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jueves, 17 de mayo de 2012

La canonización del P. Pío



«Daré más guerra muerto que vivo», dijo con sardónico humorismo -según relatan sus más autorizados biógrafos- Francesco Forgione cuando ya era fraile capuchino con el nombre de padre Pío y había protagonizado un enésimo "incidente" con el Santo Oficio, que lo tenía encañonado por su fama de taumaturgo y, de modo especial, por los estigmas visibles en sus manos y pies desde el 20 de septiembre de 1918.

El tiempo ha venido a darle la razón, porque desde que murió, el 23 de septiembre de 1968, su fama de santidad no ha dejado de aumentar; si ya su beatificación el 2 de mayo de 1999 convocó en Roma a una enorme multitud, su definitiva elevación a los altares el domingo 16 de junio de 2002 ha batido todos los récords conocidos, siendo considerada, con toda razón, la más multitudinaria en la historia secular de la Iglesia. Según fuentes oficiales de la policía y de los organizadores, fueron más de 350.000 los fieles de todo el mundo que asistieron personalmente a la ceremonia presidida por Juan Pablo II en el Vaticano; a ellos hay que sumar los 50.000 que siguieron en directo por televisión el rito litúrgico desde el santuario de San Giovanni Rotondo, donde reposan sus restos, y algunos miles más desde su Pietrelcina natal.

La larga ceremonia -la transmisión de la cadena estatal RAI comenzó a las ocho y media de la mañana y se prolongó hasta bien pasado el mediodía- fue seguida por varios millones de telespectadores en Italia y en diversos países del mundo conectados a través de "mundovisión"; está prevista la inmediata salida al mercado de un vídeo en múltiples lenguas que se venderá tan bien como todos los que le han precedido, confirmando de esta manera que estamos ante un singular fenómeno mediático. No hubo periódico italiano, de todas las tendencias, que no saliese el lunes con sus titulares de portada dedicados a este acontecimiento singular.

Hay que decir, además, que los que asistieron en Roma a la canonización dieron pruebas de una capacidad de resistencia física extraordinaria, ya que los rigores meteorológicos fueron particularmente severos y el termómetro llegó a marcar en la Plaza de San Pedro temperaturas muy cercanas a los 40 grados con un elevado índice de humedad. Los voluntarios repartieron más de 200.000 botellas de agua y, en varios momentos, la multitud fue literalmente regada para amainar sus calores. Aun así, los diversos servicios médicos tuvieron que atender a más de 700 personas víctimas de sofocones, taquicardias, bajadas de tensión y otros incidentes típicos de estas situaciones. Por fortuna, no hubo que lamentar ninguna víctima, ya que los servicios de emergencia funcionaron con rapidez y eficacia.

Prueba superada

Todos, por otra parte, estábamos muy pendientes de Karol Wojtyla, para el que presidir el rito litúrgico en esas circunstancias constituía un desafío más audaz de los que ya tiene que afrontar habitualmente en el desempeño de su ministerio. El Papa superó la prueba con bastante garbo, leyó entera su homilía incluyendo algunas cortas improvisaciones, a la hora del Ángelus utilizó varias lenguas diferentes como es habitual; si bien es verdad que renunció a distribuir la comunión para no fatigarse aún más de lo necesario, cuando culminó la misa, en vez de limitarse a dar una pequeña vuelta con el jeep descapotable por la Plaza de San Pedro, dio orden al chófer de enfilar la Via della Conciliazione hasta el final para que pudieran verle de cerca las decenas de millares de fieles que habían seguido toda la ceremonia a través de diez pantallas gigantes de televisión.

Ni que decir tiene que esta decisión personal del Papa sorprendió a sus colaboradores, incluido su secretario, monseñor Dziwisz, y constituyó una dura prueba para los agentes de su escolta -comenzando por el jefe de su seguridad, el ya no joven Camillo Cibin-, que tuvieron que recorrer a buen paso un kilómetro en el momento más caluroso de la jornada. Gajes del oficio, debieron decir para sí los hombres que se juegan la vida para defender la del Pontífice de posible agresores (un alemán fue detenido manu militari cuando intentó acercarse demasiado a Karol Wojtyla sin que todavía haya podido saberse cuáles eran sus intenciones).

Evidentemente, para Juan Pablo II canonizar al padre Pío ha constituido una satisfacción también personal. Es de todos conocido, en efecto, que siendo joven sacerdote durante su estancia en Roma (1947), visitó al capuchino, ya por entonces bastante famoso, y que incluso se confesó con él; dos veces más volvió a San Giovanni Rotondo: siendo cardenal de Cracovia en 1974 y Papa, el 23 de mayo de 1987, provocando cierto revuelo en los ambientes más conservadores de la Curia por haber orado públicamente ante la tumba del religioso cuyo proceso para declarar sus virtudes heroicas estaba en pleno desarrollo. También es público que el arzobispo de Cracovia escribió dos cartas manuscritas al fraile capuchino: la primera, pidiéndole sus oraciones para que Wanda Poltawska, una madre de familia conocida suya, se viese liberada del cáncer que padecía; y la segunda, agradeciéndole la "gracia recibida".

Eran exactamente las 10:24 horas de la mañana del domingo 16 de junio de 2002, cuando el Sumo Pontífice, concluidas las letanías de los santos, con voz algo trémula pero inteligible, dio lectura a la fórmula de canonización:«Beatum Pium a Pietrelcina Sanctum esse decernimus et definimus ac Sanctorum catalogo adscribimus»(«Declaramos y definimos que el Beato Pío de Pietrelcina es Santo y le inscribimos en el catálogo de los santos»). Más adelante, anunció que, a partir de ahora, su fiesta será celebrada en toda la Iglesia universal el 23 de septiembre, fecha de su fallecimiento o "nacimiento para el cielo", desplazando del calendario litúrgico nada menos que al Papa Lino, primer sucesor del Apóstol Pedro en la sede romana.

La gloria de la cruz

En su breve homilía, el Santo Padre destacó como característica de la personalidad del nuevo Santo la "gloria de la cruz". «¡Qué actual es -subrayó- la espiritualidad de la cruz vivida por el humilde capuchino de Pietrelcina! Nuestro tiempo tiene necesidad de redescubrir su valor para abrir los corazones a la esperanza. En toda su existencia buscó una mayor conformidad con el Crucificado, teniendo muy clara conciencia de haber sido llamado a colaborar de modo peculiar en la obra de la redención. Sin esta referencia a la cruz no se comprende su santidad».

Más adelante, Juan Pablo II quiso, igualmente, poner énfasis en la especial importancia que tuvo en la vida del padre Pío el sacramento de la Penitencia (pasaba, como narran sus biografías, muchas horas del día atendiendo a largas filas de penitentes). «El ministerio del confesionario -dijo a este propósito-, que constituye uno de los trazos distintivos de su apostolado, atraía innumerables multitudes de fieles al convento de San Giovanni Rotondo. Aun cuando este singular confesor trataba a los peregrinos con aparente dureza, éstos, una vez tomada conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, volvían casi siempre para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental».

Fuera de Italia es difícil darse cuenta de la excepcional popularidad de este santo trasversal a las diversas corrientes políticas, ideológicas e incluso religiosas. Al frente de la delegación oficial del Gobierno figuraba su vicepresidente, Gianfranco Fini, pero estaban presentes siete ministros del Gobierno Berlusconi; el gobernador del Banco de Italia, Antonio Fazzio; el incombustible Giulio Andreotti; el alcalde de Roma, Walter Veltroni; e incluso el presidente de la región de Campania, el ex comunista Antonio Bassolino; y una serie interminable de figuras del cine, del mundo del espectáculo, de las finanzas, del deporte, de la magistratura y del ejército. Personas totalmente dispares con un único común denominador: la devoción al padre Pío, con cuya efigie estos días se han vendido -es un fenómeno inevitable- centenares de miles de los objetos más diversos y discutibles desde el punto de vista estético y religioso.

Son muchos los que se han preguntado públicamente por las razones de este fenómeno de masas tan desconcertante en algunos aspectos. La respuesta quizás más convincente es que se trata de un auténtico "santo del pueblo", de un hombre que supo siempre hablar y amar a la gente sencilla, a los que sufren las adversidades de la vida y los dolores; han sido éstos los que, en definitiva, contra los recelos de los exquisitos y de los puristas, contra el parecer de no pocos eminentes doctores de la Iglesia, han acabado por llevarlo a los altares.

HOMILÍA DEL SANTO PADRE JUAN PABLO II


Plaza de San Pedro, domingo 16 de junio de 2002


1. "Mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11, 30).
Las palabras de Jesús a los discípulos que acabamos de escuchar nos ayudan a comprender el mensaje más importante de esta solemne celebración. En efecto, en cierto sentido, podemos considerarlas como una magnífica síntesis de toda la existencia del padre Pío de Pietrelcina, hoy proclamado santo.

La imagen evangélica del "yugo" evoca las numerosas pruebas que el humilde capuchino de San Giovanni Rotondo tuvo que afrontar. Hoy contemplamos en él cuán suave es el "yugo" de Cristo y cuán ligera es realmente su carga cuando se lleva con amor fiel. La vida y la misión del padre Pío testimonian que las dificultades y los dolores, si se aceptan por amor, se transforman en un camino privilegiado de santidad, que se abre a perspectivas de un bien mayor, que sólo el Señor conoce.

2. "En cuanto a mí, Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo" (Ga 6, 14).
¿No es precisamente el "gloriarse de la cruz" lo que más resplandece en el padre Pío? ¡Cuán actual es la espiritualidad de la cruz que vivió el humilde capuchino de Pietrelcina! Nuestro tiempo necesita redescubrir su valor para abrir el corazón a la esperanza.

En toda su existencia buscó una identificación cada vez mayor con Cristo crucificado, pues tenía una conciencia muy clara de haber sido llamado a colaborar de modo peculiar en la obra de la redención. Sin esta referencia constante a la cruz no se comprende su santidad.

En el plan de Dios, la cruz constituye el verdadero instrumento de salvación para toda la humanidad y el camino propuesto explícitamente por el Señor a cuantos quieren seguirlo (cf. Mc 16, 24). Lo comprendió muy bien el santo fraile del Gargano, el cual, en la fiesta de la Asunción de 1914, escribió:  "Para alcanzar nuestro fin último es necesario seguir al divino Guía, que quiere conducir al alma elegida sólo a través del camino recorrido por él, es decir, por el de la abnegación y el de la cruz" (Epistolario II, p. 155).



3. "Yo soy el Señor, que hago misericordia" (Jr 9, 23).
El padre Pío fue generoso dispensador de la misericordia divina, poniéndose a disposición de todos a través de la acogida, de la dirección espiritual y especialmente de la administración del sacramento de la penitencia. También yo, durante mi juventud, tuve el privilegio de aprovechar su disponibilidad hacia los penitentes. El ministerio del confesonario, que constituye uno de los rasgos distintivos de su apostolado, atraía a multitudes innumerables de fieles al convento de San Giovanni Rotondo. Aunque aquel singular confesor trataba a los peregrinos con aparente dureza, estos, tomando conciencia de la gravedad del pecado y sinceramente arrepentidos, volvían casi siempre para recibir el abrazo pacificador del perdón sacramental.

Ojalá que su ejemplo anime a los sacerdotes a desempeñar con alegría y asiduidad este ministerio, tan importante también hoy, como reafirmé en la Carta a los sacerdotes con ocasión del pasado Jueves santo.

4. "Tú, Señor, eres mi único bien".
Así hemos cantado en el Salmo responsorial. Con estas palabras el nuevo santo nos invita a poner a Dios por encima de todas las cosas, a considerarlo nuestro único y sumo bien.

En efecto, la razón última de la eficacia apostólica del padre Pío, la raíz profunda de tan gran fecundidad espiritual se encuentra en la íntima y constante unión con Dios, de la que eran elocuentes testimonios las largas horas pasadas en oración y en el confesonario. Solía repetir:  "Soy un pobre fraile que ora", convencido de que "la oración es la mejor arma que tenemos, una llave que abre el Corazón de Dios". Esta característica fundamental de su espiritualidad continúa en los "Grupos de oración" fundados por él, que ofrecen a la Iglesia y a la sociedad la formidable contribución de una oración incesante y confiada. Además de la oración, el padre Pío realizaba una intensa actividad caritativa, de la que es extraordinaria expresión la "Casa de alivio del sufrimiento". Oración y caridad:  he aquí una síntesis muy concreta  de la enseñanza del padre Pío, que hoy se vuelve a proponer a todos.

5. "Te doy gracias, Padre, Señor de cielo y tierra, porque (...) has revelado estas cosas a los pequeños" (Mt 11, 25).
¡Cuán apropiadas resultan estas palabras de Jesús, cuando te las aplicamos a ti, humilde y amado padre Pío!
Enséñanos también a nosotros, te lo pedimos, la humildad de corazón, para ser considerados entre los pequeños del Evangelio, a los que el Padre prometió revelar los misterios de su Reino.
Ayúdanos a orar sin cansarnos jamás, con la certeza de que Dios conoce lo que necesitamos, antes de que se lo pidamos.
Alcánzanos una mirada de fe capaz de reconocer prontamente en los pobres y en los que sufren el rostro mismo de Jesús.
Sostennos en la hora de la lucha y de la prueba y, si caemos, haz que experimentemos la alegría del sacramento del perdón.
Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra.
Acompáñanos en la peregrinación terrena hacia la patria feliz, a donde esperamos llegar también nosotros para contemplar eternamente la gloria del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.


martes, 15 de mayo de 2012

La beatificación del P. Pío


El Vaticano fijó para el 2 de mayo de 1999 la fecha de la beatificación del venerable siervo de Dios el Padre Pío de Pietralcina. En la explosión de alegría de nuestros corazones, rendimos gracias al Altísimo y expresamos toda nuestra gratitud al Papa y a los órganos competentes gracias a cuyos esfuerzos este acontecimiento ha podido cumplirse. 

La beatificación es un proceso relativamente reciente. Hasta el siglo XVI no precedía la canonización. Sin embargo, en ese mismo siglo, empezó a extenderse la práctica de autorizar el culto público y eclesiástico, limitado a un determinado lugar, en honor de algunos siervos de Dios, cuyo proceso de canonización no hubiese aún finalizado o bien no estuviese aún ni siquiera instruido. 

Esta concesión (otorgada hacia finales del siglo) se llamó beatificación. En la primera mitad del siglo XVII la beatificación se convirtió en una práctica normal, pero, a diferencia de lo que ocurría en el pasado, el culto limitado se concedía sólo después de haberse discutido y aprobado las virtudes y los milagros. Después la beatificación se convirtió en una etapa obligada de la canonización. Pero ¿en qué consiste la beatificación? Es la autorización por parte del Sumo Pontífice para venerar públicamente a un siervo de Dios, aunque limitadamente a ciertos lugares determinados. 

Actualmente esta autorización es otorgada por el Papa durante una celebración solemne análoga a la de la canonización, que introduce el culto público de un beato en toda la Iglesia. En la práctica, desde el punto de vista del culto, cuando el Padre Pío sea proclamado beato, podrá ser venerado públicamente en la diócesis de Manfredonia - Vieste, en las iglesias de la Orden franciscana, y dondequiera que exista un interés por su culto, por ejemplo, por la presencia de Grupos de oración. En este último caso, bastará con solicitar la autorización a la Congregación para el culto divino. Por culto se entiende la concesión de la misa y del oficio en honor del beato y el permiso de exponer su imagen para la veneración de los fieles en ciertas iglesias. Además, según el Código de los Postuladores, el culto público y eclesiástico que puede darse al nuevo beato incluye otros elementos, como la exposición de su cuerpo en una iglesia pública (bajo el altar o en otro lugar), la conservación de sus reliquias junto con las de los santos, el nimbo alrededor de su cabeza en las imágenes, la dedicación de altares o iglesias en su honor, etc.

Como es sabido, para que un venerable siervo de Dios pueda ser declarado beato, se necesitan dos requisitos: el reconocimiento de las virtudes ejercidas por él en grado heroico y la aprobación de un milagro, realizado por el Señor por su intercesión. Para el venerable Padre Pío ambos requisitos se cumplen. Las virtudes heroicas fueron reconocidas el 18 de diciembre de 1997, con la lectura del correspondiente decreto ante el Santo Padre, en la sala del Consistorio en el Vaticano. 

El milagro ha sido reconocido por el Papa después de su aprobación por las tres comisiones canónicamente necesarias. La Consulta medica de la Congregación para las causas de los santos, reunida el 30 de abril de 1998, analizó la curación de Dª Consiglia De Martino, que sufría de 'rotura traumática del conducto torácico al cuello', ocurrida el 3 de noviembre de 1995, y con opinión unánime (5 de 5) consideró la misma 'científicamente inexplicable". La Comisión teológica, formada por el Promotor general de la fe y por seis consultores teológicos, el 22 de junio de 1998 analizó ese mismo hecho extraordinario y, después de un exhaustivo debate, expresó un claro affirmative (7 de 7), calificándolo de milagro de tercer grado o quoad modum. La misma opinión favorable fue emitida por la Comisión de cardenales del mes de octubre del pasado año. Y, por fin, el Papa lo ha reconocido oficialmente como milagro con el decreto del 21 de diciembre de 1998.

Desde un punto de vista canónico, el Padre Pío tiene todas las cartas en regla para ser declarado beato. Pero también, y sobre todo, tiene las cartas en regla desde un punto de vista espiritual y evangélico. En efecto, cumplió fielmente las beatitudes proclamadas por Jesús. Pobre de espíritu, afligido, bondadoso, hambriento y sediento de justicia, misericordioso, puro de corazón, impulsor de la paz, perseguido por defender la justicia. Como aparece documentado en este libro, fue un 'cirineo de todos": generoso colaborador de Cristo para la salvación de sus hermanos. 

San Giovanni Rotondo, 21 de diciembre de 1998, día de la lectura del decreto sobre el milagro. 

Padre Gerardo Di Flumeri 
Vice Postulador Homilía de S.S. 



Juan Pablo II en la beatificación del Padre Pío

domingo 2 de mayo de 1999

Imagen de Cristo Doliente y Resucitado 

1. "¡Cantad al Señor un cántico nuevo!" La invitación de la antífona de entrada expresa la alegría de tantos fieles que esperan desde hace tiempo la elevación a la gloria de los altares del Padre Pío de Pietrelcina. Este humilde fraile capuchino ha asombrado al mundo con su vida dedicada totalmente a la oración y a la escucha de sus hermanos. Innumerables personas fueron a visitarlo al convento de San Giovanni Rotondo, y esas peregrinaciones no han cesado, incluso después de su muerte. Cuando yo era estudiante, aquí en Roma, tuve ocasión de conocerlo personalmente, y doy gracias a Dios que me concede hoy la posibilidad de incluírlo en el catálogo de los beatos. Recorramos esta mañana los rasgos principales de su experiencia espiritual, guiados por la liturgia de este V domingo de Pascua, en el cual tiene lugar el rito de su beatificación.

2. "No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mi" (Jn 14, 1). En la página evangélico que acabamos de proclamar hemos escuchado estas palabras de Jesús a sus discípulos, que tenían necesidad de aliento. En efecto, la mención de su próxima partida los había desalentado. Temían ser abandonados y quedarse solos, pero el Señor los consuela con una promesa concreta: "Me voy a preparaos sitio" y después "volveré y os llevare conmigo, para que donde estoy yo estéis también vosotros" (Jn 14, 2-3). En nombre de los Apóstoles replica a ésta afirmación Tomás: "Señor, no sabemos a donde vas. ¿Cómo podremos saber el camino?" (Jn 14, 5). La observación es oportuna y Jesús capta la petición que lleva implícita. La respuesta que da permanecerá a lo largo de los siglos como luz límpida para las generaciones futuras. "Yo soy el camino, la verdad, y la vida. Nadie va al Padre sino por mi." (Jn 14, 6). El "sitio" que Jesús va a preparar esta en "la casa del Padre"; el discípulo podrá estar allí eternamente con el Maestro y participar de su misma alegría. Sin embargo, para alcanzar esa meta solo hay un camino: Cristo, al cual el discípulo ha de ir conformándose progresivamente. La santidad consiste precisamente en esto: ya no es el cristiano el que vive, sino que Cristo mismo vive en él (Cf. Gal. 2, 20) horizonte atractivo, que va acompañado de una promesa igualmente consoladora: "El que cree en mi, también hará las obras que yo hago, e incluso mayores. Porque yo me voy al Padre" (Jn 14, 12). 

3. Escuchamos estas palabras de Cristo y nuestro pensamiento se dirige al humilde fraile capuchino del Gargano. ¡Con cuanta claridad se han cumplido en el Beato Pío de Pietrelcina! "No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios...". La vida de este humilde hijo de San Francisco fue un constante ejercicio de fe, corroborado por la esperanza del cielo, donde podía estar con Cristo. "Me voy a prepararos un sitio (...) Para que donde estoy yo estéis también vosotros". ¿Qué otro objetivo tuvo la durísima ascesis a la que se sometió el Padre Pío desde su juventud, sino la progresiva identificación con el divino Maestro, para estar "donde esta él"? Quien acudía a San Giovanni Rotondo para participar en su misa, para pedirle consejo o confesarse, descubría en el una imágen viva de Cristo doliente y resucitado. En el rostro del Padre Pío resplandecía la luz de la resurrección. Su cuerpo, marcado por las "estigmas" mostraba la íntima conexión entre la muerte y la resurrección que caracteriza el misterio pascual. Para el Beato de Pietrelcina la participación en la Pasión tuvo notas de especial intensidad: los dones singulares que le fueron concedidos y los consiguientes sufrimientos interiores y místicos le permitieron vivir una experiencia plena y constante de los padecimientos del Señor, convencido firmemente de que "el Calvario es el monte de los santos." 


4. No menos dolorosas, y humanamente tal vez aún más duras, fueron las pruebas que tuvo que soportar, por decirlo así, como consecuencia de sus singulares carismas. Como testimonia la historia de la santidad, Dios permite que el elegido sea a veces objeto de incomprensiones. Cuando esto acontece, la obediencia es para el un crisol de purificación, un camino de progresiva identificación con Cristo y un fortalecimiento de la auténtica santidad. A este respecto, el nuevo beato escribía a uno de sus superiores: "Actúo solamente para obedecerle, pues Dios me ha hecho entender lo que más le agrada a El, que para mi es el único medio de esperar la salvación y cantar victoria." (Epist. I. p. 807). Cuando sobre el se abatió la "tempestad", tomo como regla de su existencia la exhortación de la primera carta de San Pedro, que acabamos de escuchar: Acercaos a Cristo, la piedra viva (Cf. 1 P 2, 4). De este modo, también el se hizo "piedra viva" para la construcción del edificio espiritual que es la Iglesia. Y por esto hoy damos gracias al Señor. 

5. "También vosotros, como piedras vivas, entráis en la construcción del templo del Espíritu. (1 P 2, 5). ¡Qué oportunas resultan estas palabras si las aplicamos a la extraordinaria experiencia eclesial surgida en torno al nuevo beato! Muchos, encontrándose directa o indirectamente con el, han recuperado la fe; siguiendo su ejemplo, se han multiplicado en todas las partes del mundo los "grupos de oración". A quienes acudían a el les proponía la santidad, diciéndoles: "Parece que Jesús no tiene otra preocupación que santificar vuestra alma." (Epist. II, p. 153). Si la providencia divina quiso que realizase su apostolado sin salir nunca de su convento, casi "plantado" al pie de la cruz, esto tiene un significado. Un día, en un momento de gran prueba, el MaestroDivino lo consoló, diciéndole que "junto a la cruz se aprende a amar." (Epist. I, p. 339). Sí, la cruz de Cristo es la insigne escuela del amor; mas aún, el "manantial" mismo del amor. El amor de este fiel discípulo, purificado por el dolor, atraía los corazones a Cristo y a su exigente evangelio de salvación. 

6. Al mismo tiempo, su caridad se derramaba como bálsamo sobre las debilidades y sufrimientos de sus hermanos. El padre Pío, además de su celo por las almas, se intereso por el dolor humano, promoviendo en San Giovanni Rotondo un hospital, al que llamo "Casa de alivio del sufrimiento". Trato de que fuera un hospital de primer rango, pero sobre todo se preocupo de que en el se practicara una medicina verdaderamente "humanizada", en la que la relación con el enfermo estuviera marcada por la más solicita atención y la acogida mas cordial. Sabía bien que quien está enfermo y sufre no sólo necesita una correcta aplicación de los medios terapéuticos, sino también y sobre todo un clima humano y espiritual que le permita encontrarse a si mismo en la experiencia del amor de Dios y de la ternura de sus hermanos. Con la "Casa del alivio del sufrimiento" quiso mostrar que los "milagros ordinarios" de Dios pasan a través de nuestra caridad. Es necesario estar disponibles para compartir y para servir generosamente a nuestros hermanos, sirviéndonos de todos los recursos de la ciencia medica y de la técnica. 

7. El eco que esta beatificación ha suscitado en Italia y en el mundo es un signo de que la fama del Padre Pío, hijo de Italia y de San Francisco de Asís, ha alcanzado un horizonte que abarca todos los continentes. A todos los que han venido, de cerca o de lejos, y en especial a los padres capuchinos, les dirijo un afectuoso saludo. A todos, gracias de corazón. 

8. Quisiera concluir con las palabras del Evangelio proclamado en esta misa: "No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios". Esa exhortación de Cristo la recogió el nuevo beato, que solía repetir: "Abandonaos plenamente en el Corazón Divino de Cristo, como un niño en los brazos de su madre". Que esta invitación penetre también en nuestro espíritu como fuente de paz, de serenidad y de alegría. ¿Por qué tener miedo, si Cristo es para nosotros el camino, la verdad, y la vida? ¿Por qué no fiarse de Dios que es Padre, nuestro Padre? "Santa María de las gracias", a la que el humilde capuchino de Pietrelcina invocó con constante y tierna devoción, nos ayude a tener los ojos fijos en Dios. Que ella nos lleve de la mano y nos impulse a buscar con tesón la caridad sobrenatural que brota del Costado Abierto del Crucificado. Y tú, Beato Padre Pío, dirige desde el cielo tu mirada hacia nosotros, reunidos en esta plaza, y a cuantos están congregados en la plaza de San Juan de Letrán y en San Giovanni Rotondo. Intercede por aquellos que, en todo el mundo, se unen espiritualmente a esta celebración, elevando a ti sus súplicas. Ven en ayuda de cada uno y concede la paz y el consuelo a todos los corazones. 
Amén.

El Padre Pío y la Misa

El Santo Padre Pío de Pietrelcina habló en varias ocasiones con la Virgen de Garabandal y escribió a las niñas en nombre de Ella. Vio el Milagro que va a venir poco antes de morir. Las enseñanzas de la Santísima Virgen acerca de la Santa Misa como Santo Sacrificio de la Cruz de cara al Santísimo se pueden comprender leyendo este diálogo. A esto se refiere María Dolores en una carta escrita en tiempo de las Apariciones cuando dice que la Santísima Virgen la enseñó a vivir la Crucifixión de Jesús durante la Santa Misa. 

En 1974 se publicó una obra en italiano, titulada «Cosí parlò Padre Pío»: «Así habló el P. Pío» (San Giovanni Rotondo, Foggia, Italia), con el imprimátur de Mons. Fanton, obispo auxiliar de Vincencia. Algunos pasajes en los que el Padre Pío habla de la Santa Misa: 

Padre, ¿ama el Señor el Sacrificio? 
Sí, porque con él regenera el mundo. 

¿Cuánta gloria le da la Misa a Dios?
Una gloria infinita. 

¿Qué debemos hacer durante la Santa Misa?
Compadecernos y amar. Padre, 

¿cómo debemos asistir a la Santa Misa? 
Como asistieron la Santísima Virgen y las piadosas mujeres. 
Como asistió San Juan al Sacrificio Eucarístico y al Sacrificio cruento de la Cruz. Padre, 

¿qué beneficios recibimos al asistir a la Santa Misa? 
 No se pueden contar. Los veréis en el Paraíso. 
Cuando asistas a la Santa Misa, renueva tu fe 
y medita en la Víctima que se inmola por ti a la Divina Justicia, 
para aplacarla y hacerla propicia. 
No te alejes del altar sin derramar lágrimas 
de dolor y de amor a Jesús, crucificado por tu salvación. 
La Virgen Dolorosa te acompañará y será tu dulce inspiración. 

Padre, ¿qué es su Misa? 
 Una unión sagrada con la Pasión de Jesús. 
Mi responsabilidad es única en el mundo, decía llorando.

¿Qué tengo que descubrir en su Santa Misa? 
 Todo el Calvario. 

Padre, dígame todo lo que sufre Vd. durante la Santa Misa. 
 Sufro todo lo que Jesús sufrió en su Pasión, aunque sin proporción, 
sólo en cuanto lo puede hacer una criatura humana. 
Y esto, a pesar de cada una de mis faltas y por su sola bondad. Padre, 
durante el Sacrificio Divino, 

¿carga Vd. nuestros pecados? 
 No puedo dejar de hacerlo, puesto que es una parte del Santo Sacrificio. 

 ¿El Señor le considera a Vd. como un pecador? 
 No lo sé, pero me temo que así es. 
Yo lo he visto temblar a Vd. cuando sube las gradas del Altar. 

¿Por qué? ¿Por lo que tiene que sufrir? 
 No por lo que tengo que sufrir, sino por lo que tengo que ofrecer. 

 ¿En qué momento de la Misa sufre Vd. más? 
 En la Consagración y en la Comunión. 

Padre, esta mañana en la Misa, al leer la historia de Esaú, 
que vendió su primogenitura, sus ojos se llenaron de lágrimas.
¡Te parece poco, despreciar los dones de Dios! 

¿Por qué, al leer el Evangelio, lloró cuando leyó esas palabras: «Quien come mi carne y bebe mi sangre»...? Llora conmigo de ternura. 

 Padre, ¿por qué llora Vd. casi siempre cuando lee el Evangelio en la Misa? 
Nos parece que no tiene importancia el que un Dios le hable a sus criaturas y que ellas lo contradigan y que continuamente lo ofendan con su ingratitud e incredulidad. 

Su Misa, Padre, ¿es un sacrificio cruento? 
¡Hereje! 

Perdón, Padre, quise decir que en la Misa el Sacrificio de Jesús no es cruento, 
pero que la participación de Vd. a toda la Pasión si lo es. ¿Me equivoco? 
Pues no, en eso no te equivocas. Creo que seguramente tienes razón. 

¿Quien le limpia la sangre durante la Santa Misa? 
Nadie. 

Padre, ¿por qué llora en el Ofertorio? 
¿Quieres saber el secreto? Pues bien: porque es el momento en que el alma se separa de las cosas profanas. 

 Durante su Misa, Padre, la gente hace un poco de ruido. 
 Si estuvieses en el Calvario, ¿no escucharías gritos, blasfemias, ruidos y amenazas? Había un alboroto enorme. 

¿No le distraen los ruidos? 
 Para nada. 

 Padre, ¿por qué sufre tanto en la Consagración? 
 No seas malo... (no quiero que me preguntes eso...). 

Padre, ¡dígamelo! ¿Por qué sufre tanto en la Consagración? 
Porque en ese momento se produce realmente una nueva y admirable destrucción y creación. 

Padre, ¿por qué llora en el Altar y qué significan las palabras que dice Vd. en la Elevación? 
Se lo pregunto por curiosidad, pero también porque quiero repetirlas con Vd. 
Los secretos de Rey supremo no pueden revelarse sin profanarlos. Me preguntas por qué lloro, pero yo no quisiera derramar esas pobres lagrimitas sino torrentes de ellas. ¿No meditas en este grandioso misterio? 

 Padre, ¿sufre Vd. durante la Misa la amargura de la hiel? 
 Sí, muy a menudo... 

Padre, ¿cómo puede estarse de pie en el Altar? 
 Como estaba Jesús en la Cruz. En el Altar, 

¿está Vd. clavado en la Cruz como Jesús en el Calvario? 
¿Y aún me lo preguntas? 

¿Como se halla Vd.? 
 Como Jesús en el Calvario. 

Padre, los verdugos acostaron la Cruz de Jesús para hundirle los clavos? 
Evidentemente. 

¿A Vd. también se los clavan? 
 ¡Y de qué manera! 

¿También acuestan la Cruz para Vd.? 
 Sí, pero no hay que tener miedo. Padre, durante la Misa, 

¿dice Vd. las siete palabras que Jesús dijo en la Cruz? 
 Sí, indignamente, pero también yo las digo. 

Y ¿a quién le dice: «Mujer, he aquí a tu hijo»? 
 Se lo digo a Ella: He aquí a los hijos de Tu Hijo. 

¿Sufre Vd. la sed y el abandono de Jesús? 
 Sí. 

¿En qué momento? 
 Después de la Consagración. 

¿Hasta qué momento? 
Suele ser hasta la Comunión. 

 Vd. ha dicho que le avergüenza decir: «Busqué quien me consolase y no lo hallé». ¿Por qué? 
 Porque nuestro sufrimiento, de verdaderos culpables, no es nada en comparación del de Jesús.

¿Ante quién siente vergüenza? 
Ante Dios y mi conciencia. 

Los Angeles del Señor ¿lo reconfortan en el Altar en el que se inmola Vd.? 
Pues... no lo siento. 

Si el consuelo no llega hasta su alma durante el Santo Sacrificio y Vd. sufre, como Jesús, el abandono total, nuestra presencia no sirve de nada. 
La utilidad es para vosotros. ¿Acaso fue inútil la presencia de la Virgen Dolorosa, de San Juan y de las piadosas mujeres a los pies de Jesús agonizante? 

¿Qué es la sagrada Comunión? 
 Es toda una misericordia interior y exterior, todo un abrazo. Pídele a Jesús que se deje sentir sensiblemente

Cuando viene Jesús, ¿visita solamente el alma? 
El ser entero. 

¿Qué hace Jesús en la Comunión? 
 Se deleita en su criatura. Cuando se une a Jesús en la Santa Comunión, 

¿qué quiere que le pidamos al Señor por Vd.? 
Que sea otro Jesús, todo Jesús y siempre Jesús. 

¿Sufre Vd. también en la Comunión? 
Es el punto culminante. 

Después de la Comunión, ¿continúan sus sufrimientos? 
Sí, pero son sufrimientos de amor. 

 ¿A quién se dirigió la última mirada de Jesús agonizante? 
 A su Madre. 

Y Vd., ¿a quién mira? 
 A mis hermanos de exilio. 

¿Muere Vd. en la Santa Misa? 
 Místicamente, en la Sagrada Comunión. 

¿Es por exceso de amor o de dolor? 
 Por ambas cosas, pero más por amor. 

Si Vd. muere en la Comunión ¿ya no está en el Altar? ¿Por qué? 
Jesús muerto, seguía estando en el Calvario. 

Padre, Vd. a dicho que la víctima muere en la Comunión. ¿Lo ponen a Vd. en los brazos de Nuestra Señora? 
En los de San Francisco. 

 Padre, ¿Jesús desclava los brazos de la Cruz para descansar en Vd.? 
¡Soy yo quien descansa en El! 

 ¿Cuánto ama a Jesús? 
 Mi deseo es infinito, pero la verdad es que, por desgracia, tengo que decir que nada, y me da mucha pena. 

Padre, ¿por qué llora Vd. al pronunciar la última frase del Evangelio de San Juan: «Y hemos visto su gloria, gloria como de Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»? 
¿Te parece poco? Si los Apóstoles, con sus ojos de carne, han visto esa gloria, ¿cómo será la que veremos en el Hijo de Dios, en Jesús, cuando se manifieste en el Cielo? 

 ¿Qué unión tendremos entonces con Jesús? 
 La Eucaristía nos da una idea. 

 ¿Asiste la Santísima Virgen a su Misa? 
¿Crees que la Mamá no se interesa por su hijo?

 ¿Y los ángeles? 
 En multitudes. 

¿Qué hacen? 
 Adoran y aman. 

Padre, ¿quién está más cerca de su Altar? 
Todo el Paraíso. 

¿Le gustaría decir más de una Misa cada día? 
Si yo pudiese, no querría bajar nunca del Altar. 

Me ha dicho que Vd. trae consigo su propio Altar... 
Sí, porque se realizan estas palabras del Apóstol: «Llevo en mi cuerpo las señales del Señor Jesús» (Gal. 6, 17), «estoy crucificado con Cristo» (Gal. 2, 19) y «castigo mi cuerpo y lo esclavizo» (I Cor. 9, 27).  ¡En ese caso, no me equivoco cuando digo que estoy viendo a Jesús Crucificado!

Padre, ¿se acuerda Vd. de mí durante la Santa Misa? 
Durante toda la Misa, desde el principio al fin, me acuerdo de tí. 

La Misa del Padre Pío en sus primeros años duraba más de dos horas. 
Siempre fue un éxtasis de amor y de dolor. 
Su rostro se veía enteramente concentrado en Dios y lleno de lágrimas. 

Un día, al confesarme, le pregunté sobre este gran misterio: 
 Padre, quiero hacerle una pregunta.
 Dime, hijo. 

 Padre, quisiera preguntarle qué es la Misa. 
 ¿Por qué me preguntas eso? 

Para oírla mejor, Padre. 
 Hijo, te puedo decir lo que es mi Misa. 

Pues eso es lo que quiero saber, Padre. 
Hijo mío, estamos siempre en la cruz y la Misa es una continua agonía.

Padre Pío


“En cuanto a mí, ¡Dios me libre de gloriarme si no es en la cruz de nuestro Señor Jesucristo!” 
(Gal 6, 14). 

Padre Pío de Pietrelcina, al igual que el apóstol Pablo, puso en la cumbre de su vida y de su apostolado la Cruz de su Señor como su fuerza, su sabiduría y su gloria. Inflamado de amor hacia Jesucristo, se conformó a Él por medio de la inmolación de sí mismo por la salvación del mundo. En el seguimiento y la imitación de Cristo Crucificado fue tan generoso y perfecto que hubiera podido decir “con Cristo estoy crucificado: y no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí” (Gal 2, 19). Derramó sin parar los tesoros de la graciaque Dios le había concedido con especial generosidad a través de su ministerio, sirviendo a los hombres y mujeres que se acercaban a él, cada vez más numerosos, y engendrado una inmensa multitud de hijos e hijas espirituales. 

Este dignísimo seguidor de San Francisco de Asís nació el 25 de mayo de 1887 en Pietrelcina, archidiócesis de Benevento, hijo de Grazio Forgione y de María Giuseppa De Nunzio. Fue bautizado al día siguiente recibiendo el nombre de Francisco. A los 12 años recibió el Sacramento de la Confirmación y la Primera Comunión. 

El 6 de enero de 1903, cuando contaba 16 años, entró en el noviciado de la orden de los Frailes Menores Capuchinos en Morcone, donde el 22 del mismo mes vistió el hábito franciscano y recibió el nombre de Fray Pío. Acabado el año de noviciado, emitió la profesión de los votos simples y el 27 de enero de 1907 la profesión solemne. 

Después de la ordenación sacerdotal, recibida el 10 de agosto de 1910 en Benevento, por motivos de salud permaneció en su familia hasta 1916. En septiembre del mismo año fue enviado al Convento de San Giovanni Rotondo y permaneció allí hasta su muerte. Enardecido por el amor a Dios y al prójimo, Padre Pío vivió en plenitud la vocación de colaborar en la redención del hombre, según la misión especial que caracterizó toda su vida y que llevó a cabo mediante la dirección espiritual de los fieles, la reconciliación sacramental de los penitentes y la celebración de la Eucaristía. 

El momento cumbre de su actividad apostólica era aquél en el que celebraba la Santa Misa. Los fieles que participaban en la misma percibían la altura y profundidad de su espiritualidad. En el orden de la caridad social se comprometió en aliviar los dolores y las miserias de tantas familias, especialmente con la fundación de la “Casa del Alivio del Sufrimiento”, inaugurada el 5de mayo de 1956. Para el Padre Pío la fe era la vida: quería y hacía todo a la luz de la fe. 

Estuvo dedicado asiduamente a la oración. Pasaba el día y gran parte de la noche en coloquio con Dios. Decía: “En los libros buscamos a Dios, en la oración lo encontramos. La oración es la llave que abre el corazón de Dios”. La fe lo llevó siempre a la aceptación de la voluntad misteriosa de Dios. 

Estuvo siempre inmerso en las realidades sobrenaturales. No era solamente el hombre de la esperanza y de la confianza total en Dios, sino que infundía, con las palabras y el ejemplo, estas virtudes en todos aquellos que se le acercaban. El amor de Dios le llenaba totalmente, colmando todas sus esperanzas; la caridad era el principio inspirador de su jornada: amar a Dios y hacerlo amar. Su preocupación particular: crecer y hacer crecer en la caridad. 

Expresó el máximo de su caridad hacia el prójimo acogiendo, por más de 50 años, a muchísimas personas que acudían a su ministerio y a su confesionario, recibiendo su consejo y su consuelo. Era como un asedio: lo buscaban en la iglesia, en la sacristía y en el convento. Y él se daba a todos, haciendo renacer la fe, distribuyendo la gracia y llevando luz. Pero especialmente en los pobres, en quienes sufrían y en los enfermos, él veía la imagen de Cristo y se entregaba especialmente a ellos. Ejerció de modo ejemplar la virtud de la prudencia, obraba y aconsejaba a la luz de Dios. Su preocupación era la gloria de Dios y el bien de las almas. Trató a todos con justicia, con lealtad y gran respeto. Brilló en él la luz de la fortaleza. Comprendió bien pronto que su camino era el de la Cruz y lo aceptó inmediatamente con valor y por amor. Experimentó durante muchos años los sufrimientos del alma. 

Durante años soportó los dolores de sus llagas con admirable serenidad. Cuando tuvo que sufrir investigaciones y restricciones en su servicio sacerdotal, todo lo aceptó con profunda humildad y resignación. Ante acusaciones injustificadas y calumnias, siempre calló confiando en el juicio de Dios, de sus directores espírituales y de la propia conciencia. Recurrió habitualmente a la mortificación para conseguir la virtud de la templanza, de acuerdo con el estilo franciscano. 

Era templado en la mentalidad y en el modo de vivir. Consciente de los compromisos adquiridos con la vida consagrada, observó con generosidad los votos profesados. Obedecióen todo las órdenes de sus superiores, incluso cuando eran difíciles. Su obediencia era sobrenatural en la intención, universal en la extensión e integral en su realización. Vivió el espíritu de pobreza con total desprendimiento de sí mismo, de los bienes terrenos, de las comodidades y de los honores. Tuvo siempre una gran predilección por la virtud de la castidad. Su comportamiento fue modesto en todas partes y con todos. Se consideraba sinceramente inútil, indigno de los dones de Dios, lleno de miserias y a la vez de favores divinos. En medio a tanta admiración del mundo, repetía: “Quiero ser sólo un pobre fraile que reza”. Su salud, desde la juventud, no fue muy robusta y, especialmente en los últimos años de su vida, empeoró rápidamente. 

La hermana muerte lo sorprendió preparado y sereno el 23 de septiembre de 1968, a los 81 años de edad. Sus funerales se caracterizaron por una extraordinaria concurrencia de personas. 

El 20 de febrero de 1971, apenas tres años después de su muerte, Pablo VI, dirigiéndose a los Superiores de la orden Capuchina, dijo de él: “¡Mirad qué fama ha tenido, qué clientela mundial ha reunido en torno a sí! Pero, ¿por qué? ¿Tal vez porque era un filósofo? ¿Porqué era un sabio? ¿Porqué tenía medios a su disposición? Porque celebraba la Misa con humildad, confesaba desde la mañana a la noche, y era, es difícil decirlo, un representante visible de las llagas de Nuestro Señor. Era un hombre de oración y de sufrimiento”. Ya durante su vida gozó de notable fama de santidad, debida a sus virtudes, a su espíritu de oración, de sacrificio y de entrega total al bien de las almas. 

En los años siguientes a su muerte, la fama de santidad y de milagros creció constantemente, llegando a ser un fenómeno eclesial extendido por todo el mundo y en toda clase de personas. De este modo, Dios manifestaba a la Iglesia su voluntad de glorificar en la tierra a su Siervo fiel. No pasó mucho tiempo hasta que la Orden de los Frailes Menores Capuchinos realizó los pasos previstos por la ley canónica para iniciar la causa de beatificación y canonización. Examinadas todas las circunstancias, la Santa Sede, a tenor del Motu Proprio “Sanctitas Clarior” concedió el nulla osta el 29 de noviembre de 1982. 

El Arzobispo de Manfredonia pudo así proceder a la introducción de la Causa y a la celebración del proceso de conocimiento (1983-1990). El 7 de diciembre de 1990 la Congregación para las Causas de los Santos reconoció la validez jurídica. Acabada la Positio, se discutió, como es costumbre, si el Siervo de Dios había ejercitado las virtudes en grado heroico. El 13 de junio de 1997 tuvo lugar el Congreso peculiar de Consultores teólogos con resultado positivo. En la Sesión ordinaria del 21 de octubre siguiente, siendo ponente de la Causa Mons. Andrea María Erba, Obispo de Velletri-Segni, los Padres Cardenales y obispos reconocieron que el Padre Pío ejerció en grado heroico las virtudes teologales, cardinales y las relacionadas con las mismas. 

El 18 de diciembre de 1997, en presencia de Juan Pablo II, fue promulgado el Decreto sobre la heroicidad de las virtudes. Para la beatificación del Padre Pío, la Postulación presentó al Dicasterio competente la curación de la Señora Consiglia De Martino de Salerno (Italia). Sobre este caso se celebró el preceptivo proceso canónico ante el Tribunal Eclesiástico de la Archidiócesis de Salerno-Campagna-Acerno de julio de 1996 a junio de 1997. El 30 de abril de 1998 tuvo lugar, en la Congregación para las Causas de los Santos, el examen de la Consulta Médica y, el 22 de junio del mismo año, el Congreso peculiar de Consultores teólogos. El 20 de octubre siguiente, en el Vaticano, se reunió la Congregación ordinaria de Cardenales y obispos, miembros del Dicasterio y el 21 de diciembre de 1998 se promulgó, en presencia de Juan Pablo II, el Decreto sobre el milagro. 

El 2 de mayo de 1999 a lo largo de una solemne Concelebración Eucarística en la plaza de San Pedro Su Santidad Juan Pablo II, con su autoridad apostólica declaró Beato al Venerable Siervo de Dios Pío de Pietrelcina, estableciendo el 23 de septiembre como fecha de su fiesta litúrgica. 

Para la canonización del Beato Pío de Pietrelcina, la Postulación ha presentado al Dicasterio competente la curación del pequeño Mateo Pio Colella de San Giovanni Rotondo. Sobre el caso se ha celebrado el regular Proceso canónico ante el Tribunal eclesiástico de la archidiócesis de Manfredonia Vieste del 11 de junio al 17 de octubre del 2000. El 23 de octubre siguiente la documentación se entregó en la Congregación de las Causas de los Santos. El 22 de noviembre del 2001 tuvo lugar, en la Congregación de las Causas de los Santos, el examen médico. El 11 de diciembre se celebró el Congreso Particular de los Consultores Teólogos y el 18 del mismo mes la Sesión Ordinaria de Cardenales y Obispos. El 20 de diciembre, en presencia de Juan Pablo II, se ha promulgado el Decreto sobre el milagro y el 26 de febrero del 2002 se promulgó el Decreto sobre la canonización.

lunes, 14 de mayo de 2012

Padre Pío y Benedicto XVI



VISITA PASTORAL A SAN GIOVANNI ROTONDO

HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Atrio de la iglesia de San Pío de Pietrelcina 

Domingo 21 de junio de 2009

Queridos hermanos y hermanas:
En el corazón de mi peregrinación a este lugar, donde todo habla de la vida y de la santidad del padre Pío de Pietrelcina , tengo la alegría de celebrar para vosotros y con vosotros la Eucaristía, misterio que constituyó el centro de toda su existencia: el origen de su vocación, la fuerza de su testimonio, la consagración de su sacrificio. Con gran afecto os saludo a todos vosotros, aquí congregados en gran número, y a cuantos se han unido a nosotros mediante la radio y la televisión.

Saludo, en primer lugar, al arzobispo Domenico Umberto D'Ambrosio, que, después de años de servicio fiel a esta comunidad diocesana, se dispone a asumir el cuidado pastoral de la archidiócesis de Lecce. También le agradezco cordialmente que se haya hecho intérprete de vuestros sentimientos. Saludo a los demás obispos concelebrantes. Dirijo un saludo especial a los frailes capuchinos, en particular al ministro general, fray Mauro Jöhri, al definitorio general, al ministro provincial, al padre guardián del convento, al rector del santuario y a la Fraternidad capuchina de San Giovanni Rotondo.

Asimismo, saludo y doy las gracias a cuantos dan su contribución al servicio del santuario y de las obras vinculadas a él; saludo a las autoridades civiles y militares; saludo a los sacerdotes, a los diáconos, a los demás religiosos y religiosas, y a todos los fieles. Dirijo un saludo afectuoso a cuantos están en la Casa Alivio del Sufrimiento, a las personas solas y a todos los habitantes de vuestra ciudad.

Acabamos de escuchar el pasaje evangélico de la tempestad calmada, que ha ido acompañado por un breve pero incisivo texto del libro de Job , en el que Dios se revela como el Señor del mar. Jesús increpa al viento y ordena al mar que se calme, lo interpela como si se identificara con el poder diabólico. En la Biblia, según lo que nos dicen la primera lectura y el Salmo 107, el mar se considera como un elemento amenazador, caótico, potencialmente destructivo, que sólo Dios, el Creador, puede dominar, gobernar y silenciar.

Sin embargo, hay otra fuerza, una fuerza positiva, que mueve al mundo, capaz de transformar y renovar a las criaturas: la fuerza del "amor de Cristo" ( 2 Co 5, 14), como la llama san Pablo en la segunda carta a los Corintios ; por tanto, esencialmente no es una fuerza cósmica, sino divina, trascendente. Actúa también sobre el cosmos, pero, en sí mismo, el amor de Cristo es "otro" tipo de poder, y el Señor manifestó esta alteridad trascendente en su Pascua, en la "santidad" del "camino" que eligió para liberarnos del dominio del mal, como había sucedido con el éxodo de Egipto, cuando hizo salir a los judíos atravesando las aguas del mar Rojo. "Dios mío —exclama el salmista—, tus caminos son santos (...). Te abriste camino por las aguas, un vado por las aguas caudalosas" ( Sal 77, 14.20). En el misterio pascual, Jesús pasó a través del abismo de la muerte, porque Dios quiso renovar así el universo: mediante la muerte y resurrección de su Hijo, "muerto por todos", para que todos puedan vivir "por aquel que murió y resucitó por ellos" ( 2 Co 5, 15), y para que no vivan sólo para sí mismos.

El gesto solemne de calmar el mar tempestuoso es claramente un signo del señorío de Cristo sobre las potencias negativas e induce a pensar en su divinidad: "¿Quién es este —se preguntan asombrados y atemorizados los discípulos—, que hasta el viento y las aguas le obedecen?" ( Mc 4, 41). Su fe aún no es firme; se está formando; es una mezcla de miedo y confianza; por el contrario, el abandono confiado de Jesús al Padre es total y puro. Por eso, por este poder del amor, puede dormir durante la tempestad, totalmente seguro en los brazos de Dios. Pero llegará el momento en el que también Jesús experimentará miedo y angustia: cuando llegue su hora, sentirá sobre sí todo el peso de los pecados de la humanidad, como una gran ola que está punto de abatirse sobre él. Esa sí que será una tempestad terrible, no cósmica, sino espiritual. Será el último asalto, el asalto extremo del mal contra el Hijo de Dios.

Sin embargo, en esa hora Jesús no dudó del poder de Dios Padre y de su cercanía, aunque tuvo que experimentar plenamente la distancia que existe entre el odio y el amor, entre la mentira y la verdad, entre el pecado y la gracia. Experimentó en sí mismo de modo desgarrador este drama, especialmente en Getsemaní, antes de ser arrestado y, después, durante toda la Pasión, hasta su muerte en la cruz. En esa hora Jesús, por una parte, estaba totalmente unido al Padre, plenamente abandonado en él; y, por otra, al ser solidario con los pecadores, estaba como separado y se sintió como abandonado por él.

Algunos santos han vivido personalmente de modo intenso esta experiencia de Jesús. El padre Pío de Pietrelcina es uno de ellos. Un hombre sencillo, de orígenes humildes, "conquistado por Cristo" ( Flp 3, 12) —como escribe de sí el apóstol san Pablo— para convertirlo en un instrumento elegido del poder perenne de su cruz: poder de amor a las almas, de perdón y reconciliación, de paternidad espiritual y de solidaridad activa con los que sufren. Los estigmas que marcaron su cuerpo lo unieron íntimamente al Crucificado resucitado. Auténtico seguidor de san Francisco de Asís, hizo suya, como el Poverello,la experiencia del apóstol san Pablo, tal como la describe en sus cartas: "Estoy crucificado con Cristo: y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" ( Ga 2, 19-20); o también: "La muerte está actuando en nosotros, y la vida en vosotros" ( 2 Co 4, 12).

Esto no significa alienación, pérdida de la personalidad: Dios no anula nunca lo humano, sino que lo transforma con su Espíritu y lo orienta al servicio de su designio de salvación. El padre Pío conservó sus dones naturales, y también su temperamento, pero ofreció todo a Dios, que pudo servirse libremente de él para prolongar la obra de Cristo: anunciar el Evangelio, perdonar los pecados y curar a los enfermos en el cuerpo y en el alma.

Como sucedió con Jesús, el padre Pío tuvo que librar la verdadera lucha, el combate radical, no contra enemigos terrenos, sino contra el espíritu del mal (cf. Ef 6, 12). Las "tempestades" más fuertes que lo amenazaban eran los asaltos del diablo, de los cuales se defendió con "la armadura de Dios", con "el escudo de la fe" y "la espada del Espíritu, que es la Palabra de Dios" ( Ef 6, 11. 16. 17). Permaneciendo unido a Jesús, siempre tuvo ante sí la profundidad del drama humano; por eso se entregó a sí mismo y ofreció sus numerosos sufrimientos, y se gastó por el cuidado y el alivio de los enfermos, signo privilegiado de la misericordia de Dios, de su reino que viene, más aún, que ya está en el mundo, de la victoria del amor y de la vida sobre el pecado y la muerte. Guiar a las almas y aliviar el sufrimiento: así se puede resumir la misión de san Pío de Pietrelcina, como dijo de él también el siervo de Dios Papa Pablo VI: "Era un hombre de oración y de sufrimiento" (Discurso a los padres capitulares capuchinos , 20 de febrero de 1971).

Queridos amigos, frailes menores capuchinos, miembros de los grupos de oración y fieles todos de San Giovanni Rotondo, vosotros sois los herederos del padre Pío, y la herencia que os ha dejado es la santidad. En una de sus cartas escribió: "Parece que Jesús no tiene otra curación para mis manos sino la de santificar vuestra alma" ( Epist. II, p.155). Su primera preocupación, su anhelo sacerdotal y paterno, fue siempre que las personas volvieran a Dios, que experimentaran su misericordia y, renovadas interiormente, redescubrieran la belleza y la alegría de ser cristianas, de vivir en comunión con Jesús, de pertenecer a su Iglesia y practicar el Evangelio. El padre Pío atraía hacia el camino de la santidad con su testimonio, indicando con su ejemplo el "binario" que lleva a ella: la oración y la caridad.

Ante todo, la oración . Como todos los grandes hombres de Dios, el padre Pío se convirtió él mismo en oración, en cuerpo y alma. Sus jornadas eran un rosario vivido, es decir, una continua meditación y asimilación de los misterios de Cristo en unión espiritual con la Virgen María. Así se explica la singular presencia en él de dones sobrenaturales y de sentido práctico humano. Y todo tenía su culmen en la celebración de la santa misa: en ella se unía plenamente al Señor muerto y resucitado.

De la oración, como de una fuente siempre viva, brotaba la caridad. El amor que llevaba en su corazón y transmitía a los demás rebosaba ternura, siempre atento a las situaciones reales de las personas y de las familias. Sentía la predilección del Corazón de Jesús especialmente por los enfermos y los que sufrían, y precisamente de esa predilección surgió y tomó forma el proyecto de una gran obra dedicada al "alivio del sufrimiento". No se puede entender ni interpretar adecuadamente esa institución si se la separa de su fuente inspiradora, que es la caridad evangélica, animada a su vez por la oración.

Queridos hermanos, hoy el padre Pío vuelve a proponer todo esto a nuestra atención. Los peligros del activismo y la secularización están siempre presentes; por eso, mi visita también tiene la finalidad de confirmaros en la fidelidad a la misión heredada de vuestro amadísimo padre. Muchos de vosotros, religiosos, religiosas y laicos, estáis tan absorbidos por las miles de tareas que conlleva el servicio a los peregrinos o a los enfermos del hospital, que corréis el riesgo de descuidar lo único verdaderamente necesario: escuchar a Cristo para cumplir la voluntad de Dios. Cuando os deis cuenta de que corréis este riesgo, mirad al padre Pío: su ejemplo, sus sufrimientos; e invocad su intercesión, para que os obtenga del Señor la luz y la fuerza que necesitáis para proseguir su misma misión impregnada de amor a Dios y de caridad fraterna. Y que desde el cielo siga ejerciendo la exquisita paternidad espiritual que lo caracterizó durante su existencia terrena; que siga acompañando a sus hermanos, a sus hijos espirituales y toda la obra que inició.

Que, juntamente con san Francisco y la Virgen, a la que tanto amó e hizo amar en este mundo, vele sobre todos vosotros y os proteja siempre. Y entonces, incluso en medio de las tempestades que puedan levantarse repentinamente, podréis experimentar el soplo del Espíritu Santo, que es más fuerte que cualquier viento contrario e impulsa la barca de la Iglesia y a cada uno de nosotros. Por eso debemos vivir siempre con serenidad y cultivar en el corazón la alegría, dando gracias al Señor. "Es eterna su misericordia" ( Salmo responsorial ). Amén.


ÁNGELUS 
Atrio de la iglesia de San Pío de Pietrelcina


Queridos hermanos y hermanas:
Al final de esta solemne celebración, os invito a rezar conmigo, como todos los domingos, la oración mariana del Ángelus . Pero aquí, en el santuario de San Pío de Pietrelcina, nos parece oír su misma voz, que nos exhorta a dirigirnos con corazón de hijos a la santísima Virgen: "Amad a la Virgen y haced que la amen". Es lo que repetía a todos, pero más que las palabras valía el testimonio ejemplar de su profunda devoción a la Madre celestial.

Bautizado en la iglesia de Santa María de los Ángeles de Pietrelcina con el nombre de Francisco, como el Poverello de Asís, cultivó siempre un amor muy tierno a la Virgen. La Providencia lo trajo después aquí, a San Giovanni Rotondo, al santuario de Santa María de las Gracias, donde permaneció hasta su muerte y donde descansan sus restos mortales. Por tanto, toda su vida y su apostolado se desarrollaron bajo la mirada maternal de la Virgen y con la fuerza de su intercesión. También consideraba la Casa Alivio del Sufrimiento como obra de María, "Salud de los enfermos".

Por eso, queridos amigos, siguiendo el ejemplo del padre Pío, también yo quiero encomendaros hoy a todos a la protección maternal de la Madre de Dios. De modo particular la invoco para la comunidad de los frailes capuchinos, para los enfermos del hospital y para quienes los atienden con amor, así como para los Grupos de oración que llevan a la práctica en Italia y en el mundo la consigna espiritual del santo fundador.
A la intercesión de la Virgen y de san Pío de Pietrelcina quiero encomendar de modo especial el Año sacerdotal, que inauguré el viernes pasado, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. Que sea una ocasión privilegiada para poner de relieve el valor de la misión y de la santidad de los sacerdotes al servicio de la Iglesia y de la humanidad del tercer milenio.

Pidamos hoy también por la situación difícil y a veces dramática de los refugiados. Precisamente ayer se celebró la Jornada mundial del refugiado, promovida por las Naciones Unidas. Son muchas las personas que buscan refugio en otros países, huyendo de situaciones de guerra, persecución y calamidad, y acogerlos es un deber, aunque implique no pocas dificultades. Quiera Dios que, con el compromiso de todos, se logre superar lo más posible las causas de un fenómeno tan triste.

Con gran afecto saludo a todos los peregrinos reunidos aquí. Expreso mi gratitud a las autoridades civiles y a cuantos han colaborado en la preparación de mi visita. Gracias de corazón. Os repito a todos: caminad por la senda que el padre Pío os indicó, la senda de la santidad según el Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. En esta senda os precederá siempre la Virgen María, y con mano materna os guiará a la patria celestial.

ENCUENTRO CON LOS ENFERMOS, EL PERSONAL MÉDICO Y LOS DIRECTIVOS DEL HOSPITAL
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Ingreso de la Casa Alivio del Sufrimiento 


Queridos hermanos y hermanas; queridos enfermos:
En mi visita a San Giovanni Rotondo no podía menos de venir a la Casa Alivio del Sufrimiento, ideada y querida por san Pío de Pietrelcina como "lugar de oración y de ciencia donde el género humano se encuentre en Cristo crucificado como una sola grey con un solo pastor". Precisamente por eso quiso encomendarla al apoyo material y sobre todo espiritual de los Grupos de oración, que aquí tienen el centro de su misión al servicio de la Iglesia.

El padre Pío quería que en este hospital bien equipado se pudiera comprobar que el esfuerzo de la ciencia por curar al enfermo nunca debe ir separado de una confianza filial en Dios, infinitamente compasivo y misericordioso. Al inaugurarla, el 5 de mayo de 1956, la definió "criatura de la Providencia" y hablaba de esta institución como de "una semilla sembrada por Dios en la tierra, que él calentará con los rayos de su amor".

Así pues, he venido a vosotros para dar gracias a Dios por el bien que, desde hace más de cincuenta años, fieles a las directrices de un humilde fraile capuchino, hacéis en esta "Casa Alivio del Sufrimiento", con resultados reconocidos en el ámbito científico y médico. Lamentablemente, no me es posible, como desearía, visitar cada pabellón y saludar uno por uno a los enfermos y a las personas que los cuidan. Sin embargo, quiero dirigir a cada uno —enfermos, médicos, familiares, agentes sanitarios y agentes de pastoral— una palabra de consuelo paternal y de aliento a proseguir juntos esta obra evangélica para alivio de las personas que sufren, valorando todos los recursos para el bien humano y espiritual de los enfermos y de sus familiares.

Con estos sentimientos, os saludo cordialmente a todos, comenzando por vosotros, hermanos y hermanas probados por la enfermedad. Saludo a los médicos, a los enfermeros y al personal sanitario y administrativo. Os saludo a vosotros, venerados padres capuchinos que, como capellanes, proseguís el apostolado de vuestro santo hermano. Saludo a los prelados y, en primer lugar, al arzobispo Domenico Umberto D'Ambrosio, que ha sido pastor de esta diócesis y ahora ha sido llamado a guiar la comunidad archidiocesana de Lecce; le agradezco las palabras que me ha dirigido en vuestro nombre. Saludo asimismo al director general del hospital, doctor Domenico Crupi, y al representante de los enfermos, y les agradezco las amables y cordiales palabras que me acaban de dirigir, permitiéndome conocer mejor lo que aquí se realiza y el espíritu con que lo realizáis.

Cada vez que se entra en un hospital, el pensamiento va naturalmente al misterio de la enfermedad y del dolor, a la esperanza de curación y al valor inestimable de la salud, de la que a menudo sólo nos damos cuenta cuando falta. En los hospitales se constata el gran valor de nuestra existencia, pero también su fragilidad. Siguiendo el ejemplo de Jesús, que recorría toda la Galilea "curando toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo" ( Mt 4, 23), la Iglesia, desde sus inicios, impulsada por el Espíritu Santo, ha considerado como un deber y un privilegio el estar al lado de quienes sufren, prestando atención preferencial a los enfermos.

La enfermedad, que se manifiesta de muchas formas y ataca de diversas maneras, suscita preguntas inquietantes: ¿Por qué sufrimos? ¿Se puede considerar positiva la experiencia del dolor? ¿Quién nos puede librar del sufrimiento y de la muerte? Interrogantes existenciales, que en la mayoría de los casos quedan humanamente sin respuesta, dado que sufrir constituye un enigma inescrutable para la razón.
El sufrimiento forma parte del misterio mismo de la persona humana. Lo puse de relieve en la encíclica Spe salvi , afirmando que "se deriva, por una parte, de nuestra finitud y, por otra, de la gran cantidad de culpas acumuladas a lo largo de la historia, y que crece de modo incesante también en el presente". Y añadí: "Ciertamente, conviene hacer todo lo posible para disminuir el sufrimiento (...), pero extirparlo del mundo por completo no está en nuestras manos, simplemente porque (...) ninguno de nosotros es capaz de eliminar el poder del mal (...), fuente continua de sufrimiento" (n. 36).

El único que puede eliminar el poder del mal es Dios. Precisamente por el hecho de que Jesucristo vino al mundo para revelarnos el designio divino de nuestra salvación, la fe nos ayuda a penetrar el sentido de todo lo humano y, por consiguiente, también del sufrir. Así pues, existe una íntima relación entre la cruz de Jesús —símbolo del dolor supremo y precio de nuestra verdadera libertad— y nuestro dolor, que se transforma y se sublima cuando se vive con la conciencia de la cercanía y de la solidaridad de Dios.
El padre Pío había intuido esa profunda verdad y, en el primer aniversario de la inauguración de esta Obra, dijo que en ella "el que sufre debe vivir el amor de Dios por medio de la sabia aceptación de sus dolores, meditando serenamente que está destinado a él" ( Discurso del 5 de mayo de 1957). También afirmó que en la Casa Alivio del Sufrimiento "enfermos, médicos y sacerdotes serán reservas de amor, que cuanto más abundante sea en uno, tanto más se comunicará a los demás" ( ib. ).

Ser "reservas de amor": esta es, queridos hermanos y hermanas, la misión que esta tarde nuestro santo os recuerda a vosotros, que con diferentes funciones formáis la gran familia de esta Casa Alivio del Sufrimiento. Que el Señor os ayude a realizar el proyecto puesto en marcha por el padre Pío con la aportación de todos: médicos e investigadores científicos, agentes sanitarios y colaboradores de las diversas oficinas, voluntarios y bienhechores, frailes capuchinos y demás sacerdotes. Sin olvidar los Grupos de oración que, "vinculados a la Casa Alivio, son las vanguardias de esta ciudadela de la caridad, viveros de fe, hogueras de amor" ( Discurso del padre Pío, 5 de mayo de 1966).

Sobre todos y cada uno invoco la intercesión del padre Pío y la protección maternal de María, Salud de los enfermos. Gracias, una vez más, por vuestra acogida; y, a la vez que aseguro mi oración por cada uno de vosotros, de corazón os bendigo a todos.

ENCUENTRO CON LOS SACERDOTES, LOS RELIGIOSOS, LAS RELIGIOSAS Y LOS JÓVENES
DISCURSO DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI

Queridos sacerdotes; queridos religiosos y religiosas; queridos jóvenes:

Con este encuentro se concluye mi peregrinación a San Giovanni Rotondo. Agradezco al arzobispo de Lecce, administrador apostólico de esta diócesis, monseñor Domenico Umberto D'Ambrosio, y al padre Mauro Jöhri, ministro general de los Frailes Menores Capuchinos, las palabras de cordial bienvenida que me han dirigido en vuestro nombre. Mi saludo se dirige ahora a vosotros, queridos sacerdotes, que estáis comprometidos cada día al servicio del pueblo de Dios como guías sabios y obreros asiduos en la viña del Señor. También saludo con afecto a las queridas personas consagradas, llamadas a dar un testimonio de entrega total a Cristo mediante la práctica fiel de los consejos evangélicos.

Os saludo en particular a vosotros, queridos frailes capuchinos, que cuidáis con amor este oasis de espiritualidad y de solidaridad evangélica, acogiendo peregrinos y devotos atraídos por el recuerdo vivo de vuestro santo hermano el padre Pío de Pietrelcina . Gracias de corazón por este valioso servicio que prestáis a la Iglesia y a las almas que aquí redescubren la belleza de la fe y el calor de la ternura divina.

Os saludo a vosotros, queridos jóvenes, a los que el Papa mira con confianza como el futuro de la Iglesia y de la sociedad. Aquí, en San Giovanni Rotondo, todo habla de la santidad de un humilde fraile y celoso sacerdote que esta tarde nos invita también a nosotros a abrir el corazón a la misericordia de Dios, nos exhorta a ser santos, es decir, sinceros y verdaderos amigos de Jesús. Y gracias por las palabras de vuestros jóvenes representantes.

Queridos sacerdotes, precisamente anteayer, solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús y Jornada de santidad sacerdotal , iniciamos el Año sacerdotal , durante el cual recordaremos con veneración y afecto el 150° aniversario de la muerte de san Juan María Vianney, el santo cura de Ars. En la carta que escribí para esta ocasión quise subrayar cuán importante es la santidad de los sacerdotes para la vida y la misión de la Iglesia.

Al igual que el cura de Ars, también el padre Pío nos recuerda la dignidad y la responsabilidad del ministerio sacerdotal. ¿Quién no quedaba impresionado por el fervor con que revivía la Pasión de Cristo en cada celebración eucarística? De su amor a la Eucaristía brotaba en él, como en el cura de Ars, una disponibilidad total a acoger a los fieles, sobre todo a los pecadores. Además, si san Juan María Vianney, en una época atormentada y difícil, trató de hacer, de todas las maneras posibles, que sus parroquianos descubrieran de nuevo el significado y la belleza de la penitencia sacramental, para el santo fraile del Gargano la solicitud por las almas y la conversión de los pecadores fueron un anhelo que lo consumó hasta la muerte.
¡Cuántas personas cambiaron de vida gracias a su paciente ministerio sacerdotal! ¡Cuántas largas horas pasaba en el confesonario! Al igual que para el cura de Ars, precisamente el ministerio de confesor constituyó el mayor título de gloria y el rasgo distintivo de este santo capuchino. Por eso, ¿cómo no darnos cuenta de la importancia de participar devotamente en la celebración eucarística y acudir con frecuencia al sacramento de la Confesión? En particular, el sacramento de la Penitencia se ha de valorar aún más, y los sacerdotes nunca deberían resignarse a ver sus confesonarios desiertos ni limitarse a constatar el desinterés de los fieles ante esta extraordinaria fuente de serenidad y de paz.

Hay otra gran lección que podemos sacar de la vida del padre Pío: el valor y la necesidad de la oración. A quien le preguntaba qué pensaba de sí mismo solía responder: "No soy más que un pobre fraile que ora". Y, efectivamente, oraba siempre y por doquier con humildad, confianza y perseverancia. Este es un punto fundamental, no sólo para la espiritualidad del sacerdote, sino también para la de todo cristiano, y mucho más para la vuestra, queridos religiosos y religiosas, escogidos para seguir más de cerca a Cristo mediante la práctica de los votos de pobreza, castidad y obediencia.

A veces nos puede asaltar cierto desaliento ante el debilitamiento e incluso ante el abandono de la fe, que se produce en nuestras sociedades secularizadas. Seguramente hace falta encontrar nuevos canales para comunicar la verdad evangélica a los hombres y mujeres de nuestro tiempo, pero dado que el contenido esencial del anuncio cristiano sigue siendo siempre el mismo, es necesario volver a su manantial originario, a Jesucristo, que es "el mismo ayer, hoy y siempre" ( Hb 13, 8). La historia humana y espiritual del padre Pío enseña que sólo un alma íntimamente unida al Crucificado logra transmitir también a los lejanos la alegría y la riqueza del Evangelio.

Al amor a Cristo está inevitablemente unido el amor a su Iglesia, guiada y animada por la fuerza del Espíritu Santo, en la cual cada uno de nosotros tiene un papel y una misión que desempeñar. Queridos sacerdotes, queridos religiosos y religiosas, son diversas las misiones que os han sido encomendadas y los carismas de los que sois intérpretes, pero debéis realizarlos siempre con el mismo espíritu, para que vuestra presencia y vuestra acción en medio del pueblo cristiano sea testimonio elocuente de la primacía de Dios en vuestra vida. ¿No era esto precisamente lo que todos percibían en san Pío de Pietrelcina?

Permitid ahora que dirija unas palabras en particular a los jóvenes, que veo en gran número y entusiastas. Queridos amigos, gracias por vuestra calurosa acogida y por los fervientes sentimientos de los que se han hecho intérpretes vuestros representantes. He notado que el plan pastoral de vuestra diócesis para el trienio 2007-2010 dedica mucha atención a la misión en favor de la juventud y la familia, y estoy seguro de que del itinerario de escucha, confrontación, diálogo y verificación en el que estáis comprometidos brotarán una atención cada vez mayor a las familias y una escucha puntual de las expectativas reales de las nuevas generaciones.
Tengo presentes los problemas que os preocupan, queridos muchachos y muchachas, y que amenazan con ahogar el entusiasmo típico de vuestra juventud. Entre ellos, cito en particular el fenómeno del desempleo, que afecta de manera dramática a no pocos jóvenes y muchachas del sur de Italia. No os desalentéis. Sed "jóvenes de gran corazón", como os han repetido con frecuencia durante este año desde la Misión diocesana juvenil, animada y guiada por el Seminario regional de Molfetta en septiembre del año pasado.

La Iglesia no os abandona. Vosotros no abandonéis la Iglesia. Es necesaria vuestra aportación para construir comunidades cristianas vivas y sociedades más justas y abiertas a la esperanza. Y si queréis tener un "gran corazón", seguid el ejemplo de Jesucristo. Precisamente anteayer contemplamos su gran Corazón, lleno de amor a la humanidad. Él jamás os abandonará o traicionará vuestra confianza; jamás os llevará por senderos equivocados.

Como el padre Pío, sed también vosotros amigos fieles del Señor Jesús, manteniendo con él una relación diaria mediante la oración y la escucha de su Palabra, la práctica asidua de los sacramentos y la pertenencia cordial a su familia, que es la Iglesia. Esto debe estar en la base del programa de vida de cada uno de vosotros, queridos jóvenes, así como de vosotros, queridos sacerdotes, y de vosotros, queridos religiosos y religiosas.

A cada uno y a cada una aseguro mi oración, a la vez que imploro la protección maternal de Santa María de las Gracias, que vela sobre vosotros desde su santuario, en cuya cripta descansan los restos del padre Pío. De corazón os doy las gracias, una vez más, por vuestra acogida y os bendigo a todos, así como a vuestras familias, a vuestras comunidades, a vuestras parroquias y a toda vuestra diócesis.

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