que por humildad prefirió decir que era un sueño. Cuenta él mismo:

"Me parecía estar -dice el Padre Pío- en la ventana del coro de la pequeña iglesia de San Giovanni Rotondo y mirando por la ventana vi en la plaza, ubicada delante de la iglesia, una inmensa muchedumbre muy apretada. Después de haber observado esta innumerable multitud de gente, me incliné a esta ventana, y pregunté:

“¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren?”

Y toda esta multitud, en coro, con una voz tosca y ensordecedora, gritó: “¡La muerte del Padre Pío!”. Me di cuenta que eran todos demonios.

Ante estas palabras entré al pequeño coro para rezar, uiitn llegó a mi encuentro la Santa Virgen, la cual, con una mirada maternal, apenada y con un gesto decidido, me puso entre las manos un “Arma”, diciéndome: ¡Con esta arma, eres tú quien ganarás! Me incliné en la ventana del pequeño coro y todas estas personas cayeron a tierra fulminadas, permaneciendo desva­necidas. ¡Yo me desperté!

En seguida me volví a dormir -prosigue el Padre Pío-, y me encontré en la misma ventana. Vi de nuevo una incontable multitud, asombrado, y no sin una cierta desilusión, grité: “¡Ah!... ustedes no han muerto!”, y pregunté otra vez: “¿Quiénes son ustedes?”. Ellos respondieron: “¡Somos cristianos!”. Ya tranquilizado, les dije: “¡Ustedes son los hijos y los discípulos de Jesús!... ¡Entonces, vengan conmigo! ¡Síganme y obedézcanme! ¡Y nadie más los perju­dicará!”

Y añadí: “Aprieten siempre en sus manos el Arma de María, y ustedes ganarán siempre y por todas partes la victoria sobre los enemigos infernales”.»

Cuando hablaba del Arma, sus hermanos no entendían de qué se trataba, no se sabía qué era, en qué consistía, dónde estaba escondida, cómo poder encontrarla.

Algunos días antes de su muerte, el Padre Pío reveló el misterio e indicó muy claramente el “Arma de María”.

Estando en su cama, dice a sus hermanos que estaban con él en su celda: “Pásenme el Arma”.

Y los hermanos, sorprendidos y con curiosidad, le pre­guntaron: “¿Dónde está el Arma? ¡Nosotros no vemos nada!”.

Y el Padre Pío respondió: “¡Está en mi hábito, que ustedes tienen colgado en la percha!”.

Los hermanos, después de haber buscado en todos los bolsillos de su hábito le dicen: “¡Padre, no hay ningún Arma en su hábito!... Solamente hay un Rosario”.

Y en seguida el Padre Pío dijo: “¡Y eso, ¿no es un Arma?!... ¿La verdadera Arma?”

Con esta Arma el Padre Pío derrotó a la inmensa multitud de diablos que estaban furiosos desde el comienzo de su ministerio sacerdotal en San Giovanni Rotondo, en la pequeña iglesia; con esta “Arma de María” venció conti­nuamente a Satanás y a sus satélites durante toda su vida, que estaba siempre expuesta a los ataques tan insidiosos del infierno.

El Padre Pío dio como legado a sus hijos espirituales: "Esto es mi testamento y mi voluntad: ¡Amen y hagan amar a la Virgen María! ¡Recen y hagan rezar el Rosario!”.

Por eso en la jaculatoria bien conocida, en honor a la Inmaculada, el Padre Pío había insertado: “Oh, María, sin pecado concebida, “terror de los demonios”, ruega por nosotros que recurrimos a ti”.

(Padre Pío, el primer Sacerdote estigmatizado. P. Ramón Ricciardi)

Milagro y bilocación del Padre Pío


La santidad del sacerdote capuchino Francesco Forgione, nacido en Pietrelcina, Italia el año 1885, era una devota certeza para muchos fieles, antes de los “dones” que la historia y testigos consignan:
Estigmas, bilocaciones (estar en dos lugares al mismo tiempo), capacidad de leer las concienciasal confesar, mediar en oración para que Dios sanare a personas… Todo incluso antes de ser canonizado, el 16 de junio de 2002. por el santo Papa Juan Pablo II como san Pio de Pietrelcina y cuya fiesta la Iglesia celebra el 23 de septiembre.
Francesco fue ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1910 en la Catedral de Beneveto, y el 28 de julio de 1916 se estableció en San Giovanni Rotondo, donde permaneció hasta su muerte, el 23 de septiembre de 1968. Es allí donde se inicia el apostolado de Francesco, el Padre Pio, quien toca el corazón de los pobres y enfermos… los del cuerpo y el alma, sus predilectos. Salvar almas era su norte y quizás por ello también el demonio le dedicó permanentes acosos que Dios permitió acorde al misterio salvífico que deseaba expresar a través de Padre Pío.

El testigo que entrevistó al propio Padre Pío

Angelo Battisti, director de la Casa Alivio del Sufrimiento y dactilógrafo de la Secretaría de Estado del Vaticano, fue uno de los testigos en el proceso de beatificación del santo religioso, nos cuenta:
El Cardenal József Mindszenty, arzobispo de Esztergom, Primado y Regende de Hungría, fue encarcelado por las autoridades comunistas en diciembre de 1948 y condenado a prisión perpetua el año siguiente.
Fue falsamente acusado de conspirar contra el gobierno socialista. Pasó ocho años en la cárcel y en prisión domiciliar hasta ser liberado durante la revuelta popular de 1956, cuando se refugió en la delegación comercial de los Estados Unidos, en Budapest, hasta 1873, año en que Paulo VI impuso su salida y su renuncia a la arquidiócesis.
En aquellos años de prisión se habría dado la bilocación, que llevó al Padre Pio hasta la celda del Cardenal.
Angelo Battisti describe la escena milagrosa:
“El capuchino estigmatizado, mientras se encontraba en San Giovanni Rotondo, fue a llevarle al Cardenal el pan y el vino destinados a transformarse en el cuerpo y sangre de Cristo. (…).”

“Es simbólico el número de registro del detenido impreso en su pijama de presidiario: 1956, año de la liberación del Cardenal.”

“Como es sabido – cuenta Battisti – el cardenal Mindszenty fue preso, colocado en la cárcel y vigilado permanentemente. Con el pasar del tiempo, crecía fuertemente su deseo de poder celebrar la Santa Misa.”

“Una mañana, se presentó delante de él el Padre Pio, con todo lo que él precisaba. El Cardenal celebra su misa y el Padre Pio le sirve (como acólito). Después conversaron y, al final, el Padre Pio desaparece con todo lo que había llevado.”
“Un padre venido de Budapest me habló confidencialmente sobre el hecho, preguntando si yo podría obtener una confirmación del Padre Pio. Le dije que si yo hubiese preguntado una cosa de esas, el Padre Pio me habría expulsado a los rezongos.”
Pero una noche de marzo de 1965, al final de una conversación, Battisti preguntó al capuchino estigmatizado:

– Padre, ¿el Cardenal Mindszenty lo reconoció a usted?

– Después de una primera reacción de irritación, el santo respondió:

– “Nosotros nos encontramos y conversamos, ¿y a ti te parece que no me habría reconocido?”

Confirmando así la bilocación a la cárcel, que habría sucedido algunos años antes.

“Entonces el Padre Pio se volvió triste y agregó: «El diablo es feo, pero lo habían dejado más feo que el diablo»”, refiriéndose a los malos tratos que sufría.
Lo que demuestra que el Padre Pio lo había socorrido desde el inicio de la prisión, porque no se puede concebir, humanamente hablando, cómo el Cardenal fue capaz de resistir a todo el sufrimiento a que fue sometido y que él describe en sus memorias.
El Padre Pio entonces concluyó: “Acuérdese de rezar por ese gran confesor de la Fe, que tanto sufrió por la Iglesia”.

martes, 15 de marzo de 2016

Esa misteriosa devoción de Bergoglio por padre Pio

Un libro en Italia habla de la conexión del Papa Francisco con el fraile capuchino


Nunca hasta el Año de la Misericordia, el papa Francisco había citado a san Pío de Pietrelcina en sus discursos u homilías; no se conocen libros o publicaciones en las que se hable de un vínculo entre Bergoglio y el santo; pero el Pontífice quiso, sorprendiendo a muchos, que durante el Jubileo extraordinario de la Misericordia se expusieran en la Basílica de San Pedro los restos del fraile estigmatizado.

Por tanto, el vínculo entre el pontífice argentino y el Santo de Pietrelcina resulta “misterioso”, y ha sido indagado y profundizado por Ignazio Ingrao, escritor y vaticanista del semanario Panorama, en su libro “El signo de padre Pío. De santo perseguido a símbolo de la Iglesia de la Misericordia del papa Francisco” (Ed Piemme), en el que se pregunta in cómo “nació la devoción del papa Francisco por Francesco Forgione” (nombre secular del padre Pío).

Un “indicio”: la “frase que el pontífice pronunció en abril de 2014 bendiciendo una estatua de madera del padre Pío que le trajeron los frailes de san Giovanni Rotondo: “Padre Pío, ahora estamos más cerca, yo te bendigo, pero tu protégeme …”.

Ingrao, para “reconstruir el misterioso vínculo espiritual entre Francisco y el padre Pío”, pide ayuda a “un testigo de excepción: el padre Marciano Morra”, que durante veinticinco años fue “secretario general de los grupos de oración del padre Pío”.

Cuenta el franciscano: “Cuando estaba en Argentina, como arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio había tenido noticias sobre el padre Pío solo fragmentarias e indirectas. Lo que despertó su atención y picó su curiosidad fueron dos hechos muy importantes, que sucedieron en 2002, cuando Bergoglio era ya cardenal: la ceremonia de canonización de san Pío, el 16 de junio de ese año, y el descubrimiento, con esta ocasión, de la gran difusión de los grupos de oración del padre Pío en la capital argentina”.

El clamor mediático de la proclamación de Pío de Pietrelcina “impulsó al cardenal Bergoglio a informarse más a fondo sobre la presencia y actividad de los grupos de oración del padre Pío en la ciudad. Descubrió que ya eran más de ochenta”.

Bergoglio entonces manda a Roma dos personas de confianza para conocer mejor este fenómeno: su portavoz, padre Guillermo Marcó, y una amiga suya, Ana Cristina Cernusco, secretaria personal del ex-presidente argentino Fernando de la Rúa.

“El padre Marcó y la señora Cernusco – prosigue Morra – llegados a Italia, encontraron a monseñor Riccardo Ruotolo, presidente de la Casa Alivio del Sufrimiento y de los grupos de oración del padre Pío”.

El padre Morra estuvo presente “en esa conversación. Los dos “enviados” de Bergoglio hicieron muchas preguntas, sobre todo sobre los grupos de oración: cuántos eran, cómo se organizaban, quién los seguía”.

“Al final del encuentro nos propusieron acudir a Argentina para tener un coloquio personal con el cardenal Bergoglio. La propuesta nos causó cierta sorpresa pero entendimos bien la importancia de la oportunidad, así que organizamos el viaje”.

De ese viaje a Buenos Aires, explica el fraile: “Fuimos dos a Argentina, yo y monseñor Giuseppe Ruotolo, hermano de Riccardo. Cuando llegamos al arzobispado estábamos algo tensos. No sabíamos lo que nos pediría el cardenal. Nos hicieron acomodar en una pequeña habitación, cinco metros por cinco. Bergoglio llegó en seguida. Y fue un encuentro maravilloso. Nos acogió como si fuésemos viejos amigos”.

“Me impresionó mucho su dulzura, su afabilidad, el sentido fuerte de la amistad que trasparentaba su rostro y sus palabras. Hablamos largo rato. Lo primero que nos preguntó fue la forma jurídica de los grupos de oración. Le explicamos que el estatuto está aprobado directamente por la secretaría de Estado y a esa se remiten directamente. Esto representa una garantía para la Iglesia y para los obispos diocesanos.

Después fuimos al concreto. Nos preguntó por la finalidad de los grupos de oración. Y le explicamos que el objetivo principal es llevar paz y serenidad al mundo. De hecho, nacieron en respuesta al famoso radiomensaje de Pío XII de 1942, en un momento muy difícil de la historia, cuando Europa vivía la dramática experiencia de la Segunda guerra mundial. A ellos el papa Pacelli confió la tarea, siguiendo las enseñanzas del padre Pío, de rezar por la paz”.

“Los grupos se nutren de la lectura de la Biblia y con la Palabra de Dios – continua –. Y esto, en tiempos de Pío XII, representó otra importante novedad mucho antes del Concilio Vaticano II. Padre Pío, de hecho, intentó siempre atydar a los fieles a rezar con la Sagrada Escritura”: Morra se dio cuenta de que este aspecto “gustó mucho a Bergoglio, que aún hoy, convertido en papa, recomienda continuamente a los fieles que lean el Evangelio y se dejen acompañar por las palabras de Jesús”.

Otro aspecto que el arzobispo de la capital argentina deseó profundizar en el encuentro fue el tema de las “obras de caridad. De hecho, los grupos de oración no son sólo un movimiento de oración, sino que son también muy activos. Se proponen llevar ayuda a los necesitados. Testimonio viviente de esta actividad es la Casa Alivio del sufrimiento, el hospital de San Giovanni Rotondo querido personalmente por padre Pío”.

Después, la Confesión: san Pío fue un verdadero “apóstol del confesionario”, y “Bergoglio apreció mucho este aspecto”.

De ese encuentro en Buenos Aires nació un vínculo profundo y fuerte Bergoglio-padre Pío, vínculo que permanecería “escondido tras bambalinas”, casi invisible, durante once años, para salir a la luz, “explotar” con toda su fuerza cuando el argentino, ya como Papa, convertiría al Santo en un símbolo del Jubileo de la Misericordia.

Vatican Insider

martes, 9 de febrero de 2016

Homilía del papa Francisco a los Capuchinos





El santo padre Francisco celebró este martes la santa la misa en la basílica de San Pedro junto a varios miles de capuchinos que han venido desde todo el mundo, con motivo del Jubileo de la Misericordia. Presentes estaban las reliquias de san Pío de Pietrelcina y de san Leopoldo Mandić.

El Papa recordó que hay dos actitudes, la de quien como Salomón se expresa en la humildad y la de los doctores de la ley que se aferran a ritos perdiendo el contenido. Invitó a perdonar como Jesús, a no ser pelagianos, a no apalear a quien se acerca porque busca el perdón de Dios. Con corazón amplio, porque el perdón es una semilla, una caricia de Dios.

A continuación el texto competo de la homilía:

“En la liturgia de hoy hay dos actitudes, una actitud de grandeza delante de Dios, que se expresa en la humildad del rey Salomón; y otra actitud, de mezquindad, que es descrita por el mismo Jesús, por cómo hacían los doctores de la ley, hacían todo preciso, pero dejaban aparte la ley para hacer sus pequeñas tradiciones de ellos.

Vuestra tradición de los capuchinos es una tradición de perdón, de dar el perdón. Entre ustedes hay muchos buenos confesores, porque se sienten pecadores, como nuestro fray Cristóbal, saben que son grandes pecadores y delante de la grandeza de Dios continuamente rezan: ‘Escucha Señor y perdona’. Y porque saben rezar, así saben perdonar.

En cambio cuando alguien se olvida de la necesidad que tiene de perdonar, lentamente se olvida de Dios, se olvida de pedir perdón y no sabe perdonar.

El humilde, quien se siente pecador es un gran perdonador en el confesionario; el otro, como estos doctores de la ley que se sienten los puros, los maestros, solamente saben condenar. Pero yo les hablo como hermano, y en ustedes querría hablarle a todos los confesores, en este Año de la Misericordia especialmente: el confesionario es para perdonar. Y si uno no puede dar la absolución, por favor no los apaleen. Quien viene, viene a buscar consuelo, perdón, paz en su alma, que encuentre a un padre que lo abraza, que le diga que ‘Dios te quiere mucho’ pero que se lo haga sentir.

Me disgusta decirlo, pero cuánta gente, creo que la mayoría de nosotros lo hemos oído: ‘No voy más a confesarme porque una vez me hicieron estas preguntas, esto…’. Pero ustedes capuchinos tienen este don especial del Señor: perdonar. Y les pido, no se cansen de perdonar.

Me acuerdo de uno que conocí en mi otra diócesis, un hombre de gobierno, que acabado su tiempo, de gobierno, guardián, provincial, a los 70 años fue enviado a un santuario a confesar y tenía una cola de gente, todos, curas, fieles, ricos, pobres, todos… era un gran perdonador. Siempre encontraba el modo para perdonar o al menos de dejar esa alma en en paz con un abrazo.

Y una vez lo encontré y me dijo:
— escúchame tú que eres obispo, tú me puedes decir, yo creo que peco porque perdono mucho y me viene este escrúpulo
— ¿Y por qué?
— Porque siempre encuentro cómo perdonar.
— ¿Y qué haces cuando te sientes así?
— Voy a la capilla delante del tabernáculo y le digo al Señor: ‘Discúlpame Señor, perdóname, creo que hoy he perdonado mucho. Pero Señor, has sido tú quien me ha dado el mal ejemplo’.

Sean hombres de perdón, de reconciliación, de paz. Hay muchos lenguajes en la vida, el lenguaje de la palabra, pero también el lenguaje de los gestos. Si una persona se acerca al confesionario es porque siente algo que le pesa, que quiere quitarse. Quizás no sabe cómo decirlo, pero el gesto es este. Si esta persona se acerca es porque quiere cambiar, y lo dice con el gesto de acercarse. No es necesario hacer preguntas: ¿tú?, ¿tú?…

Y si una persona viene es porque en su alma no quiere cometerlo más. Pero muchas veces no pueden, porque están condicionados por su psicología, por su vida y su situación. ‘Ad impossibilia nemo tenetur‘.

Corazón amplio. El perdón es una semilla, una caricia de Dios. Tengan confianza en la misericordia de Dios, no caigan en el pelagianismo. ‘Tú tienes que hacer esto, esto, esto….’ Ustedes tienen ese carisma de confesores, hay que retomarlo y renovarlo siempre. Sean grandes perdonadores, porque quien no sabe perdonador termina como estos doctores de la ley, que son grandes condenadores.

¿Y quién es el gran acusador en la Biblia? El diablo. O se hace el oficio de Jesús, que perdona, dando la vida y la oración, tantas horas allí sentado, como estos dos santos aquí, o haces el oficio del diablo que acusa. No logro decirles otra cosa, y en ustedes le digo a todos, a todos los sacerdotes que van a confesar. Si no se sienten capaces, sean humildes, digan ‘no, no, no… yo celebro la misa, limpio el suelo… pero no confieso porque no se hacerlo bien’. Y pidan al Señor la gracia, gracia que pido para cada uno de ustedes, para todos ustedes, para todos los confesores y también para mí”.

sábado, 6 de febrero de 2016

Discurso del Papa Francisco a los grupos de oración del Padre Pío



Feb. 16 / El Papa Francisco se reunió esta mañana en la Plaza San Pedro con miles de personas de los grupos de oración del Padre Pío. Esto se da al día siguiente de que los restos del Santo de Pietrelcina llegarán a la Basilica Vaticana.

A continuación el texto completo de su discurso, gracias a Radio Vaticana:

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Les doy mi bienvenida – ¡veo que son muchos! – y agradezco a Monseñor Castoro por las palabras que me ha dirigido. Doy un saludo a todos ustedes que han venido de diferentes países y regiones, unidos por el afecto y el agradecimiento a San Pío de Pietrelcina. Están muy agradecidos, ya que les ayudó a descubrir el tesoro de la vida, que es el amor de Dios, y a experimentar la belleza del perdón y  la misericordia del Señor. Y esta es una ciencia que debemos aprender todos los días, porque es la belleza: la belleza del perdón y de la misericordia del Señor.


 Realmente podemos decir que el Padre Pío era un servidor de la misericordia. Lo fue a tiempo completo, la práctica, a veces hasta el agotamiento, "el ministerio de la escucha".  Se convirtió a través de la del ministerio de la confesión, una acaricia viviente de Padre,  que cura las heridas del pecado y conforta el corazón con la paz. San Pio no se cansó jamás de recibir  a las personas y de escucharlas, de gastar tiempo y fuerzas para difundir el perfume de perdón del Señor. Podía hacerlo porque siempre estaba unido a la fuente: se saciaba  continuamente de Jesús Crucificado, y así se convirtió en un canal de misericordia.

Ha llevado en su corazón a tantas personas y tantos sufrimientos, uniendo todo al amor a Cristo que se donó «hasta el fin» (Jn 13,1). Ha vivido el gran misterio del dolor ofrecido por amor. De este modo, su pequeña gota ha llegado a ser un gran río de misericordia, que ha regado tantos corazones desiertos y ha creado oasis de vida en muchas partes del mundo.

Pienso en los grupos de oración, que San Pío ha definido «viveros de fe, hogares de amor»; no solo centros de encuentro para estar bien con los amigos y consolarse un poco, sino hogares de amor divino. ¡Y estos son los grupos de oración! La oración, en efecto, es una verdadera y propia misión, que lleva el fuego del amor a toda la humanidad. El Padre Pío dijo que la oración es una «fuerza que mueve el mundo»: la oración es una fuerza que mueve el mundo. Pero, ¿nosotros creemos en esto? ¡Es así! ¡Hagan la prueba! Esa – agregó – «extiende la sonrisa y la bendición de Dios sobre toda languidez y debilidad» (II Encuentro Internacional de los grupos de oración, 5 de mayo de 1966).

La oración, entonces, no es una buena práctica para conseguir un poco de paz en el corazón; tampoco un medio devoto para obtener de Dios lo que nos sirve. Si fuera así, estaría movida por un sutil egoísmo. Pero, yo rezo para estar bien, como si tomara una aspirina: no, no es así. Yo rezo para obtener esto: pero esto es hacer un negocio. No es así. La oración es otra cosa. Es otra cosa. La oración es, en realidad, una obra de misericordia espiritual, que quiere llevarlo todo al corazón de Dios. Toma tú, que eres padre: y seria así, para hacerlo simple. La oración es decir: “pero, toma tú, que eres padre, tu eres padre. Míranos, tú, que eres padre”. Es esta la relación con el padre. La oración es así. Es un don de fe y de amor, una intercesión tan necesaria como el pan. En una palabra, significar confiar; es decir, confiar a la Iglesia, confiar a las personas, confiar las situaciones al Padre: “yo te encomiendo esto”, para que las cuide. Por ello, la oración, como amaba decir el Padre Pío, es «la mejor arma que tenemos, una llave que abre el corazón de Dios». Una llave que abre el corazón de Dios: es una llave fácil. El corazón de Dios no está blindado con tantas medidas de seguridad. Tú puedes abrirlo con una llave común, con la oración. Porque tiene un corazón de amor, un corazón de padre. Es la fuerza más grande de la Iglesia, que nunca debemos dejar, porque la Iglesia da frutos si hace como la Virgen y los Apóstoles, que «perseveraban unidos en la oración» (Hch 1,14), cuando esperaban el Espíritu Santo. Perseverantes y  firmes en la oración. De lo contrario, se corre el riesgo de apoyarse donde sea: en los medios, el dinero, el poder; y luego la evangelización desvanece y la alegría se apaga y el corazón se hace aburrido. ¿Ustedes quieren tener un corazón aburrido? ¿No? ¿Quieren tener un corazón gozoso? ¡Sí! Recen: esta es la receta.

Mientras les agradezco su empeño, los animo a fin de que los grupos de oración sean “centrales de misericordia”: centrales siempre abiertas y activas, que con el poder humilde de la oración provean al mundo la luz de Dios y la energía del amor a la Iglesia. El Padre Pío, que se definía sólo «un pobre fraile que reza», escribió que la oración es «el más alto apostolado que un alma pueda ejercer en la Iglesia de Dios» (Epistolario II, 70). ¡Sean siempre apóstoles gozosos de la oración! La oración hace milagros. El Apostolado de la oración hace milagros.

Junto a la obra de misericordia espiritual de los grupos de oración, San Pío ha querido una extraordinaria obra de misericordia corporal: la “Casa Alivio del Sufrimiento”, inaugurada hace  sesenta años. Él deseo que no fuera sólo un hospital excelente, sino un «templo de ciencia y de oración». En efecto, «los seres humanos necesitan siempre algo más que una atención sólo técnicamente correcta. Necesitan humanidad. Necesitan atención cordial» (Benedicto XVI, Enc. Deus caritas est, 31). Es tan importante esto: curar la enfermedad pero, sobre todo, cuidar al enfermo. Son dos cosas diferentes, y las dos importantes, ¿eh? Curar la enfermedad, pero también cuidar al enfermo. Puede suceder que, mientras se medican las heridas del cuerpo, se agraven las heridas del alma, que son más lentas y, con frecuencia, más difíciles de sanar. También los moribundos, a veces aparentemente inconscientes, participan en la oración hecha con fe cerca de ellos, y se encomiendan a Dios, a su misericordia. Yo recuerdo la muerte de un amigo sacerdote. Era un apóstol, un hombre de Dios. Pero, estaba en coma desde hace tiempo, desde hace tiempo. No era razonable, ese coma. Los médicos decían: “no se sabe cómo hace para respirar”. Y entró otro amigo sacerdote. Se acercó a él y le dijo, el escuchaba: “déjate llevar por el Señor. Déjate llevar. Ten confianza, confía en el Señor”. Y con estas palabras, él se fue en paz. Tanta gente tiene necesidad, tantos enfermos que se pelean por palabras de dulzura, que dan fuerza para llevar adelante la enfermedad o ir al encuentro con el Señor: tienen necesidad de ser ayudados en confiar en el Señor. Les estoy muy agradecido, a ustedes y a cuantos sirven a los enfermos con competencia, amor y fe viva. Pidamos la gracia de reconocer la presencia de Cristo en las personas enfermas y en quienes sufren; como repetía Padre Pío: «el enfermo  es Jesús». El enfermo es Jesús. Es la carne de Cristo.

También deseo dirigir un saludo especial a los fieles de la Arquidiócesis de Manfredonia-Vieste-San Giovanni Rotondo. San Juan Pablo II dijo que «quien acudía a San Giovanni Rotondo para participar en su misa, para pedirle consejo o confesarse con Padre Pío, descubría en él una imagen viva de Cristo doliente y resucitado. En el rostro del padre Pío resplandecía la luz de la resurrección » (Homilía de la beatificación de P. Pío de Pietrelcina, 2 de mayo 1999: Insegnamenti XXII, 1 [1999], 862). ¡Que quien vaya a su hermosa tierra – yo quiero ir, ¿eh?!  ¡Que quien vaya a su hermosa tierra encuentre también en ustedes la luz del Cielo! Les agradezco y les pido por favor que no se olviden de rezar por mí. Gracias.

Todos juntos rezamos, pero toquemos a la puerta del corazón de Dios que es Padre de misericordia: Padre nuestro…

También no somos una Iglesia huérfana: tenemos una madre. Oremos a nuestra madre: recemos a nuestra madre. Ave María…

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