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domingo, 30 de junio de 2013

La devoción al arcángel san Miguel del Padre Pío de Pietrelcina




Se trabó una batalla en el cielo:
Miguel y sus ángeles declararon guerra al dragón (Ap 12,7)

El 3 de julio de 1917, el Padre Pío peregrinó a la Gruta del Gárgano para venerar a san Miguel, de quien era devotísimo.
Con anterioridad a esta fecha había experimentado repetidas veces la protección del Arcángel en sus luchas contra Satanás, en Pietrelcina o en el convento de Santa Ana, en Foggia.
Muchas veces había deseado hacer la misma peregrinación que había llevado a cabo, siglos antes, su seráfico Padre san Francisco.

Manifestó este deseo a su superior, el padre Paulino de Casacalenda, y éste, apenas los seminaristas terminaron los exámenes, organizó el viaje al Monte Sant’Angelo en honor del Patrono de la provincia religiosa capuchina de Foggia, tanto para premiar a los colegiales como para complacer al Padre Pío.
La comitiva, formada por el venerado Padre, por Nicolás Perrotti, Vicente Gisolfi, Rachelina Russo y los 14 seminaristas, se dirigió desde San Giovanni Rotondo hacia el Monte Sant’Angelo, a las 3 de la mañana del día señalado.

El Padre Pío hizo a pie un buen trecho del recorrido, pero después, a causa de la enfermedad que padecía, fue obligado a subirse a una carreta.
Cuando despuntaba el sol, caminó algunos pasos a pie para desentumecer las piernas y entonó el santo Rosario, intercalando devotos cantos en honor de la Virgen y de san Miguel.
Al entrar en el santuario, se emocionó profundamente. De repente, al recordar lo que le había sucedido en aquel lugar al Poverello de Asís, que, juzgándose indigno de entrar en la Gruta, se detuvo a la puerta y pasó allí la noche entera ensimismado en oración, se arrodilló y, envuelto en lágrimas, besó con respeto y gran humildad el umbral de la Gruta. Después, y una vez escuchada la explicación del canónigo sacristán, que le mostró la TAU grabada por san Francisco, entró y se postró de rodillas a los pies del altar de san Miguel, en devota y profunda meditación.

Rezó por él, por la provincia religiosa capuchina, por la Iglesia, por la paz en el mundo, por todos sus hermanos de religión y por los soldados expuestos al peligro de la guerra. Todo y a todos encomendó a san Miguel.

De la roca de arriba caían de continuo, fruto de la gran humedad, gruesas gotas de agua. Con gran sorpresa de los seminaristas, que enseguida testimoniaron el singular suceso, el Padre Pío permaneció sin mojarse.
Uno de los colegiales, queriendo hacer una prueba, se colocó junto al venerado Padre, pero muy pronto quedó bañado por el agua.

El Padre Pío permaneció largo rato concentrado en la oración y totalmente ajeno a la realidad.
Desde aquel día su devoción al Príncipe de los ejércitos celestiales experimentó un sensible y fuerte impulso. Cada año hacía una cuaresma de preparación para la fiesta del Arcángel. A las almas que se acercaban a él, el Padre Pío les hablaba siempre del poder de san Miguel. Eran continuas sus invitaciones a dirigirse con confianza a este glorioso Arcángel, sobre todo en las tentaciones.

A los fieles que se acercaban a San Giovanni Rotondo el venerado Padre les animaba a continuar la peregrinación hasta el Monte Sant’Angelo, para venerar a san Miguel en su santuario. Con frecuencia esta invitación era la «penitencia sacramental» que imponía al final de la confesión. Además, si sabía de alguien que iba a marchar al Monte Sant’Angelo, le pedía para sí una oración a san Miguel.

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

miércoles, 26 de junio de 2013

Las almas más afligidas


Las almas más afligidas son las predilectas del divino Corazón; y tú ten la certeza de que Jesús eligió tu alma para ser la benjamina de su Corazón adorable.
En este Corazón tú debes esconderte; en este Corazón tú debes desahogar tus deseos; en este Corazón debes vivir también los días que la providencia te conceda; en este Corazón debes morir, cuando el Señor así lo quiera. En este Corazón yo te he vuelto a poner; en este Corazón, pues, tú debes vivir, ser y moverte.
(31 de mayo de 1918, a las hermanas Campanile – Ep. III, p. 961)

domingo, 16 de junio de 2013

La devoción al Espíritu Santo del Padre Pío de Pietrelcina




«Se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios
bajaba como una paloma y se posaba sobre él» (Mt 3,16)

El Padre Pío, siendo todavía niño, tuvo una experiencia extraordinaria de la tercera Persona de la santísima Trinidad, «el dulce huésped de las almas», el Espíritu Santo.

El día de la confirmación, el Espíritu Santo le concedió experimentar tan «dulces mociones» que, a la distancia de los años, ante el recuerdo de las mismas, se sentía «quemar entero por una llama vivísima, que quema, derrite y no causa sufrimiento».

Cultivó siempre una grandísima devoción al Espíritu Paráclito que, con una actuación sabia, discreta, suave y continua, derramó en él, abundantes, sus dones.
El Siervo de Dios  quería que sus hijos espirituales tomasen conciencia de la dignidad de ser templos de este Espíritu. Les exigía un comportamiento personal de gran respeto al Espíritu santificador y de atención constante para acoger sus frutos de luz, de amor, de fuerza, de paz, de gozo, de paciencia, de delicadeza, de bondad, de cortesía, de mansedumbre y de fidelidad.

En efecto, sus cartas comenzaban con frecuencia con un saludo de augurio que era una verdadera y real invocación al Espíritu Santo, y contenían exhortaciones vibrantes a colaborar con docilidad en las obras divinas que el Espíritu de Dios realiza en el alma que se abre a él.

He aquí algunos ejemplos:
­ «La gracia del Espíritu Santo os ayude a santificaros» (Epist. I,442).
­ «El divino Espíritu le colme de sabiduría celestial y le haga santo» (Epist. I,507)
­ «El Espíritu le santifique y le ilumine cada vez más sobre los bienes eternos, reservados para nosotros por la bondad del Padre del cielo» (Epist. I,547).
­ «El Espíritu Santo le llene de sus santísimos dones y le conceda probar por anticipado los gozos de las moradas eternas» (Epist, I,564).
­ «Las llamas del amor divino quemen en usted todo lo que no sabe a Jesús. El divino Espíritu, con su gracia, le fortalezca siempre con nuevos ánimos para afrontar con tranquilidad y calma la guerra que le hacen los enemigos» (Epist I,586).
­ «La gracia del Espíritu Santo sobreabunde cada día más en tu corazón, te clarifique la mente más y más para los pensamientos eternos, y te fortalezca continuamente para alcanzar el sumo Bien» (Epist. IV,577).
­ «Nunca dé lugar en su corazón a la tristeza, que no es conforme con el Espíritu Santo derramado en su corazón» (Epist. II,237).
­ «Deje que él (el Padre del cielo) disponga de usted como mejor le plazca: dé libertad plena a la libre actuación del Espíritu Santo, esforzándose por reproducir en su vida las virtudes cristianas y, con preferencia sobre todas las demás, la santa humildad y la caridad cristiana» (Epist. III,79).
­ «Si nos apremia llegar cuanto antes a la bienaventurada Sión, alejemos de nosotros toda inquietud y solicitud al soportar las inquietudes espirituales y temporales de cualquier parte que puedan venirnos, porque son contrarias a la libre operación del Espíritu Santo» (Epist. III,537).

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

miércoles, 12 de junio de 2013

Debes saber


Debes saber, hijita, que la caridad tiene tres elementos: el amor a Dios, el afecto a sí mismo y la caridad hacia el prójimo; y mis pobres enseñanzas te ponen en el camino de practicar todo esto.
a) Durante el día, pon con frecuencia todo tu corazón, tu espíritu y tu pensamiento en Dios con una gran confianza; y dile con el profeta real: «Señor yo soy tuya, sálvame». No te detengas mucho a considerar qué tipo de oración te da Dios, sino sigue sencilla y humildemente su gracia en el afecto que debes tenerte a ti misma.
b) Aunque sin detenerte con soberbia, ten bien abiertos los ojos sobre tus malas inclinaciones para erradicarlas. No te asustes nunca al verte miserable y llena de malos estados de ánimo; céntrate en tu corazón con un gran deseo de perfeccionarlo. Procura enderezarlo dulce y caritativamente cuando tropiece. Sobre todo, esfuérzate con todas tus fuerzas por fortalecer la parte superior del alma, no entreteniéndote en sentimientos y consuelos, pero sí en las decisiones, propósitos y aspiraciones, que la fe, el guía y la razón te inspiren.
(11 de junio de 1918, a Herminia Gargani – Ep. III, p. 735)

domingo, 2 de junio de 2013

Ostención del Padre Pío 2013


Las reliquias del cuerpo de San Pío de Pietrelcina se vuelven a mostrar en la iglesia inferior dedicado a él. Una oportunidad para fortalecer la fe, la virtud de la cual San Pío de Pietrelcina ha sido y sigue siendo un testimonio auténtico de espiritualidad y de la unidad en la vida. 


Ubicado en San Giovanni Rotondo, el sábado 1 de junio muchos fieles y devotos del fraile asistieron a la solemne celebración eucarística para la exposición permanente del cuerpo del Padre Pío, presidida por el cardenal Angelo Amato , prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos. 

"La dignidad de las reliquias de los que ahora viven en el paraíso , - dijo el cardenal en la homilía - radica en el hecho de que la tierra de su cuerpo era el templo de la gracia divina y el instrumento de sus méritos y de su santificación, con el ejercicio de las virtudes heroicas o el martirio. El altar y el confesionario fueron las estaciones de su santo trabajo de evangelización, que consistió en la oración, el perdón y la caridad. Con la exposición correcta de su cuerpo, el Padre Pío quiere estar más cerca de nosotros. Él quiere que usted lo mire y que pueda mirarlo a los ojos. " 

Después de la comunión, el prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos y todos los concelebrantes fueron en procesión en la iglesia inferior de la veneración del cuerpo de fray del santo. Después la inauguración de la urna, el cardenal Amato ha irritado las reliquias del cuerpo del Padre Pío, un signo de devoción. 

Después de la bendición de los peregrinos fueron capaces de hacer una pausa para la oración delante de la urna y poder confiar sus intenciones, esperanzas y oraciones encerradas en sus corazones. 


Revive la emoción de un día histórico con un resumen de la jornada:

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús del Padre Pío de Pietrelcina



«Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón,
y encontraréis vuestro descanso» (Mt 11,29)

El amor al Sacratísimo Corazón de Jesús que cultivó el Padre Pío fue inmenso. Su corazón palpitó siempre al unísono con el de Jesús, hasta «fundirse» con él.

El 18 de abril de 1912, el venerado Padre describió este fenómeno místico a su confesor, el padre Agustín de San Marco in Lamis: «Terminada la misa, me entretuve con Jesús para la acción de gracias. ¡Qué suave fue el coloquio que tuve con el paraíso aquella mañana! Fue tal que, aun queriendo decirlo todo, no lo conseguiría; sucedieron cosas que no es posible expresarlas en lenguaje humano sin que pierdan su sentido profundo y celestial. El Corazón de Jesús y el mío, permítame la expresión, se fundieron. No eran ya dos corazones que latían, sino uno solo. Mi corazón había desaparecido, como una gota de agua que se pierde en el mar. Jesús era el paraíso, el rey. La alegría en mí era tan intensa y profunda que no era capaz de más; las lágrimas más deliciosas me llenaban el rostro» (Epist. I,273).

En los momentos en los que el sufrimiento era en él más agudo, el Padre Pío saboreaba delicias indescriptibles que tenían, como única fuente, el Corazón Sacratísimo de Jesús.

En relación a esto, escribía al padre Benedicto de San Marco in Lamis: «Jesús no deja, de cuando en cuando, de endulzar mis sufrimientos de otro modo: hablándome al corazón. Oh sí, padre mío, ¡qué bueno es Jesús conmigo! Qué momentos tan preciosos son éstos; es una felicidad que no sé a qué compararla; es una felicidad que el Señor me hace gustar casi exclusivamente en los sufrimientos. En estos momentos, más que en ningún otro, todo lo del mundo me hastía y me pesa, nada deseo fuera de amar y sufrir. Sí, padre mío, también en medio de tantos sufrimientos soy feliz, porque me parece sentir que mi corazón palpita con el de Jesús» (Epist. I,197).

El 13 de agosto de 1912, viernes, en la iglesia, mientras la acción de gracias de la santa misa, el Padre Pío sintió que «le herían el corazón con un dardo de fuego tan vivo y ardiente» que creyó morir. Al comunicar este fenómeno al padre Agustín, escribió: «Me faltan las palabras apropiadas para hacerle comprender la intensidad de esta llama: soy absolutamente incapaz de expresarlo. ¿Me cree? El alma, víctima de estos consuelos, se vuelve muda. Me parecía que una fuerza invisible me sumergía totalmente en el fuego... Dios mío, ¡qué fuego!, ¡qué dulzura!» (Epist. I,300).

En el corazón del Padre Pío, mejor, «en una parte del mismo», se había formado una llaga mística que hizo prorrumpir en lamentos al afortunado enfermo: «¿Quién, entre los mortales, podrá imaginar hasta qué punto es profunda la herida que se me ha abierto en la parte del corazón?» (Epist. I,641).

Al venerado Padre, «enfermo de corazón», sólo le faltaba el «sello del amor»: la llaga física en el corazón. Y también se le concedió ésta, en el mes de diciembre de 1918. El día 20 comunicó al padre Benedicto: «Desde hace unos días noto en mí algo parecido a una lanza de hierro que se alarga, en línea transversal, desde la parte baja del corazón hasta debajo de la espalda, en el lado derecho. Me produce un dolor agudísimo y no me deja un momento de descanso. ¿Qué es esto? (Epist. I,1106).

Era el fenómeno de la transverberación física de su corazón. La herida debió dividir en dos el corazón, de parte a parte, comenzando por la izquierda (abajo) y llegando hasta la derecha (arriba).

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

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