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sábado, 12 de mayo de 2012

Padre Pío o San Pío?


Creo que nos va costar mucho llamar al Padre Pío San Pío de Pietralcina. Se va a quedar para siempre con el nombre más cariñoso y familiar de Padre Pío, sin más. ¿Quién fue el Padre Pío, el santo que hoy presentamos? 

Cuando el mundo se ha empeñado en echar fuera a Dios, Dios le ha dado una respuesta con este religioso Capuchino que ha llenado todo el siglo veinte y que arrastra diariamente a multitudes cada vez más grandes. Lo que contemplamos todos por Mundovisión el día de su beatificación no lo había visto Roma jamás. El mismo Padre Pío lo había profetizado bromeando: Vivo he metido mucho ruido, pero muerto meteré más ruido aún. Y eso que en su vida no salió nunca de su convento humilde, en un caserío del sur de Italia. La vida del Padre Pío no puede ser más sencilla. 

De familia campesina, entra religioso en los Frailes Franciscanos Capuchinos, y es ordenado sacerdote en agosto de 1910. En el recordatorio de su Ordenación, escribió: Jesús, vida mía. Hoy con temblor te levanto en un misterio de amor. Que sea yo para el mundo contigo vida, verdad, camino, y que para ti sea un sacerdote santo y una víctima perfecta. Así lo pidió, y así iba a ser. 

En su convento de San Giovanni Rotondo, y mientras oraba ante el Santo Cristo, el 20 de Septiembre de 1918 aparece el Padre Pío con las manos, los pies y el costado sangrantes. Era imposible ocultar el fenómeno. Las gentes se dan cuenta, toman todo como venido de Dios, empiezan a afluir a su Misa y a rodear su confesonario, y aquellas filas de peregrinos ya no cesarán hasta el 23 de Septiembre de 19068 —cincuenta años justos—, cuando Dios se lo lleve al Cielo. 

El Padre Pío se convierte en una imagen viviente de Jesús Crucificado, con un martirio místico que nosotros no entendemos. Cuando uno de sus devotos le dice un día: Padre, voy a pedir a Dios que me haga sufrir a mí lo que usted sufre y le libre de tanto dolor, el Padre le responde confiadamente: Hijo mío, caerías en tierra fulminado. 

El Padre entiende esta su misión: orar y sufrir por las almas, y dirá después: Sobre mis espaldas está todo el mundo. El ministerio de las confesiones va a ser su gran apostolado. Filas interminables se sucederán día a día en la pequeñita iglesia. Adivina las conciencias, avisa, corrige, anima. Las gentes más humildes y las más encumbradas llegan desde toda Italia y del mundo entero. 

Hay una anécdota —ni confirmada ni desmentida, como dice un gran periodista, lo cual quiere decir que es cierta— y que se ha hecho famosa. Un día se le presenta al Padre Pío un joven sacerdote polaco que está en Roma haciendo su tesis doctoral, y el confesor le dice: Te veo vestido de blanco, pero con la sotana manchada de sangre. El caso es que aquel sacerdote llegará a Papa, y, siendo Papa, Juan Pablo II irá a visitar la tumba del Padre Pío, y será el mismo Papa quien colocará a su santo confesor en los altares... 

¿Cuál es, aparte de las confesiones, el gran apostolado del Padre Pío? El mismo se define diciendo que sólo es Un pobre Fraile que reza. Oración y más oración es su vida entera. A tantos grupos como acuden a su iglesia, les dice únicamente: ¡Recen! Y promueve los Grupos de Oración, hoy extendidos por todo el mundo, y que suman varios millones de personas comprometidas a dedicarse cada día a la oración. 

Un Padre de su convento le da después de la cena las buenas noches. Y el Padre Pío: ¿Buenas noches? Eso para usted que duerme. Con tanto sufrimiento encima, el Padre Pío se pasa muchas noches en claro, dedicado del todo a la oración. Aldo Moro, entonces Presidente el Gobierno de Italia, llama al Padre Pío pidiéndole oraciones, pues está ocupadísimo. Y el Padre le responde: Y tú, ¿cuánto rezas?... Reza, sobre todo, el Rosario, que no se le cae de las manos. Un Padre compañero suyo le pregunta bromeando: ¿Cuántos rosarios reza cada día? Y el Padre Pío, con naturalidad: Cuando me va mal, treinta. El otro, riendo: Pues, cuando le va bien, ¿cuántos son? Y bromeando también el Padre Pío: Curioso, quieres saber demasiado... 

Del Rosario solía decir: Esta oración es el resumen de nuestra fe, el sostén de nuestra esperanza, la explosión de nuestro amor. No todo se le iba al Padre Pío en oración y confesiones. Para ayuda de los enfermos pobres, funda la Casa de Alivio del Sufrimiento. Nadie entiende ese milagro. Esa Casa se ha convertido en una clínica imponente, con más de 1200 camas, y con todos los adelantos últimos de la ciencia médica. ¿Nos figuramos tal vez que la vida del Padre Pío fue una sucesión de triunfos y gloria? ¡Oh, no! Todo lo contrario. La persecución, apenas aparecido el fenómeno de las Llagas, fue ininterrumpida. Por orden de las más altas autoridades de la Iglesia, que no veían claro, se le sometió al Padre a pruebas durísimas. Se le prohibieron las confesiones y no podía celebrar Misa en público. Mientras tanto, él no rompía su heroica norma de vida: Obediencia total. Silencio absoluto. ¡Que se haga la voluntad de Dios!...  Hasta que llegó el 23 de Septiembre de 19068. Con las palabras: ¡Jesús! ¡María!, se cerraban sus labios. El funeral, en aquel pueblecito tan pequeño, atrajo a más de cien mil personas. 

Hoy la Iglesia nueva tiene una acogida para seis mil quinientas personas sentadas, y son trece los confesonarios que atienden los Padres Capuchinos para continuar el ministerio heroico del Padre Pío, ante los más de seis millones de peregrinos anuales que visitan la tumba del Santo. Cada día comprobamos cómo el mundo se aleja de Dios en muchas partes. Pero vemos también cómo el mundo busca a Dios. En la vida del Padre Pío no hay más que Oración y Sacramentos, y un pobre religioso como él, que no se ha movido de su pobre convento, está siendo un imán irresistible. Se repite hoy el fenómeno de su Padre San Francisco de Asís: ¿Qué tiene para que todo el mundo se vaya detrás de él?... Dios. No hay otra explicación.

Los santos hacen historia

“La vida de los santos es un mundo lleno de maravillas”. Esto lo sabían mucho mejor que nosotros los antiguos hagiógrafos que buscaban siempre los aspectos más particulares, llamativos y milagrosos de la vida de los santos y tejían su historia con narraciones llenas de hechos, legendarios a veces, prodigiosos y asombrosos. Demasiado quizás. Sin embargo, ellos habían comprendido que la vida de un cristiano, que está verdaderamente animada por la fe y por la gracia no puede dejar de ser sino maravillosa. 

Los hagiógrafos modernos son más críticos y prudentes, basando su modo de trabajar exclusivamente en hechos cronológicamente documentados, pero, como buenos investigadores, también ellos llegan y, quizás con más fuerza de persuasión, a descubrir el sobrehumano en lo humano. 

Francisco, así lo llamaron sus padres Grazio Forgione y Mª Josefa Di Nunzio, nació en Pietrelcina, provincia del Benevento (Italia) el 25 de mayo de 1887, siendo el cuarto de siete hijos, fue bautizado al día siguiente. Pasó su infancia y primera juventud en su pueblo natal, en un ambiente campesino, sereno y tranquilo, en el que sus polos de atracción fueron la casa, la iglesia y la escuela. A los 12 años, el 27 de septiembre de 1899, recibió el sacramento de la Confirmación y de la Primera Comunión. 

Sus biógrafos hacen alusión a hechos extraordinarios de su espiritualidad desde niño. En él existía ya, desde los cinco años, el deseo inocente de consagrarse para siempre a Dios. Francisco quería ser capuchino. Su deseo se cumplió cuando el 6 de enero de 1903, a los 16 años, entró en Morcone (Benevento), en el noviciado de los Frailes Capuchinos de la provincia del Santo Ángel de Foggia. El 22 de enero de 1903 vistió el hábito capuchino y se llamó Fr. Pío. El 22 de enero de 1904 emitió la profesión simple y marchó al convento de Sant’Elia a Pianisi (Campobasso), donde el 27 de enero de 1907 hizo la profesión solemne. De 1904 a 1909 pasó por diversos conventos realizando los estudios de bachillerato y los de filosofía y teología. Con frecuencia tenía que volver a casa por problemas de salud. El 18 de julio de 1909, en la iglesia del convento de Morcone, recibió la ordenación de diácono y el 10 de agosto de 1910 se ordenó de sacerdote en la capilla de los canónigos de la catedral de Benevento, asistiendo su madre y no el padre que se encontraba trabajando en América. 

Durante su permanencia en Pietrelcina colaboró en la parroquia con el arcipreste local. Fue un periodo caracterizado por una vida de intensa oración y de abundante correspondencia con sus directores espirituales. A partir de 1911 comenzó a sentir en las manos dolores hasta recibir un día las llagas. En 1915 fue llamado a servir a las armas en el distrito de Benevento y trasladado a Nápoles. Pero el servicio militar tuvo que ser interrumpido por razones de salud y mandado definitivamente a casa “con la declaración de haber observado buena conducta y de haber cumplido el servicio con fidelidad y honor”. El 28 de julio de 1919 subió por primera vez a San Giovanni Rotondo, donde estuvo ocho días. El 4 de septiembre siguiente volvió provisionalmente; pero aquella estancia provisional se hizo estable hasta su muerte. 

Durante los dos primeros años de su residencia en la ciudad gargánica, el P. Pío continuó escribiéndose con sus directores espirituales, con sus hijos espirituales y con todas las almas que le buscaban. Pronto se formó a su alrededor un grupo de almas sedientas de perfección. Y es en este tiempo cuando se suceden los fenómenos místicos entre los que se encuentran el de los estigmas. La gente, cada día más numerosa, acudía a San Giovanni para escuchar la Misa celebrada por el sacerdote estigmatizado y para confesarse con él. Ya en este periodo comenzaron, con insistencia, las calumnias y las acusaciones hasta provocar la intervención de la autoridad eclesiástica. 

Por su parte el P. Pío continuó con su vida de oración y de intenso apostolado en el confesonario, en perfecta obediencia a sus superiores y a las jerarquías eclesiásticas. El 9 de junio de 1931 le llegó la orden de suspensión de todo ministerio, con la excepción de la santa Misa, que debería celebrar en la capilla interna del convento, sólo con el ayudante. El P. Pío exclamó: ¡”Hágase la voluntad de Dios!” y aceptó la decisión humildemente en silencio y oración. El 16 de julio de 1933 pudo celebrar de nuevo en la iglesia y, finalmente, volvió a oír confesiones. Los fieles lo buscaban de manera impresionante, de tal forma que, a partir de enero de 1950, establecieron los superiores el sistema de cita previa para poner orden en las muchedumbres que acudían a él para recibir la absolución sacramental. 

Durante los años oscuros de la segunda guerra mundial, fue para todos un ángel consolador. Como respuesta a las reiteradas llamadas a la oración dirigidas a los fieles por Pío XII, nacieron los Grupos de Oración, que hoy son más de 2000 extendidos por todo el mundo a los que Pablo VI definió como “un torrente de personas que rezan”. La pequeña iglesia capuchina se volvía incapaz de contener la muchedumbre que asistía a la celebración de la santa Misa. Por eso, el 5 de junio de 1954, por vez primera el P. Pío celebró la Misa al aire libre, en la plaza de la iglesia. Y se construyó una iglesia nueva inaugurada en 1959. Sensible a los sufrimientos físicos y morales de tanta gente que se dirigían a él y constatando el vacío de estructuras en la zona construyó, con los donativos de los bienhechores, la Casa Alivio del Sufrimiento y los asilos Santa María de las Gracias, San Francisco de Asís y Paz y Bien. En abril de 1959 comenzó a sentirse mal. Sus condiciones de salud se volvieron cada vez más precarias a partir de 1962. En febrero de 1965 obtuvo la dispensa de decir en latín la Misa, y en noviembre del mismo año fue autorizado a celebrar sentado de cara al pueblo. 

En marzo de 1968 se vio constreñido a tener que a usar una silla de ruedas para sus desplazamientos tanto en el convento como en la iglesia. En julio sufrió ya un desvanecimiento. El 22 de septiembre a las 5 celebró la última Misa cantada. Al final sufrió un fuerte colapso en el altar. A las 10,30 bendijo a la multitud de la plaza desde su ventana y volvió a dar su última bendición a la gente en la iglesia las 18 horas, luego se retiró a la celda extenuado. En el corazón de la noche, a las 2,30 del 23 de septiembre, murió santamente tras haber confesado, renovado los votos religiosos y recibido la unción de enfermos. Los restos fueron expuestos durante tres días para recibir el homenaje de la multitud. 

El 26 de septiembre se celebraron los solemnes funerales en los que participaron unos 100.000 fieles, siendo sepultado en la cripta de la iglesia la misma tarde. Desde entonces comenzó la devota peregrinación de fieles que continua en el día de hoy. Iniciado el proceso diocesano el 20 de marzo de 1983, que duró siete años, el 18 de diciembre de 1997 se promulgó el Decreto sobre la heroicidad de las virtudes. Estudiado un presunto milagro y, considerada la curación como milagrosa, Juan Pablo II lo beatificó el 2 de mayo de 1999. Presentado en el 2000 la presunta curación de meningitis aguda de un niño de 8 años, fue considerada también como milagro. Ahora, Juan Pablo II lo canonizó el 16 de junio del 2002, proponiéndolo como ejemplo a toda la iglesia universal. 

Con la canonización, el P. Pío es propuesto como modelo a imitar para toda la Iglesia. La canonización de un hombre es el máximo de gloria terrena y celeste. Es un itinerario largo, que para algunos santos ha durado siglos, porque es un camino lleno de obstáculos y de dificultades canónicas y humanas. Sin embargo, para el P. Pío las cosas han ido con más facilidad, si bien inicialmente las cosas fueron muy diferentes. Decía Mons. Cosmo Ruppi, obispo de Lecce y presidente de la Conferencia Episcopal de la Pulla, periodista de toda la vida.: “Recuerdo que al inicio del Proceso del P. Pío el viejo obispo de Manfredonia, Mons. Vailati, me dijo que el camino no sólo sería largo sino larguísimo”. Y no sólo lo decía él, se lo habían dicho también desde las más altas instancias: “No tenga prisa, excelencia; este proceso será bien largo; el final no lo verá ni Vd. ni su sucesor”. Escribe aun el arzobispo de Lecce: “Se han equivocado. Por muy autorizadas que fuesen aquellas personas (aun vive quien recuerda nombres y apellidos) serán los primeros en celebrar en el Cielo la canonización del P. Pío”. 

Iniciado el proceso diocesano el 20 de marzo de 1983, que duró siete años, el 18 de diciembre de 1997 se promulgó el Decreto sobre la heroicidad de las virtudes. Estudiado un presunto milagro y, considerada la curación como milagrosa, Juan Pablo II lo beatificó el 2 de mayo de 1999. Presentado en el 2000 la presunta curación de meningitis aguda de un niño de 8 años, fue considerada también como milagro. Así, Juan Pablo II lo canonizó el 16 de junio del 2002, proponiéndolo como ejemplo a toda la iglesia universal, en una jornada que ha batido el record de participantes; más de 500.000 personas llenaban ese día la plaza de San Pedro y las calles adyacentes provistas de grandes pantallas para seguir con puntualidad el acto, sin olvidar los miles de fieles que, desde San Giovanni Rotando y a través de pantallas gigantes, pudieron seguir el evento. 

 Fr. Alfonso Ramírez Peralbo Roma - Postulación General OFMCap.

San Pío de Pietrelcina


Padre Pío (Francesco Forgione), nació en Pietrelcina, pequeño pueblo de la provincia de Benevento, en el sur de Italia, el 25 de mayo de 1887. Su padre Orazio Forgione, comúnmente llamado Zi’ Orazio, era un modesto campesino, de buenas costumbres, que vivía de su trabajo, su madre Maria Giuseppa de Nunzio, era una mujer muy piadosa. 

Fue bautizado con el nombre de Francesco. De niño ayudaba a su familia trabajando con gusto en los campos. Amaba el sacrificio y prefería dormir en el piso de tierra desnuda en lugar de su cama. Deseoso de soledad, no le gustaban las diversiones, amaba la oración y lloraba cuando escuchaba a alguien blasfemar. Vivía en una casa muy humilde con sus padres, su hermano Michele y tres hermanas, de las cuales una se volvió religiosa con el nombre de sor Pía. Su padre, humillado por ser analfabeto, quiso que sus hijos estudiaran. Desde muy niño Padre Pío sintió el llamado del Señor en su ambiente familiar y juró fidelidad a San Francisco. Cuando manifestó su vocación por la vida religiosa capuchina su padre aceptó con gusto pagar sus estudios pero tuvo que emigrar por segunda vez hacia Estados Unidos para ganarse el dinero. La inteligencia abierta del muchacho hacía prever que tendría un porvenir brillante. 

 A los 15 años, en 1902, entró al convento de los Capuchinos en Morcone para iniciar su año de noviciado, donde brilló por sus dotes de virtud, su penitencia y docilidad. Sonriente, el 22 de enero de 1903, vistió el hábito de San Francisco, adoptando el nombre de Fray Pío. En ese momento decidió ofrecer su vida por el bien de la humanidad, buscando en la oración el verdadero alivio de las penas de los hombres. Su sueño ideal, que había sido el dulce tormento de una vida de espera, clavada a una cruz mística, floreció finalmente. Con una voluntad de fierro superó todas las dificultades y el 10 de agosto de 1910 Padre Pío fue consagrado sacerdote y celebró su primera Santa Misa en la Catedral de Benevento: ahí comenzó su lucha continúa contra las fuerzas del mal, por la edificación del Reino de Dios a través de la oración y el continuo contacto con quien sufre. Su madre, que había venido a pie desde Pietrelcina, estaba radiante de felicidad. Su padre que seguía en Estados Unidos, sólo pudo bendecirlo por carta. 

SU SALUD PRECARIA 

La salud de Padre Pío le era adversa: se enfermaba misteriosamente y mejoraba en otros periodos, con fiebres imprevistas: su rostro estaba siempre muy pálido, por lo cual, con excepción de breves paréntesis de vida de claustro, sus superiores prefirieron dejarlo en su tierra, donde según las posibilidades de sus propias fuerzas, ayudaba al párroco. Ellos lo seguían constantemente con mucho afecto, por medio de una correspondencia asidua, que les reveló su fuerte temperamento espiritual. 

Muy a pesar suyo, tuvo que ponerse el uniforme militar y empuñar las armas en noviembre de 1915. Su sufrimiento más grave fue no poder participar en el sacrificio de la Misa durante ese período. También sufrió por su delicada salud. Escribía cartas llenas de sentimiento y tristeza, aunque sin lamentos, hasta que por fin llegó el día en que fue liberado del exilio que lo torturaba. 

Lo dejaron franco a causa de una tuberculosis pulmonar, de la que extrañamente, después de algunos años, no se encontró huella. Esperando que el aire de la montaña mejorara su salud, la obediencia lo destinó a San Giovanni Rotondo, a 557 metros sobre el nivel del mar, una ciudad áspera rocosa sobre el monte Gargano. Una ciudad olvidada por siglos, donde la gente, sólo podía llegar a pie por una vereda llena de piedras y polvo. Era el verano de 1918. 

Desde entonces Padre Pío no abandonó nunca ese convento, y gracias a Él, ahora esa ciudad es conocida en todo el mundo, siendo floreciente como un oasis que brinda esperanza y alivio a los enfermos físicos y del espíritu. A Padre Pío le destinaron la celda numero 5 que tenía escrito sobre la puerta: “La gloria del mundo tiene siempre por compañera la tristeza”. El 20 de septiembre de 1968 se celebraba el 50 aniversario de la aparición de los estigmas de Padre Pío. Él, a pesar de estar muy enfermo, se asomó a la ventana de su celda y bendijo a los fieles. Su mano no lograba levantarse hacia lo alto. 

El día 22 celebró la Santa Misa en forma solemne, recibió a sus Grupos de Oración y los bendijo con emoción. Por última vez apareció en la ventana de su celda para bendecir a los fieles. Sonreía, pero su rostro se veía muy cansado. Cada paso que daba era un ataque de asma. Dirigiéndose a sus hermanos capuchinos, que lo venían cargando, les dijo: “dentro de poco ya no tendrán que molestarse para acompañarme a decir Misa”, fue una dramática profecía; esa misma noche comenzaba el final de la vida de Padre Pío. A las 22 horas Padre Pío le pregunta la hora a Padre Pellegrino- que lo cuidaba- Recitaba débilmente una Ave Maria . A las 0.20 horas del día 23 de septiembre, le pide a Padre Pellegrino que lo confiese y después, con voz lenta y cansada le dice “Si el Señor me llama hoy, pídeles perdón –en mi nombre- a mis hermanos del convento y a todos mis hijos espirituales por las molestias que les di y pídeles una oración por mi alma. A las 2.09 le pusieron los santos óleos. A las 2.27 cayó de sus manos el rosario. Seguía repitiendo su jaculatoria con gran dificultad. A las 2.30 Padre Pío había muerto. Tenía 81 años. 

¡Así muere un Santo! 

 Había trabajado en la viña del Señor desde su primer día hasta el último. Su cuerpo estaba destruido, masacrado por el cansancio y la enfermedad. Había llegado el momento de entregarlo a la tierra, para que subiera –libre- hacia su Señor en la eternidad gloriosa. Comenzaron a tocar las campanas del convento. En pocos minutos toda la ciudad estaba iluminada. Enseguida la noticia se difundió por todo el mundo. De día y de noche permanecieron abiertas las puertas de la iglesia para acoger a las mas de cien mil personas que acudieron a San Giovanni Rotondo para verlo por última vez. Los funerales fueron grandiosos e impresionantes. Padre Pío yace ahora en una tumba de mármol negro, en la cripta bajo la Iglesia de Santa Maria de la Gracia, acompañado cada día por las oraciones de miles de personas que, sostenidas por la fe, vienen a visitarlo de todas las partes del mundo. Los preliminares de la causa de beatificación y canonización iniciaron en noviembre de 1969. El 2 de mayo de 1999, el Santo Padre Juan Pablo II declaró a Padre Pío BEATO y el 16 de junio del 2002 lo declaró SANTO, a mayor gloria de Dios y para el bien de las almas.

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