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miércoles, 29 de mayo de 2013

Ten siempre


Ten siempre bajo tu mirada esta lección elocuente, que debe ser bien comprendida: la vida presente no se nos ha dado sino para adquirir la eterna; y por falta de esta reflexión fundamentamos nuestros afectos en lo que pertenece a este mundo, en el que estamos de paso; y, cuando hay que dejarlo, nos asustamos e inquietamos. Créeme, maestra, para vivir contentos en la peregrinación, es necesario tener ante nuestros ojos la esperanza de la llegada a nuestra patria, donde nos quedaremos eternamente; y, mientras tanto, cree firmemente; porque es verdad que Dios, que nos llama a él, mira cómo avanzamos y no permitirá nunca que nos suceda algo que no sea para nuestro mayor bien. Él sabe lo que somos y nos extenderá su mano paternal en los pasos difíciles, de manera que nada nos detenga al correr veloces hacia él. Pero para gozar bien de esta gracia, es necesario tener una confianza total en él.
No busques evitar con ansiedad los accidentes de esta vida; evítalos con una perfecta esperanza de que, conforme nos vayan viniendo, Dios, a quien perteneces, te librará de ellos. Él te ha defendido hasta el presente, basta que te mantengas bien asida a la mano de su providencia y él te asistirá en todo momento. Y, cuando no puedas caminar, él te conducirá, no temas. ¿Qué tienes que temer, mi queridísima hijita, siendo de Dios, que tan firmemente nos ha asegurado: «A los que aman a Dios todo les redunda en bien»? No pienses en lo que sucederá mañana, porque el mismísimo Padre del cielo, que hoy cuida de nosotros, el mismo cuidado tendrá mañana y siempre. ¡Oh!, él no te hará mal; pero, si te lo envía, te concederá también un valor invencible para soportarlo.
(23 de abril de 1918, a Herminia Gargani – Ep. III, p. 724)

domingo, 19 de mayo de 2013

La devoción a Jesús Sacramentado del Padre Pío de Pietrelcina




«Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente,
es reo del cuerpo y de la sangre del Señor» (1Cor 11,29)

El Padre Pío, antes de unirse a Jesús Sacramentado, se sentía atraído por una fuerza misteriosa. Contaba las horas que le faltaban para iniciar la celebración de la santa misa. Después de una larga preparación, salía de su celda en un estado de agitación y sufrimiento.

Nada más llegar a la sacristía, mientras se ponía los ornamentos sagrados, ya no se daba cuenta de nada de lo que sucedía a su alrededor. Estaba totalmente abstraído. Si alguien se atrevía a hacerle alguna pregunta, respondía distraídamente, con monosílabos.

En el altar, sus mejillas, hasta entonces pálidas, se enrojecían. En la consagración, acercando sus labios a la Hostia que apretaba entre sus dedos, exclamaba con infinita ternura: «¡Jesús, alimento mío!». Antes de la comunión, en voz alta repetía: «Señor, no soy digno...», y se golpeaba con la derecha el pecho. «Aquellos golpes - escribió en un informe el llorado padre Vicente Frezza - eran tan fuertes que despertaban sorpresa y admiración: no era fácil imaginar que aquellas manos llagadas fuesen tan fuertes y que aquel pecho herido pudiese resistir golpes tan pesados y profundos».
Su mente y su corazón no anhelaban otra cosa que saborear toda la dulzura de la carne inmaculada del Hijo de Dios. Después de la comunión, el hambre y la sed de Jesús Sacramentado, en vez de mitigarse, aumentaban. Los latidos de su corazón eran más rápidos. En toda su persona sentía como un fuerte calor. Ardía en un fuego divino. Después, en el coro, se sumergía en una íntima y silenciosa oración eucarística de acción de gracias y de alabanza.

A su director espiritual, el padre Agustín de San Marco in Lamis, escribía: «A veces me pregunto si existen almas que no sientan arder su pecho en amor divino, sobre todo cuando se encuentran ante Jesús en el sacramento. Me parece imposible; mucho más cuando se trata de un sacerdote o de un religioso» (Epist. I,317).

Ante Jesús Sacramentado, su corazón latía con más fuerza. Al padre Benedicto Nardella le decía: «Me parece con frecuencia que el corazón quiere escapárseme del pecho» (Epist. I,234).
Aprovechaba todas las ocasiones para propagar la devoción a Jesús Sacramentado, con exhortaciones como éstas: «A lo largo de la jornada, cuando no se te conceda hacer otra cosa, también en tus muchas ocupaciones, llama a Jesús con los suspiros resignados del alma, y él vendrá y permanecerá unido al alma por su gracia y su santo amor.

Cuando no puedas ir con el cuerpo, vuela en espíritu ante el sagrario, desahoga allí tus ardientes deseos, y habla y pide y abraza al Amado de las almas más que si se te hubiese concedido recibirlo sacramentalmente» (Epist. III,448).

El Padre Pío sigue repitiendo a todos: «Acerquémonos a recibir el pan de los ángeles con una gran fe y una gran llama de amor, y, además, esperemos de este dulcísimo Amante de nuestras almas ser consolados en esta vida con el beso de su boca» (Epist. II,490).

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

miércoles, 15 de mayo de 2013

La virtud de la paciencia


La virtud de la paciencia es la que nos asegura, más que ninguna otra, la perfección; y, si conviene practicarla con los demás, hay que tenerla no menos con uno mismo. El que aspira al puro amor de Dios, no necesita tanto tener paciencia con los demás cuanto tenerla consigo mismo. Para conquistar la perfección, se necesita tolerar las propias imperfecciones. Digo tolerarlas con paciencia y no ya amarlas o acariciarlas. Con este sufrimiento crece la humildad. Para caminar siempre bien, es necesario, mi queridísimo hijo, aplicarse con diligencia a recorrer bien aquel trozo de camino que está más cerca y que es posible recorrer, hacer bien la primera jornada, y no perder el tiempo deseando hacer la última cuando todavía no se ha hecho la primera.
Muchísimas veces nos detenemos tanto en el deseo de ser ángeles del paraíso, que descuidamos ser buenos cristianos. Con esto no quiero decir o significar que no sea oportuno para el alma poner muy alto su deseo, pero sí que no se puede desear o pretender alcanzarlo en un día, porque esta pretensión y este deseo nos fatigarían demasiado y para nada. Nuestras imperfecciones, hijito mío, nos han de acompañar hasta la tumba. Es cierto que nosotros no podemos caminar sin tocar tierra; pero es verdad también que, si no nos tenemos que tumbar o mirar a otro lado, tampoco hay que pensar en volar, porque en las vías del espíritu somos como pequeños pollitos, a quienes todavía no les han salido las alas.
(25 de noviembre de 1917, a Luis Bozzuto – Ep. IV, p. 403)

lunes, 13 de mayo de 2013

OSTENSIÓN PERMANENTE DEL CUERPO DEL PADRE PÍO



Se renovará, a partir del primero de junio próximo, la ostensión permanente de las reliquias del cuerpo de San Pío de Pietrelcina.

La Eucaristía de inicio de la ostensión será presidida por el prefecto para las Causas de los Santos, el Cardenal Angelo Amato, el próximo primero de junio a las once de la mañana en la iglesia San Pío de Pietrelcina. Con él llegarán en peregrinación a San Giovanni Rottondo para venerar al santo todos los colaboradores que prestan servicio en el Dicasterio. Acompañarán en la concelebración Mons. Michele Castoro, arzobispo de Manfredonia – Vieste – San Giovanni Rotondo; Mons. Marcello Bartolucci, arzobispo secretario de la misma congregación y numerosos sacerdotes capuchinos y diocesanos.

El cuerpo de San Pío de Pietrelcina permanecerá en la cripta protegido con una urna de vidrio.

Se maduró esta decisión dando respuesta a las numerosas llamadas telefónicas, correos electrónicos y cartas recibidas y a la continua petición de los peregrinos que llegan al santuario, expresando el deseo de poder rezar nuevamente delante de las reliquias del venerado capuchino.

Los hermanos y el arzobispo han considerado oportuno dar paso a este iniciativa en el marco del Año de la fe, con la certeza de poder renovar los beneficios espirituales suscitados por la precedente ostensión (24 de abril 2008 – 24 de septiembre 2009), y en particular, para despertar la fe en el corazón de los numerosos peregrinos que ven en el Padre Pío un testigo ejemplar con sus escritos, su espiritualidad y sobre todo por su coherencia de vida.

Oficina de prensa de los Hermanos Menores Capuchinos 
de la Provincia religiosa “San Ángel y Padre Pío”

domingo, 5 de mayo de 2013

La devoción a la pasión y muerte de Jesús del Padre Pío de Pietrelcina



Ellos se llevaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron
con vendas de lino bien empapadas en mezcla de mirra y áloe (Jn 19,40)

La verdadera devoción es imitación. «Pero para que se dé la imitación es necesaria la reflexión diaria de la vida de aquél a quien se propone como modelo. De la reflexión brota la estima de sus obras, y de la estima, el deseo y la fuerza de la imitación» (Epist. I,1000).

En este pasaje, tomado de una carta que escribió al padre Agustín de San Marco in Lamis, el Padre Pío descubre el secreto de su perfecta y total adhesión espiritual a la realidad “crucial” de Cristo. Y porque el cuerpo participa de lo que sucede al alma, esta adhesión lo llevó a revivir también físicamente todos los dolores de la Pasión.

En un ímpetu de amor escribía: «Sí, yo amo la cruz, la cruz sola; la amo porque la veo siempre en los hombros de Jesús. Por eso, Jesús sabe muy bien que toda mi vida, todo mi corazón, están consagrados a él y a sus sufrimientos... Sólo Jesús puede comprender cuál es mi sufrimiento en cuanto se me presenta delante la escena dolorosa del Calvario» (Epist. I,335).

Y más aún: «¡Qué dulce es el nombre de cruz! Aquí, al pie de la cruz de Jesús, las almas se llenan de luz, se inflaman de amor; aquí nacen alas para elevarse a vuelos más altos» (Epist. I,601s).
Como Jesús, derramó lágrimas, sudó sangre, sufrió la flagelación, la coronación de espinas y hasta el agudo dolor de la llaga en el hombro, efecto del peso de la cruz.

A su confesor, el padre Agustín de San Marco in Lamis, le comunicaba: «Sufro, sufro mucho... No deseo en modo alguno que se me aligere la cruz, porque sufrir con Jesús me es muy grato; al contemplar la cruz en los hombros de Jesús me siento fortalecido y gozo de santa alegría (Epist. I,303).
Era feliz al sufrir porque «Es incomprensible el alivio que se da a Jesús, no sólo al compadecerle en sus dolores, sino, sobre todo, cuando encuentra un alma que, por su amor, pide, no consuelo, sino más bien ser partícipe de sus mismos sufrimientos.

Jesús, cuando quiere manifestarme que me ama, me da a gustar de su pasión las llagas, las espinas, las angustias... Cuando quiere hacerme gozar, me llena el corazón de aquel espíritu que es todo fuego, me habla de sus delicias; pero cuando quiere ser amado, me habla de sus dolores, me invita, con voz que es al mismo tiempo súplica y mandato, a acercar mi cuerpo para aligerarle las penas» (Epist. I,335).
En el venerado Padre Pío, la adhesión a Cristo se transformó en “conformidad”, que quedó sellada con aquellos “signos” que durante cincuenta años, con tanta confusión, llevó en las manos, en los pies y en el costado.

Inculcó siempre a sus penitentes la devoción a la pasión de Jesús.
A Anita Rodote escribió: «Seamos, más que cualquier otra cosa, amantes de Jesús en su pasión, meditemos con frecuencia los dolores del Hombre-Dios y no tardará en encenderse, también en nosotros, el profundo deseo de sufrir cada vez más por amor a Jesús. El amor a la cruz fue siempre un signo distintivo de las almas elegidas; el recibir la carga de la cruz fue siempre una predilección especial del Padre del cielo hacia dichas almas. [...] Sin el amor a la cruz no se puede ir lejos en el camino de la vida cristiana. [...] Jesús nos invita a subir con él al Calvario. Pues bien, no nos resistamos. Subir el doloroso monte con Jesús nos resultará placentero» (Epist. III,67).

Hoy, a sus hijos espirituales, el Padre Pío sigue repitiendo: «Una cosa, sobre todas las demás, deseo de vosotros: que vuestra meditación diaria gire en torno a la vida, pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo», porque, «al meditar con frecuencia los dolores del Hombre-Dios, se encenderá en vosotros el anhelo de padecer cada día más por amor a Jesús» (Epist. III,63s). 

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

miércoles, 1 de mayo de 2013

Toda alma destinada


Toda alma destinada a la gloria eterna bien puede decirse una piedra destinada a levantar el edificio eterno. Un albañil que quiere levantar una casa tiene necesidad antes que nada de pulir las piedras que deben formar parte de la composición de la casa; y todo esto lo obtiene a golpes de martillo y de escalpelo. De la misma manera se comporta el Padre celestial con las almas elegidas, las que desde la eternidad fueron por la suma sabiduría y providencia destinadas a la composición del edificio eterno.
Por consiguiente el alma destinada a reinar con Jesucristo en la gloria eterna deber ser pulida a golpes de martillo y de escalpelo. Pero estos golpes de martillo y de escalpelo, del que se sirve el artista divino para preparar las piedras, es decir, el alma elegida, ¿cuáles son? Hermana mía, estos golpes de escalpelo son las sombras, los temores, las tentaciones, las aflicciones de espíritu, los temblores espirituales con algún aroma de desolación y también de malestar físico.
Agradece, por lo tanto, a la infinita piedad del Padre eterno, que así está tratando tu alma, porque destinada a la salvación.
(19 de mayo de 1914, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 87)

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