domingo, 19 de mayo de 2013

La devoción a Jesús Sacramentado del Padre Pío de Pietrelcina




«Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente,
es reo del cuerpo y de la sangre del Señor» (1Cor 11,29)

El Padre Pío, antes de unirse a Jesús Sacramentado, se sentía atraído por una fuerza misteriosa. Contaba las horas que le faltaban para iniciar la celebración de la santa misa. Después de una larga preparación, salía de su celda en un estado de agitación y sufrimiento.

Nada más llegar a la sacristía, mientras se ponía los ornamentos sagrados, ya no se daba cuenta de nada de lo que sucedía a su alrededor. Estaba totalmente abstraído. Si alguien se atrevía a hacerle alguna pregunta, respondía distraídamente, con monosílabos.

En el altar, sus mejillas, hasta entonces pálidas, se enrojecían. En la consagración, acercando sus labios a la Hostia que apretaba entre sus dedos, exclamaba con infinita ternura: «¡Jesús, alimento mío!». Antes de la comunión, en voz alta repetía: «Señor, no soy digno...», y se golpeaba con la derecha el pecho. «Aquellos golpes - escribió en un informe el llorado padre Vicente Frezza - eran tan fuertes que despertaban sorpresa y admiración: no era fácil imaginar que aquellas manos llagadas fuesen tan fuertes y que aquel pecho herido pudiese resistir golpes tan pesados y profundos».
Su mente y su corazón no anhelaban otra cosa que saborear toda la dulzura de la carne inmaculada del Hijo de Dios. Después de la comunión, el hambre y la sed de Jesús Sacramentado, en vez de mitigarse, aumentaban. Los latidos de su corazón eran más rápidos. En toda su persona sentía como un fuerte calor. Ardía en un fuego divino. Después, en el coro, se sumergía en una íntima y silenciosa oración eucarística de acción de gracias y de alabanza.

A su director espiritual, el padre Agustín de San Marco in Lamis, escribía: «A veces me pregunto si existen almas que no sientan arder su pecho en amor divino, sobre todo cuando se encuentran ante Jesús en el sacramento. Me parece imposible; mucho más cuando se trata de un sacerdote o de un religioso» (Epist. I,317).

Ante Jesús Sacramentado, su corazón latía con más fuerza. Al padre Benedicto Nardella le decía: «Me parece con frecuencia que el corazón quiere escapárseme del pecho» (Epist. I,234).
Aprovechaba todas las ocasiones para propagar la devoción a Jesús Sacramentado, con exhortaciones como éstas: «A lo largo de la jornada, cuando no se te conceda hacer otra cosa, también en tus muchas ocupaciones, llama a Jesús con los suspiros resignados del alma, y él vendrá y permanecerá unido al alma por su gracia y su santo amor.

Cuando no puedas ir con el cuerpo, vuela en espíritu ante el sagrario, desahoga allí tus ardientes deseos, y habla y pide y abraza al Amado de las almas más que si se te hubiese concedido recibirlo sacramentalmente» (Epist. III,448).

El Padre Pío sigue repitiendo a todos: «Acerquémonos a recibir el pan de los ángeles con una gran fe y una gran llama de amor, y, además, esperemos de este dulcísimo Amante de nuestras almas ser consolados en esta vida con el beso de su boca» (Epist. II,490).

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

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