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miércoles, 9 de enero de 2013

Corre, te digo, porque...

El conocimiento de los designios divinos sobre ti debe servirte, por una parte, para ejercitar tu alma en la gratitud hacia tan buen Padre, prodigando tu alma en continuos agradecimientos al benefactor celestial, uniendo a ese fin tus bendiciones junto a las de María santísima Inmaculada, de los ángeles y de todos los bienaventurados integrantes de la Jerusalén celestial. Por otra parte, debe servirte de estímulo, para no asustarte y detenerte a mitad de camino por las penas y los dolores que es necesario soportar para llegar al término de este largo camino. El Señor me ha permitido que te manifieste todas estas cosas, principalmente para que no estés incierta en tu carrera. Corre, pues, y no te canses; el Señor te guía y dirige tus pasos para que no caigas por el camino. Corre, te digo, porque el camino es largo y el tiempo es bastante breve. Corre, corramos todos de modo que, al término de nuestro viaje, podamos decir con el santo apóstol: «Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe». 
 (9 de enero de 1915, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 291)

jueves, 3 de enero de 2013

En la catedral primada de México




En su vida terrena el Padre Pío, sin abandonar su convento de San Giovanni Rotondo, se hacía presente en otros lugares, incluso muy alejados de Italia, por el don recibido de Dios de la “bilocación”. Lo hacía para ofrecer los dones del Señor y cumplir su “misión grandísima”. Desde su muerte -el 23 de septiembre de 1968-, se hace “presente” de muchos modos. Uno de ellos -no el más importante- las incontables estatuas y pinturas del Fraile capuchino, que podemos contemplar en los lugares más insospechados y que son signo de la presencia espiritual Santo.
La estatua que se colocó el pasado 14 de octubre en la capilla de Nuestra Señora de los Dolores de la catedral primada de México D.F. es obra del escultor de San Sebastián (España) Luis Uzín Larrañaga. Es de bronce, mide 168 centímetros de altura, -la misma altura del Padre Pío- y fue bendecida por el cardenal Norberto Rivera en la eucaristía de las 12:00. Me correspondió presentar la estatua a los cientos de fieles que llenaban el templo, en los minutos previos a la acción litúrgica; y, por haber seguido paso a paso su elaboración, pude resaltar estos detalles:
·         Un rostro sereno y luminoso, reflejo de la bondad y misericordia de Dios, que, como afirman los que le conocieron, se transparentaban con claridad en el Santo de Pietrelcina; y una mirada limpia y penetrante, porque a todos observaba y acogía con amor de padre.
·         Unas manos, deformadas sí por haber llevado en ellas, durante cincuenta años, las llagas dolorosas y sangrantes de Cristo crucificado, pero muy abiertas para acoger los dones que de continuo suplicaba al Señor por medio de la Virgen María y para ofrecerlos a los hombres para los que los había implorado.
·         En la ligera ráfaga de viento, que empuja el hábito hacia atrás, es fácil descubrir al religioso y al sacerdote de Pietrelcina que actuó siempre a impulsos del Espíritu.
·         Sus pies descalzos, como los de Moisés cuando le pidió el Señor que se quitara las sandalias porque pisaba un lugar santo, insinúan que el Padre Pío actuó siempre, en relación a Dios y también a sus hermanos, en actitud humilde y respetuosa.
·         Y en el rosario que cuelga del cordón del Fraile capuchino, con cuentas excesivamente grandes y algunas o que faltan o que están deformadas de tanto pasarlas por sus dedos, el artista ha querido plasmar la devoción especial del Padre Pío a esta oración mariana y los muchos rosarios que rezaba cada día.
·         Pero, ¿no tuvo en sus pies y en sus manos las llagas de Cristo Crucificado, y no las ocultaba con los calcetines y con los medios guantes, llamados mitones porque dejan los dedos libres? Cierto; pero el artista ha querido representar al Padre Pío glorioso después de su muerte, momento para el que ya le habían desaparecido esas llagas santas, sin dejar la más mínima cicatriz. Y ha colocado entre los pies del Santo un pequeño “calvario”, para indicar que ese hombre, ahora glorioso, compartió intensamente, durante su larga vida de 81 años, la cruz de Cristo, incluso teniendo en su cuerpo las llagas del Crucificado durante 50 años, como lo señalan los tres puntos rojos de la cruz.
El de las pinturas y las estatuas es un modo distinto del de la “bilocación” de hacerse “presente” en el mundo. ¿Menos beneficioso para los hombres? Lo cierto es que, al menos en México, son muchos los que se acercan a la capilla de Nuestra Señora de los Dolores de la catedral primada, para invocar al Santo capuchino y aprender de quien puso escribir, ante todo como alabanza al Señor: «Estoy devorado por el amor a Dios y el amor al prójimo».
Elías Cabodevilla Garde

La devoción a la Virgen del Padre Pío de Pietrelcina



«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28)

El Padre Pío tuvo, desde la infancia, una particular devoción a la santísima Virgen, venerada en Pietrelcina bajo el título de «Madonna della Libera».
Recurría a ella para obtener favores espirituales y materiales y para rechazar las insidias del demonio.
Y aunque no consta que el Padre Pío hubiese predicado, se han encontrado, entre sus escritos autógrafos, dos breves discursos preparados por él. Uno de ellos está dedicado a la Asunción de María Santísima, acontecimiento grandioso que nos evoca «el día de mayor triunfo y de gloria» de la Virgen.
En él, entre otras cosas, leemos:
«Después de la ascensión de Jesucristo al cielo, María ardía continuamente en el más vivo deseo de reunirse con él. Y ¡oh! los encendidos suspiros, los piadosos gemidos que le dirigía de continuo para que la atrajera hacia él. En ausencia de su divino Hijo, le parecía encontrarse en el más duro destierro. Aquellos años en los que tuvo que estar separada de él, fueron para ella el más lento y doloroso martirio, martirio de amor que la consumía lentamente.
Y he aquí, al fin, que llega el momento suspirado, y María escucha la voz de su querido que la llama a allá arriba: «Veni, soror mea, dilecta mea, sponsa mea, veni»; ven, querida de mi corazón, ha terminado el tiempo de gemir en la tierra; ven, esposa, a recibir del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo la corona que te está preparada en el cielo» (Epist. IV,1087).
Después, el Padre Pío, con acentos que revelan su ferviente devoción mariana, describe el momento en el que «el alma bienaventurada de María, como paloma a la que se corta los lazos, se separó de su cuerpo y voló al seno de su querido. Pero Jesús, que reinaba en el cielo con la humanidad santísima que había tomado de las entrañas de la Virgen, quiso que también su madre, no sólo con el alma sino también con el cuerpo, se reuniese con él y compartiese plenamente su gloria. Aquel cuerpo que, ni por un solo instante, había sido esclavo del demonio y del pecado, no debía serlo tampoco de la corrupción» (Epist. IV,1089).
En relación al venerado Padre, María tenía atenciones maternales que rayaban en la delicadeza suma. Cada día le acompañaba al altar en el que debía celebrar los divinos misterios.
El Padre Pío se sentía «unido al Hijo por medio de la Madre». Habría querido tener una voz tan fuerte como para invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a la Virgen.
En presencia de la Virgen María, sentía un fuego misterioso en un lado del corazón, tal que necesitaba aplicar encima un trozo de hielo.
La tierna, intensa y filial piedad mariana del Padre Pío no era fruto de un pasajero sentimentalismo; tenía su origen en el culto que la Iglesia reserva a la Madre de Dios. Veía en la Virgen el camino más seguro para llegar a Cristo, y por este camino guiaba las almas de sus penitentes.
Cuando hablaba de ella, no conseguía contener la emoción. Recitaba de continuo, día y noche, el santo rosario y quería que todos expresasen su devoción mariana con este plegaria evangélica.
Había recalcado, entre otros elementos esenciales del rosario, la contemplación. Decía: «La atención debe ponerse en el Ave, el saludo que se dirige a la Virgen en el misterio que se contempla. Ella estaba presente en todos los misterios; en todos tomó parte con amor y con dolor».
A sus hijos espirituales que le preguntaban qué es lo que tendrían que recibir de él como herencia, les dijo: «Os dejo el rosario. Amad a la Virgen y hacedla amar, rezad siempre su rosario y rezadlo bien. Satanás quiere destruir esta oración pero ¡no lo conseguirá jamás!».

  (Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

domingo, 23 de diciembre de 2012

Apariciones de Jesús Niño al Padre Pío



PRIMERA APARICIÓN. (noviembre de1911). Desde finales de octubre de 1911 hasta el 7 de diciembre del mismo año, el Padre Pío residió en el convento de Venafro(Isernia). Aquí en un éxtasis cuya fecha no precisa el Padre Agostino de San Marco in Lemis, se apareció al Padre Pío el Niño Jesús. Esta aparición fue de lo más singular, el Niño Jesús aparecio llagado, evidenciando así las heridas de la crucifixión en manos, pies y costado. La visión de Jesús llagado es una ventana abierta sobre el modo en que él contemplaba el misterio de la Navidad. Para él, el Niño Jesús debía ser visto a la luz de Jesús crucificado, y la fiesta de Navidad debía ser considerada en estrecha relación con la fiesta de Pascua.


SEGUNDA APARICIÓN. (20 de septiembre 1919).Bella y muy sugestiva, esta aparición es documentada por el Padre Raffaele de Sant'Elia a Pianisi, quien la detalla en su manuscrito, 'Apuntes breves sobre la vida del Padre Pío y mi larga permanencia con él '.- "Después de ocho años de vida militar, debía continuar los estudios de teología y prepararme para la ordenación sacerdotal. Yo dormía en una celda estrecha, casi enfrente a la número 5, que era del Padre Pío. La noche entre el 19 y 20 (de septiembre de 1919) no podía dormir. Hacia media noche me levanto, asustado. El pasillo estaba sumergido en la oscuridad, rota solo por la luz tenue de un candil de petróleo. Mientras estaba a la puerta para salir, veo pasar al Padre Pío, todo luminoso, con el Niño Jesús en brazos. Avanzaba lentamente murmurando oraciones. Pasa delante de mi, todo radiante de luz, y no advierte mi presencia. Sólo algunos años después he sabido que el 20 de septiembre era el primer aniversario de sus llagas ". Como se ve también esta aparición hace referencia a las llagas y, por consiguiente, a la Pasión de Jesús.


TERCERA APARICIÓN (24 de diciembre 1922).La narración de esta aparición se debe a Lucía Iadanza, hija espiritual del Padre Pío. El 24 de diciembre de 1922 Lucía quiso pasar la vigilia de Navidad junto al Padre. Aquella noche hacía frío y los frailes habían llevado a la sacristía un brasero con fuego. Junto al bracero Lucía, con otras tres mujeres, esperaba la media noche para asistir a la Misa que debía celebrar el Padre Pío. Las tres mujeres comenzaron a adormecerse, mientras ella seguía rezando el rosario. Por la escalera interior de la sacristía, bajaba el Padre Pío y se detvo junto a la ventana. En un momento, envuelto en un halo de luz, apareció el Niño Jesús y se detuvo entre los brazos del Padre Pío, cuyo rostro se volvió todo radiante. Cuando desapareció la visión, el Padre advirtió que Lucía, estaba despierta, lo miraba fijamente , atónita. Se le acercó y le dijo: "Lucía, ¿qué has visto?", Lucía respondió: "Padre, he visto todo". El Padre Pío, entonces, le advirtió con severidad: "No digas nada a nadie".

sábado, 22 de diciembre de 2012

La devoción a Jesús Niño del Padre Pío de Pietrelcina




Encontraréis un niño envuelto en pañales
y acostado en un pesebre (Lc 2,12)

El Padre Pío, desde la más tierna edad, y con un atractivo muy especial, se sintió fascinado por el misterio de Navidad.
Desde algunos días antes de esta fecha, en Piana Romana, mientras sus padres trabajaban en el campo, modelaba con barro las pequeñas imágenes del nacimiento; las colocaba en una pequeña gruta excavada en la pared más grande de la casa, y, con genial creatividad, preparaba las lucecitas, llenando con unas pocas gotas de aceite y un poco de estopa las conchas vacías de los caracoles, que elegía con atención entre las más bellas y que limpiaba por dentro, o, mejor, que hacía limpiar a su amigo Luis Orlando, ya que «no tenía el coraje de llevar a cabo esta operación».
Después, colocaba alrededor de la gruta grandes trozos de musgo que sacaba del tronco de los árboles con un cortaplumas. Y permanecía horas y horas delante del nacimiento, cantando nanas y rezando el Ave María.
De mayor, contaba los días que faltaban para Navidad. Enviaba a todos sus augurios de paz, de serenidad, de alegría.
­         «El celeste Niño te conceda experimentar en tu corazón todas las santas emociones que me hizo gozar a mí en la bienaventurada noche, cuando fue colocado en el pobre portal» (Epist. I,981).
­         «Un rayo del gran misterio de amor os invada a todos y os transforme en él» (Epist. IV,275).
­         «El divino Infante renazca en su corazón, lo transforme con su santo amor y le haga digno de la gloria de los bienaventurados» (Epist. IV,214).
­         «El celeste Niño esté siempre en su corazón, lo gobierne, lo ilumine, lo vivifique, lo transforme en su eterna caridad» (Epist. IV,508).
En Navidad, el rostro del Padre Pío se iluminaba. Sus labios dibujaban sonrisas de alegría. Su corazón no lograba contener la ternura, el amor por Jesús Niño. Se detenía horas y horas delante del nacimiento a meditar las enseñanzas que brotan de la gruta de Belén. Cada gesto manifestaba la apremiante, íntima y sentida devoción del Padre Pío hacia el Verbo de Dios hecho carne, que «renunció incluso a un modesto alojamiento entre los parientes y conocidos en la ciudad de Judá y, al ser rechazado por los hombres, pidió refugio y auxilio a viles animales, eligiendo su establo como lugar de nacimiento y su aliento para calentar su tierno cuerpecito» (Epist. IV,971, ed.1991).
En los días que precedían a Navidad, el Padre Pío escribía a sus hijas espirituales mensajes como éstos:
- «Al comenzar la santa novena en honor del santo Niño Jesús, mi espíritu se ha sentido como renacer a una vida nueva; el corazón se siente demasiado pequeño para contener los bienes del cielo; el alma se siente deshacerse completamente ante la presencia de nuestro Dios, que se ha hecho carne por nosotros.
¿Cómo resignarse a no amarlo cada día con nuevo entusiasmo?
Oh, acerquémonos al Niño Jesús con corazón limpio de culpa, que, de este modo, saborearemos lo dulce y suave que es amarlo» (Epist. II,273).
- Estate muy cerca de la cuna de este gracioso Niño... Si amas las riquezas, aquí encontrarás el oro que los reyes magos le dejaron; si amas el humo de los honores, aquí encontrarás el del incienso; y si amas la delicadeza de los sentidos, sentirás el olor de la mirra, que perfuma por entero la santa gruta.
Sé rica de amor hacia este celeste Niño, respetuosa en la actitud que tomes ante él en la oración, y plenamente dichosa al sentir en ti las santas inspiraciones y los afectos de ser singularmente suya» (Epist. III,346s).
(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

lunes, 17 de diciembre de 2012

San Pío: Modelo de sacerdote



SAN PÍO DE PIETRELCINA,
 ¿MODELO DE SACERDOTE PARA LOS SACERDOTES DEL SIGLO XXI?

Suenan todavía con fuerza las palabras de la homilía de Benedicto XVI en la misa que presidió en la catedral de Madrid, el pasado 20 de agosto, en el marco de la Jornada Mundial de la Juventud, para unos 5.000 seminaristas. El Papa presentó con sencillez y profundidad, a los que se preparan para ellas en los seminarios, la vocación y la misión del sacerdote. Y, al final, les propuso como modelo al «santo patrono del clero secular español, san Juan de Ávila».
¿Podría haber presentado como modelo, entre otros muchos, al capuchino italiano Padre Pío de Pietrelcina? La fiesta litúrgica de este sacerdote estigmatizado, el día 23 de septiembre -en este caso a los 43 años de su muerte- nos brinda la ocasión adecuada para responder a esta pregunta. 

1º. Las palabras del Papa sonaron así: «Aspiráis a ser sacerdotes de Cristo para el servicio de la Iglesia y de los hombres».
El Padre Pío, ya religioso capuchino desde el 22 de enero de 1904, consiguió que su superior provincial solicitara a la Santa Sede la dispensa de la edad requerida para la ordenación sacerdotal, pues no quería morir sin haber celebrado al menos una vez la santa misa, y los médicos, ante una enfermedad que no lograban entender, le garantizaban pocas semanas de vida. Se ordenó de sacerdote el 10 de agosto de 1910. Y, en contra de los vaticinios de los doctores, vivió esta vocación y ejerció el ministerio sacerdotal durante 58 años, hasta su muerte, acaecida el 23 de septiembre de 1968. 

2º. Benedicto XVI, después de decir a los seminaristas: «estáis en camino hacia una meta santa: ser prolongadores de la misión que Cristo recibió del Padre», les señaló la que es, sin duda, la condición indispensable para serlo: «configurarse con Cristo». Configuración con Cristo, que, en palabras del Sucesor de Pedro: «comporta identificarse cada vez más con Aquel que se ha hecho por nosotros siervo, sacerdote y víctima»; y que debe ser «la tarea en la que el sacerdote ha de gastar toda su vida».
El Padre Pío, en el recordatorio de su primera misa, indicó primero la exigente misión que quería cumplir para bien de los hombres, y terminó diciendo a Jesús: «que yo sea… para ti sacerdote santo, víctima perfecta».
En el Padre Pío, la identificación con Cristo sacerdote y víctima alcanzó metas muy elevadas. Como en todos los santos, el primer agente de esa identificación fue el Señor. El Señor le regaló esto que el capuchino expresó en una carta de noviembre de 1922: «Desde el nacimiento me ha dado pruebas de una predilección especialísima». El Señor le concedió experimentar, al menos una vez por semana, la flagelación y la coronación de espinas. El Señor quiso fusionar con frecuencia su propio corazón con el de su humilde siervo, de modo que éste pudo escribir a su director espiritual e1 18 de abril de 1912: «El corazón de Jesús y el mío, permítame la expresión, se fusionaron. Ya no eran dos corazones que palpitaban sino uno solo. Mi corazón había desaparecido como una gota de agua que se pierde en el mar». El Señor -dejo otros muchos datos- quiso que esa identificación se manifestara al exterior, en las llagas del Crucificado, visibles y sangrantes, en las manos, pies y costado del fraile capuchino durante 50 años.
Y en esa identificación con Cristo fue mucho lo que aportó el Padre Pío. Identificación para la que se fue mentalizando en largas horas de oración, como anotó en su “Diario” en julio de 1929: «Diariamente no menos de cuatro horas de meditación, y éstas de ordinario sobre la vida de nuestro Señor: nacimiento, pasión y muerte». Identificación que vivió y alimentó sobre todo en la celebración de la santa misa, que era para él, en palabras de Juan Pablo II: «El corazón de toda su jornada, la preocupación más ansiosa de todas las horas, el momento de mayor comunión con Jesús, sacerdote y víctima». Identificación que le impulsó a amar y a desear la cruz: «Yo amo la cruz, la cruz sola, porque la veo siempre en los hombros de Jesús». Identificación, cuya expresión más bella fue probablemente su ofrenda como víctima, muchas veces renovada: por la conversión de los pecadores, por las almas del purgatorio, por la santidad de la Iglesia, por el fin de la guerra… Identificación que fructificó en una sed insaciable de la salvación de los hombres, como vamos a ver a continuación.

3º. El Papa no podía dejar de referirse a la misión del sacerdote. Lo hizo, sobre todo, con estas palabras: «Pero Cristo, Sumo Sacerdote, es también el Buen Pastor, que cuida de sus ovejas hasta dar la vida por ellas… Pedidle, pues, a Él, que os conceda imitarlo en su caridad hasta el extremo para con todos, sin rehuir a los alejados y pecadores, de forma que, con vuestra ayuda, se conviertan y vuelvan al buen camino. Pedidle que os enseñe a estar muy cerca de los enfermos y de los pobres, con sencillez y generosidad». E indicó que esta misión hay que realizarla como «compañeros de viaje y servidores de los hombres».

El Padre Pío, en el recordatorio de su primera misa, que antes he citado, escribió: «Jesús, mi anhelo y mi vida, hoy que emocionado te elevo en un misterio de amor, que yo sea contigo para el mundo Camino, Verdad y Vida». Y lo consiguió de verdad, pues, «devorado por el amor a Dios y el amor al prójimo», como pudo escribir a su director espiritual, buscó incansablemente «liberar a mis hermanos de los lazos de Satanás» y «dar la vida por los pecadores y hacerles participar después de la vida del Resucitado».

El Padre Pío -y me refiero ahora a los destinatarios de la misión de los sacerdotes que citó el Papa en su homilía- no rehuyó a los pecadores, como lo prueban las muchas horas -hasta 15 y más al día- que dedicó a administrar el sacramento de la confesión durante más de 50 años. Tampoco rehuyó a los alejados -me refiero a los alejados de Dios-, no sólo porque, con la fuerza de su santidad y de los carismas con los se vio enriquecido por Dios, atrajo a su confesonario a hombres y mujeres de los cinco continentes, sino también porque -son muchos los testimonios- el carisma de la bilocación le permitió hacerse presente con frecuencia en otros lugares del mundo sin dejar su convento de San Giovanni Rotondo. Estuvo muy cerca de los enfermos; y, para que fueran atendidos adecuadamente, promovió en la pequeña ciudad en la que residía: primero, el sencillo hospital “San Francisco de Asís” y, cuando éste, en el año 1939, fue destruido por un terremoto, el gran hospital “Casa Alivio del Sufrimiento”, inaugurado el 5 de mayo de 1956 con 300 camas, que en la actualidad son 1.200. Cuidó de sus ovejas, a las que regaló, de palabra o por escrito, como lo muestran los cuatro tomos de su “Epistolario”, una atenta y acertada dirección espiritual; y a las que ofreció -y sigue ofreciendo- la gran ayuda de los Grupos de Oración que llevan su nombre, presentes hoy en todo el mundo, y además en continuo crecimiento, para que sean, en el mundo, «faros de amor y levadura de vida cristiana». Y, en su caridad hasta el extremo, quiso llegar a todos, como lo expresó en estas palabras escritas a su director espiritual: «Quisiera poder volar para invitar a todos los hombres y mujeres de la tierra a amar a Jesús, a amar a María».

4º. Dejando, por falta de espacio, otros mensajes de esta homilía de Benedicto XVI, me fijo en éste: «Mirad, sobre todo, a la Virgen María, Madre de los sacerdotes. Ella sabrá forjar vuestra alma según el modelo de Cristo, su divino Hijo, y os enseñará siempre a custodiar los bienes que Él adquirió en el Calvario para la salvación del mundo».

De la devoción del Padre Pío a la Virgen María, dijo Juan Pablo II el día que lo beatificó: 2 de mayo de 1999: «Su devoción a la Virgen se transparenta en todas las manifestaciones de su vida»; se transparentaba tanto que, el día 16 de junio del 2002, al declararlo Santo, le dirigió esta súplica: «Transmítenos tu tierna devoción a María, Madre de Jesús y Madre nuestra». Una devoción a María que el papa Wojtyla calificó de «tierna, profunda y enraizada en la genuina tradición de la Iglesia». Una devoción que impulsó al fraile capuchino a imitar a la que consideraba «la discípula más perfecta de Jesús» y a suplicar, confiada y constantemente, sobre todo con el rezo del Rosario, a la que llamaba: Nuestra Señora de las gracias, Auxiliadora, Mediadora, Socorro… Una devoción -de nuevo palabras de Juan Pablo II- que «tanto en el secreto del confesonario como en la predicación, no se cansaba de inculcar a los fieles». El testamento espiritual del Padre Pío sigue sonando así: «Amad a la Virgen; haced que la amen; rezad siempre el Rosario».
Septiembre, 2011.

Elías Cabodevilla Garde, OFMCap


martes, 27 de noviembre de 2012

Quién es el Padre Pío?


Resulta imposible iluminar al gigante sin indagar en sus profundas raíces. Nacido el 25 de mayo de 1887, miércoles, a las 17 horas en Pietrelcina (Benevento), en la casa familiar de Vico Storto Valle, 27, Francesco Forgione di Nuncio, como se le bautizó en la iglesia arciprestal de Santa maría de los Ángeles, prometió con sólo cinco años “fidelidad” a San Francisco de Asís.

A esa misma edad, sabemos por su futuro director espiritual, Benedetto de San Marco in Lamis, que se le apareció el Sagrado Corazón de Jesús en el altar mayor de la Iglesia, indicándole que se acercase hasta él para bendecir con su santa mano la cabeza del pequeño en agradecimiento por haberle consagrado su amor.

Los padres de Francesco, Grazio María Forgione y María Giuseppa di Nuncio, eran campesinos de la Italia profunda que mantenían laboriosamente a sus siete hijos, dos de los cuales fallecieron a temprana edad.

El Padre Martindale aseguraba que Grazio y María Giusseppa recordaban extraordinariamente en sus facciones, amabilidad y acogida a los padres de Jacinta y Francisco, los videntes de Fátima.

El futuro Padre Pío era un niño normal, que jugaba con sus amigos y obedecía a sus padres. Claro que en alguna ocasión el pequeño espetó a su madre: “No quiero ir con este niño porque es blasfemo”.

Evitaba así las malas compañías que ofendían a Dios. Varios vecinos le vieron rezar el Rosario con nueve o diez años mientras pastoreaba las ovejas. A veces sufría con paciencia encomiable las burlas de algún compañero.

Desde la más tierna infancia grabó en su alma la huella de Dios, tanto para la penitencia como para la oración.

Asiduo acólito, rezaba siempre de rodillas con gran recogimiento; incluso a puerta cerrada, con la complicidad del sacristán, con quien quedaba a una hora concreta para que le abriese la puerta del templo sin que nadie más se enterase.

El sacerdote Giuseppe Orlando testimoniaba los sacrificios del bambino, a quien reprendió más de una vez por dormir en el suelo con una piedra como almohada, rechazando la cama que su madre le había preparado con esmero.

Uno de sus compañeros de pastoreo, Ubaldo Vecchiarino, confesó que una noche invernal se acercó con varios amigos a casa de Francesco para espiarle a través de la ventana: su habitación estaba a oscuras, pero oyeron los golpes de alguien que parecía azotar su cuerpo con un cordón de cáñamo.

Su propia madre le sorprendió varias veces flagelándose la espalda con una cadena de hierro hasta sangrar. Preocupada por su salud, decidió preguntarle otro día por qué lo hacía. El respondió: “Debo golpearme como los judíos lo hicieron con Jesús”.

Semejante sed de sufrimiento no obedecía a un propósito masoquista. Todo lo contrario: era el niño quien decidía abrazar la Cruz de Cristo, como lo haría de adulto, para expiar sus propios pecados y los de gran parte de la Humanidad. El sufrimiento físico, y sobre todo el moral, tenían por tanto el mismo sentido que Jesús les dio al extender los brazos en la cruz para redimir al mundo. La mortificación escondida constituyó siempre para el Padre Pío la piedra de toque del Amor, con mayúscula. Amor a Jesús, primero, y a los demás como consecuencia de aquél. En una palabra: Caridad.

Sor Consolata me comenta sobre él:

“Era el cantor de la misericordia de Dios. Él mismo solía decir: “He sido portador de la misericordia de Dios, pero el número de convertidos lo sabremos sólo por el Cielo”.

Su  humildad era proverbial. Cierto día, la religiosa le dijo:

-Padre, cuando rezo por usted no sé qué pedir…
-¿No sabes qué pedir? –se extrañó él. Yo te lo diré. Di al Señor: “Haz que este pobre desgraciado haga siempre Tu voluntad”.
Y añadió, con lágrimas en los ojos:
-Te lo repito; cuando quieras rezar por mí pide solamente esto: “Que este pobre desgraciado haga siempre Tu voluntad”.

¡Pobre de mí! –se lamentaba el Padre Pío por carta, el 6 de noviembre de 1919-. ¡Pobre de mí! No puedo encontrar reposo. Cansado, inmerso en la más extrema angustia, en la más desesperada desolación. Vivo en la angustia más angustiada, no ya por no poder encontrar a mi Dios, sino por no poder ganar a todos los hermanos para Dios. Sufro y busco en Dios la salvación para ellos…¡Qué terrible cosa es vivir del corazón! Esto obliga a morir en cada uno de los momentos y de una muerte que no llega nunca a hacerme morir, sino para vivir muriendo y muriendo vivir”.

¿Sufrir? ¿Para qué? ¿Por quién?

Sufrir para renovar la Pasión por Jesús. Su continua experiencia mística, bendecido por tan admirables dones, tenía precisamente como fin aumentar su capacidad de sufrimiento, como advertía el cardenal Giuseppe Siri.

Sufrir por todos, sin excepción. “No he venido a salvar a los justos, sino a los pecadores”, dijo el Señor.

Muchos “peces gordos”, como el Padre Pío solía llamar a los grandes pecadores, mordieron el anzuelo de la conversión gracias al infalible cebo del sufrimiento escondido.

Mary Pyle, una protestante americana que permaneció muchos años junto a él en San Giovanni Rotondo tras convertirse al catolicismo, y que a su muerte legó toda su fortuna a la Iglesia y al convento de capuchinos de Pietrelcina, ahondaba en ese mismo afán de capturar almas para el Señor, durante su encuentro con la publicista María Winowska:

“El Padre Pío es un especialista en “peces gordos”, como se dice vulgarmente. Pero no lo olvide: cuando él se hace cargo de uno, es para siempre. En cierta ocasión, me decía: “Quando io ho sollevato un ‘anima, non la lascio ricadere più”; “Si alguna vez he levantado un alma, puede estar muy tranquila, que no la dejaré caer de nuevo”.

También “levantó el alma” de Domenico Tizzani, “un excelente maestro”, en palabras del Padre Pío, que le impartió clases particulares durante tres años hasta completar la enseñanza elemental.

El profesor había abandonado su ministerio sacerdotal para convivir con una mujer que le dio una hija. Años después, ordenado ya sacerdote, el Padre Pío pasó junto a la casa de su antiguo maestro en Pietrelcina. A la entrada, vio llorar desconsolada a una joven mujer. Era su única hija. Enterado que su padre agonizaba, no vaciló en socorrerle pese a su condición de excomulgado.

El último reencuentro entre profesor y alumno fue un calco de la parábola evangélica del hijo pródigo. Ambos lloraron de inmensa alegría: Domenico, arrepentido de sus pecados; su confesor, agradecido al Señor por su retorno al redil.

Días después, Domenico entregó su alma a Dios en medio de una paz infinita.

¡Cuántas veces, a lo largo de su vida, el Padre Pío se ofreció al Señor por los demás como un cordero pascual!

Las locuciones con personajes celestiales traslucen su pasión incondicional por las almas. Copiadas y transmitidas por el Padre Agostino de San Marco in Lamis, la del 28 de noviembre de 1911 dice, por ejemplo, así:

“¡Oh, Jesús! ¡Te recomiendo aquella alma! Debes convertirla. ¡Oh, Jesús! Te recomiendo aquella persona: conviértela, sálvala. ¡Oh, Jesús! Convierte a aquel hombre; te ofrezco por él todo mi propio ser”.

Al día siguiente, volvía de nuevo a la carga:

“¡Dios mío! ¡No le castigues! ¡Tampoco a nuestros sacerdotes les castigues! ¡A nuestros superiores ayúdalos también! ¡Oh, concédele esta gracia! ¡Te he de cansar! ¡Tú debes decir que sí! ¡Si se trata de castigar a los hombres, castígame a mí! Debes ayudar a los sacerdotes, principalmente en nuestros días…”

A una de sus hijas espirituales, les escribía: “¿Cómo puedo olvidarte a ti, que me has costado tan duros sacrificios y a quien he engendrado para Dios entre agudos dolores?”.

Y a un joven, llegado a San Giovanni desde el confín del mundo, le recordaba: “Yo te rescaté al precio de mi sangre”.

¿No se dice acaso en la carta a los Hebreos, “sin efusión de sangre no hay remisión”?

El Padre Pío hizo suya esta frase de Paulo de Tarso a los Gálatas: “Hijos míos, por quienes padezco otra vez dolores de parto hasta que Cristo esté formado en vosotros”.

Sabía perfectamente que la principal causa de tantos fracasos en las obras de apostolado era la pretensión de ganar almas para Cristo sin sacrificio personal. 

José Mª Zavala de su obra “Padre Pío: Los milagros desconocidos del santo de los estigmas”

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