miércoles, 9 de enero de 2013

Corre, te digo, porque...

El conocimiento de los designios divinos sobre ti debe servirte, por una parte, para ejercitar tu alma en la gratitud hacia tan buen Padre, prodigando tu alma en continuos agradecimientos al benefactor celestial, uniendo a ese fin tus bendiciones junto a las de María santísima Inmaculada, de los ángeles y de todos los bienaventurados integrantes de la Jerusalén celestial. Por otra parte, debe servirte de estímulo, para no asustarte y detenerte a mitad de camino por las penas y los dolores que es necesario soportar para llegar al término de este largo camino. El Señor me ha permitido que te manifieste todas estas cosas, principalmente para que no estés incierta en tu carrera. Corre, pues, y no te canses; el Señor te guía y dirige tus pasos para que no caigas por el camino. Corre, te digo, porque el camino es largo y el tiempo es bastante breve. Corre, corramos todos de modo que, al término de nuestro viaje, podamos decir con el santo apóstol: «Porque yo estoy a punto de ser derramado en libación y el momento de mi partida es inminente. He competido en la noble competición, he llegado a la meta en la carrera, he conservado la fe». 
 (9 de enero de 1915, a Raffaelina Cerase – Ep. II, p. 291)

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