martes, 10 de agosto de 2021

EL PADRE PÍO, MODELO DE VIDA SACERDOTAL PLENA

 Por Wolfgang María Muha. Actualidad Litúrgica. 24 de septiembre de 2018.
 
El Padre Pío se caracterizó por tener muchos carismas extraordinarios y multitud de gracias místicas que un sacerdote, por sí mismo, no puede alcanzar. Esto fueron gracias especiales que Dios le concedió. Sin embargo, el P. Pío es un modelo para todo sacerdote por la manera en que desempeñó su ministerio, por lo que él hizo en respuesta a los dones de Dios, por su propósito total y absoluto de vivir sólo y enteramente para Dios y las almas, por su fidelidad a la Iglesia y a su magisterio, por su inmenso aprecio del Santo Sacrificio de la Misa, y su ardiente amor a Jesús presente en la Eucaristía, por su entrega total al desempeño del ministerio de la reconciliación de los pecadores, por su obediencia plena a sus superiores a pesar de todas las contradicciones que tuvo por parte de ellos, por su intensa vida de oración y austeridad, por su total desprendimiento de los bienes materiales y por la comprensión que supo desarrollar del valor del sufrimiento.
 
La familia del Padre Pío propició que él, ya desde niño, se entregara totalmente a Jesús. A la edad de 5 años Francesco Forgione (su nombre de pila) se consagró solemnemente a Jesús. Esto no era algo fuera de lo común (a excepción, tal vez, de la joven edad del pequeño) en la Italia del sur de aquella época. Probablemente hizo esta consagración a instancias de su madre. Esta consagración fue el primer paso de su vida de entrega y aceptación de la voluntad de Dios para él.
 
Su infancia la pasó entre su asistencia a la escuela y sus actividades como pastor de las siete u ocho ovejas que tenía su familia. De niño le gustaba cantar cantos religiosos, jugar a celebrar Misa y bendecir siempre los alimentos. Sin embargo, no dejaba de ser también un niño travieso que se distinguió siempre por su sentido del humor. Vivió en un ambiente de piedad que lo hacía vivir tangiblemente en el mundo sobrenatural. Los contemporáneos y coterráneos del P. Pío veían como algo completamente natural los milagros. Esta actitud es patente en una respuesta que dio el Padre Pío a un joven estudiante que le preguntó si Dios existía. El P. Pío le contestó, mirándolo con incredulidad: “¡Estás loco!” (obviamente, por hacer una pregunta así).
 
Entró al noviciado de los Padres Capuchinos de Morcone el 22 de enero de 1903. El maestro de novicios de Fray Pío atestiguó que éste siempre fue “un novicio ejemplar, puntual en la observancia de la regla y que nunca daba el menor motivo de ser reprendido”. Según el P. Bernardino da San Giovanni Rotondo, uno de sus profesores de entonces, fray Pío era tranquilo y pausado, siempre humilde, dulce y obediente. Cinco años después, según las normas canónicas vigentes en aquel entonces, emitió los votos solemnes “con la única finalidad —escribe él mismo en el documento oficial de su profesión— de procurar el bien del alma y dedicarme por entero al servicio de Dios”.
 
Se ordenó sacerdote en la capilla arzobispal de Benevento, el 10 de agosto de 1910 y celebró su primera Misa solemne en Pietrelcina, el 14 del mismo mes. En las estampas de su ordenación sacerdotal había hecho imprimir estas palabras, que supo llevar a plenitud en el transcurso de su vida sacerdotal:
 
Jesús, mi aliento y mi vida,
te elevo en un misterio de amor.
Que contigo yo sea para el mundo
Camino, Verdad y Vida
y para ti, sacerdote santo,
víctima perfecta.
Padre Pío, capuchino
 
Después de su ordenación y debido a su delicada salud, por disposición de sus superiores, permaneció en su pueblo natal hasta 1916, luchando con una misteriosa enfermedad. Este período fue de intensa vida espiritual, combinada con grandes sufrimientos, tanto físicos como espirituales. En esta época ocurrieron los primeros indicios de la estigmatización y padeció repetidos ataques del demonio.
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En Pietrelcina, el Padre Pío no vivía con sus padres sino en una modesta morada perteneciente a ellos, cerca de la casa paterna. Celebraba Misa habitualmente en la iglesia de Santa Ana, donde él fue bautizado y había recibido su Confirmación y Primera Comunión. Las Misas del Padre Pío eran largas (hasta de 7 horas), interrumpidas por inesperados éxtasis.
 
El demonio sabía ya cuántas almas le iba a robar este santo sacerdote, así que sus ataques eran incesantes y muy violentos. Un día de 1912, el Padre Pío escribe: “Barba Azul no quiere confesarse vencido. Adopta todas las formas. Desde hace varios días viene a visitarme con otros comparsas, armados de palos y de instrumentos de hierro. No se sabe cuántas veces me ha arrojado del lecho para arrastrarme por la habitación”. Algunas veces se levantaba por la mañana, ensangrentado. ¿Por qué era maltratado y golpeado así el Padre Pío por Satanás? Porque el demonio quería poner obstáculos a su vocación e impedir su misión, la misión de uno de los sacerdotes más extraordinarios de la historia de la Iglesia. Y Dios permitía que su servidor padeciera de ese modo para ponerlo a prueba y como una “reserva de gracias” para el futuro, pues, como es bien sabido, por la comunión de los santos, los sufrimientos de unas almas, llevados con aceptación de la voluntad de Dios, permiten la santificación de otras.
 
El P. Pío le explicaba así al P. Benedetto, su director espiritual, una decisión que quería tomar con el consentimiento de éste:
 
“Desde hace tiempo siento una necesidad, la de ofrecerme al Señor como víctima por los pobres pecadores y por las almas del purgatorio. Este deseo ha ido creciendo cada vez más en mi corazón, hasta el punto de que se ha convertido, por así decir, en una fuerte pasión. Es verdad que ya he hecho varias veces ese ofrecimiento al Señor, presionándolo para que vierta sobre mí los castigos que están preparados para los pecadores y las almas del purgatorio, incluso multiplicándolos por cien en mí, con tal de que convierta y salve a las almas del purgatorio, pero ahora deseo hacer ese ofrecimiento al Señor con el permiso de usted” (carta del 29-IX-1910 al P. Benedetto, Epistolario, t. I p. 206).
 
Este ofrecimiento fue aceptado por Dios hasta las últimas consecuencias, tanto por los repetidos ataques del demonio como por las enfermedades físicas, pruebas espirituales y contradicciones de parte de varias personas que padeció el Padre Pío.
 
Dos años más tarde, fray Pío le escribía al Padre Agostino: “El Señor escoge a ciertas almas, y entre ellas, a pesar de mi indignidad, me ha escogido a mí, para asistirlo y ayudarlo en la gran obra de la salvación de la humanidad. Mientras más sufran sin consuelo estas almas, los padecimientos de Jesús disminuyen. Por eso quiero sufrir cada vez más, sin alivio. Esto es toda mi alegría. Es cierto que necesito valor para esto, pero Jesús no me niega nada”.
 
Cuando aún vivía en su tierra natal, a pesar de su precaria salud y de su atormentada vida interior, el joven religioso se ocupaba en atender a los feligreses aunque no tenía autorización para ejercer un ministerio completo pues no estaba ligado a un convento ni a una diócesis. Celebraba Misa todos los días en una u otra iglesia de Pietrelcina. Impartía el catecismo a los niños del pueblo, se ocupaba de los monaguillos. Preparaba las ceremonias de las grandes fiestas litúrgicas. Y se destacaba por su trato sencillo y amistoso, así como por su edificante comportamiento, lo que hacía que todos sus compatriotas, estuvieran bien dispuestos a la Palabra de Dios que fray Pío sembraba entre ellos.
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El Padre Paolino da Casacalenda fue el instrumento que Dios utilizó para que el P. Pío volviera al convento. Le propuso pasar unos días en el convento de San Giovanni Rotondo, para aliviar un poco el calor y los trastornos que éste le producía. Pronto el Padre Pío se encontró mejor y pidió la autorización de quedarse ahí. Ese sería su destino definitivo.
 
Una vez ahí, el P. Pío empezó a llevar el ritmo de vida que seguiría toda su vida. En primer lugar, su jornada era un coloquio ininterrumpido con Dios. Oraba mucho y bien. La irresistible atracción de su persona y la irradiación arrolladora de su actividad sacerdotal en el confesionario, en las conversaciones y en los escritos no serían comprensibles al margen del contacto íntimo y vital con Dios Padre. Al Padre Pío se le puede aplicar también lo que decía de San Francisco de Asís su biógrafo, Tomás de Celano: “Llegó a ser un ciudadano del cielo… no sólo un orante, más bien era la misma oración personificada”. La raíz de todo el edificio espiritual del Padre Pío y el eje sobre el que giraba toda su actividad era su vida de oración. Él mismo se definía diciendo: “No quiero ser más que esto: un fraile que ora”. Y añadía: “A Dios se le busca en los libros, pero se le encuentra en la oración. Si hoy falta la fe, se debe a la falta de oración. Dios no se encuentra en los libros, sino en la oración: cuanto más se reza, tanto más aumenta la fe y se encuentra a Dios”. Decía también: “La oración es el pan y la vida del alma, el respiro del corazón, un encuentro íntimo y prolongado con Dios”. Y también: “Se consuma toda vuestra vida en la resignación, en la oración, en el trabajo, en la humildad, en el agradecimiento al buen Dios. Si os ocurre advertir en vos la impaciencia, recurrid enseguida a la oración; considerad que estamos siempre en la presencia de Dios, a quien tenemos que dar cuenta de todas nuestras acciones, buenas y malas”.
 
El Padre Pío no se limitaba a vivir una vida de oración él mismo; se esforzaba también por infundir este tipo de vida en los demás. Primero con su ejemplo pues su sola presencia despertaba en los demás la necesidad de orar. Pero también lo hizo estableciendo grupos de oración, iniciativa que tomó para responder al llamado del Papa Pío XII que quería despertar en todos los fieles el sentido cristiano de la vida y llevarlos a conformar su vida, sin ningún respeto humano, según los mandamientos de Dios. Los grupos de oración del Padre Pío se fueron difundiendo por diversas regiones de Italia y luego por el mundo entero. Dependían directamente de la Iglesia, no eran una iniciativa espontánea de los laicos. Se requería que los grupos se formaran, necesariamente, en torno a un sacerdote y por iniciativa de él. Se rezaba el Rosario según el espíritu del Padre Pío y por las intenciones del Papa, procurando evitar conferencias u otras actividades pues, como decía este santo sacerdote: “Las palabrerías sólo pueden destruir el grupo”.
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La oración por excelencia es la Santa Misa. El Padre Pío la valoró por encima de todo y la vivió con una profundidad que rara vez es vivida por otros sacerdotes, pues su identificación con Cristo y con su Pasión era eminente. Según él mismo comentaba, en el altar él era como Jesús en la Cruz; revivía la Pasión entera de Cristo en la Misa. La Misa era el momento más importante de la jornada para él. Wladimir d’Ormesson, embajador de Francia ante la Santa Sede dejó un testimonio de una Misa del Padre Pío a la que asistió:
 
«A las 6 de la mañana en punto el Padre Pío entró en la capilla por una puerta lateral, la cabeza cubierta con su capucha de capuchino. Ayudado por dos monaguillos, se abrió paso dificultosamente. Como se elevó un clamor entre la asistencia, se volvió para imponer silencio, subió los escalones del altar, y se descubrió la cabeza. Empezaba la celebración.
Lo digo porque es verdad, nunca en mi vida había asistido a una Misa tan conmovedora. Y sin embargo, tan sencilla. El Padre Pío actuaba siguiendo los ritos tradicionales. Pero recitaba los textos litúrgicos con tal nitidez, con tal convicción; se desprendía tal intensidad de sus invocaciones; sus gestos, aunque muy sobrios, eran de tal grandeza que la Misa adquiría no sé qué proporciones y se convertía en un acto absolutamente sobrenatural, lo que en realidad es y lo que precisamente hemos olvidado con frecuencia que es. Cuando elevó la Hostia, y luego el cáliz, el Padre Pío quedó inmóvil en la contemplación. ¿Durante cuánto tiempo tuvo la Hostia, con los brazos elevados, por encima de nuestras cabezas?  ¿Cuánto tiempo el cáliz?… Diez, doce minutos, quizá más… No lo sé…  En medio de aquella multitud, sólo se oía el murmullo de su oración. Era de verdad el intermediario entre los hombres y Dios, la extrema punta de la creatura finita ante el infinito.
En ese momento insigne, yo tenía a no sé cuántos vecinos aupados sobre mis hombros. Literalmente no los sentía. Mi mujer, que se hallaba poco a mi izquierda y que veía al Padre Pío de lado, en el momento de la consagración vio muy claramente brotar sangre de las palmas de sus manos…
Después de bendecir a la asistencia, cuando el Padre Pío abandonó la capilla, me di cuenta, al mirar el reloj, que la Misa había durado exactamente una hora y cincuenta minutos» (Yves Chirac, El Padre Pío, Ed. Palabra, Madrid 1999, 228-229).
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Quien participaba en la celebración eucarística del P. Pío, no podía quedar tranquilo en su pecado. La Santa Misa conectaba a todos con el Misterio de Dios, quien irremisiblemente atrae al pecador para que salga de su pecado. De modo que el Padre Pío, después de la celebración del Santo Sacrificio se sentaba en el confesionario, para administrar la misericordia de Dios a los pecadores arrepentidos. A alguien que le preguntó un día sobre su misión en la tierra, le respondió brevemente: “Soy un confesor” Y, ciertamente, las horas pasadas por el Padre Pío en el confesonario fueron incalculables. Los días de mayor afluencia de personas, podía pasar todo el día confesando. Con frecuencia se le veía llorar después de confesiones especialmente difíciles. Al ser preguntado, contestó que lloraba por la Sangre de Cristo derramada en vano por tantos desgraciados, por la creación profanada y por los fracasos de la gracia y, en fin, porque Cristo lloró.
 
En ocasiones, el Padre Pío también lloraba al leer el Evangelio del día. Cuando alguien se extrañó por ello, él contestó: “¿Te parece poca cosa que Dios converse con sus creaturas? ¿Y que éstas no lo quieran escuchar y le lleven la contraria?”.
 
La fama de santidad del Padre Pío causaba una gran afluencia de peregrinos que en ocasiones llegaban a esperar hasta 15 días para poder confesarse con él. Pero esto, y la afluencia de grandes donativos para el hospital que fundó este santo sacerdote también causó envidias y codicia entre algunos personajes eclesiásticos. Todo esto llevó a medidas muy severas de restricción del ministerio de este santo, que se aplicaron por períodos prolongados. La reacción del Padre Pío fue siempre de humildad, obediencia y sometimiento a las autoridades eclesiásticas, sin tomar en cuenta la injusticia que pudo haber en sus decisiones, hasta que se le liberó de esas restricciones.
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Por su sacerdocio totalmente orientado a Dios y a su gloria, el P. Pío es, como lo señala el sacerdote trapense, Augustine Mc Gregor, un modelo excepcional de vida sacerdotal, un sacerdote que reveló, con su vida, una manera única y sencilla de vivir las exigencias del sacerdocio. En pocas palabras, en este mundo de constantes cambios en las esferas de lo social, cultural y religioso, en el P. Pío se encuentran las características de valor permanente del sacerdocio, no susceptibles de cambiar con el paso del tiempo.
 
Y, como afirma el Padre Vincenzo Frezza, O.F.M., Cap., el Padre Pío, al unificar en su vida el sacerdocio y la misión de corredimir a sus fieles, demostró que el ejercicio del ministerio sacerdotal va más allá de los signos sacramentales. Es decir, transforma al hombre en “Cristo Sacerdote” en cada momento y en cada actitud de su existencia. En pocas palabras, esto significa que el sacerdote debe ser, como el Padre Pío, una víctima y una ofrenda incesante.
 
Wolfgang María Muha.
Fuente: Actualidad Litúrgica

3 comentarios:

Unknown dijo...

Amém! Amo Padre Pio 💜 💚 ❤️

Unknown dijo...

Amén, amén

Unknown dijo...

Padre Pío, interceda y bendiganos a cada uno de nosotros y a cada uno de nuestros seres queridos y nuestras familias. Amén y amén.

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