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miércoles, 18 de septiembre de 2013

Levántate


Levántate, pues, Señor, una vez más y líbrame ante todo de mí mismo; y no permitas que se pierda aquel a quien con tanto cuidado y urgencia has vuelto a llamar y has arrancado de un mundo que no es tuyo. Levántate, pues, Señor, una vez más y confirma en tu gracia a los que me has confiado; y no permitas que ninguno llegue a perderse abandonando el redil.
¡Oh Dios, oh Dios!... no permitas que se pierda tu heredad. ¡Oh Dios!, manifiéstate cada vez más a mi pobre corazón y completa en mí la obra que ya has comenzado.
Oigo en mi interior una voz que de continuo me grita: Santifícate y santifica. Pues, bien, mi queridísima,  yo lo quiero, pero no sé por dónde comenzar.
Ayúdame también tú; sé que Jesús te quiere mucho y tú lo mereces. Háblale, pues, de mí; que me conceda la gracia de ser un hijo menos indigno de san Francisco; que pueda ser ejemplo para mis hermanos, de modo que el fervor continúe siempre en mí y crezca cada día más, para hacer de mí un perfecto capuchino.
 (Noviembre de 1922, a las hermanas Campanile – Ep. III, p. 1005)

miércoles, 11 de septiembre de 2013

Nuevo Grupo de Oración del Padre Pío


Nuevo Grupo de Oración del Padre Pío
México, D.F.

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Reunión informativa
Miércoles 18 de septiembre /  5:00 pm


domingo, 8 de septiembre de 2013

La devoción a san Francisco de Asís del Padre Pío de Pietrelcina




«Yo he cumplido mi parte: la vuestra os la enseñe Cristo»
San Francisco (2Cel 214)

El Padre Pío tuvo una devoción especialísima a san Francisco, cuyo nombre llevó desde el nacimiento, quizás porque llegaría un día a ser copia exactísima del mismo.
Al responder a la llamada divina, el venerado Padre dijo: «Señor, ¿dónde podré servirte mejor que en el claustro y bajo la bandera del Poverello de Asís?» (Epist. III,1007).

Con frecuencia tuvo visiones celestes en las que se le aparecía el seráfico Padre. Un día, refiriéndose a una de ellas, dirá: «Jesús, la Mamita, San José y el Padre San Francisco están casi siempre conmigo».
Entre las devociones para practicar diariamente, anotadas en los «Fragmentos de Diario», el Padre Pío, entre otras cosas, escribió: «Novena al Padre San Francisco» (Epist. IV,986).
El nombre de san Francisco aparecía casi siempre en las siglas con las que encabezaba sus cartas y, con frecuencia, en el cuerpo de las mismas. Durante muchos años celebró en el altar de san Francisco, en la antigua iglesita del convento.

El padre Agustín de San Marco in Lamis, en su Diario, describió la participación del Padre Pío en las celebraciones de san Francisco, Patrono de Italia, que tuvieron lugar en San Giovanni Rotondo en 1939. Emocionado, siguió la procesión de la imagen del Poverello desde la ventana del coro.
Desde el momento mismo en que abrazó la vida religiosa, intentó imitar al seráfico Padre. A Nina Campanile le pidió que orase a Jesús por él y escribió: «Háblale de mí, que me conceda la gracia de ser un hijo menos indigno de san Francisco; que pueda servir de ejemplo a mis hermanos de religión, de modo que el fervor se mantenga en mí y crezca cada día hasta hacer de mí un perfecto capuchino» (Epist. IV,1010).
El Padre Pío propagó con entusiasmo el franciscanismo y su espiritualidad, y suscitó numerosas vocaciones a la vida religiosa y a la Tercera Orden.
Se preocupaba muy mucho de que las filas de los «Hermanos y Hermanas de la Penitencia» fuesen cada día más numerosas.

A Elena Bandini escribió el 25 de enero de 1921: «Trabaja con interés por la salvación de nuestros hermanos y da a conocer a todos el espíritu de san Francisco, que coincide plenamente con el espíritu de Jesucristo. La sociedad necesita renovarse y yo no conozco medio más eficaz que el que todos sean terciarios de san Francisco y vivan su espíritu» (Epist. III,1050s). Al conocer el resurgir religioso promovido a través de la Tercera Orden, se sintió contento y consolado. En relación a esto, escribió a Violante Masone: «He llorado de emoción, y en el silencio de la noche y el retiro de mi celdita he elevado mis manos al cielo bendiciéndoos a todas y presentándoos a Jesús y a nuestro común Padre san Francisco. […] No desistas de propagar la Tercera Orden y de promover en todos, por este medio, la verdadera vida. Da a conocer a san Francisco y su auténtico espíritu a todos. Grande es la recompensa que se te reservará allá arriba» (Epist. III,1079s).

Como san Francisco, el Padre Pío tuvo el don de los sagrados estigmas, y permaneció durante cincuenta años clavado a la Cruz, con Cristo, sufriendo indecibles dolores en el cuerpo y en el espíritu.

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

miércoles, 4 de septiembre de 2013

No te deben atemorizar


No te deben atemorizar las innumerables tentaciones que te asaltan de continuo, pues el Espíritu Santo anuncia al alma devota que, si se decide a avanzar por los caminos de Dios, debe disponerse y prepararse para la tentación. Por eso, ¡ánimo!, que la prueba cierta e infalible de la elección de un alma para su perfección es la tentación, en la que la pobrecita será puesta como signo de contradicción en medio de la tempestad. Que nos anime a soportar la dificultad la vida de todos los santos, que no estuvieron libres de esta prueba.
La tentación no respeta a ningún elegido. Ni siquiera respetó al apóstol de las gentes, que, después de haber sido arrebatado en vida al paraíso, fue tal la prueba a la que se vio sometido, que satanás llegó a abofetearlo. ¡Dios mío!, ¡¿quién podrá leer aquellas páginas sin sentir que se le hiela la sangre en las venas?! ¡Cuántas lágrimas, cuántos suspiros, cuántos gemidos, cuántas súplicas, no elevaba este santo apóstol, pidiendo al Señor que retirara de él esta dolorosísima prueba! ¿Y cuál fue la respuesta de Jesús? No otra sino ésta: «Te basta mi gracia... », «la virtud se perfecciona en la enfermedad, en la prueba».
 (4 de septiembre de 1916, a María Gargani – Ep. III, p. 241)

domingo, 25 de agosto de 2013

La devoción a san Pablo del Padre Pío de Pietrelcina




«Pablo, apóstol de Cristo Jesús
por disposición de Dios nuestro salvador
y de Jesucristo nuestra esperanza» (1Tm 1,1)

Para el Padre Pío, el apóstol san Pablo era el autor sagrado preferido. Con frecuencia acudía a su doctrina en las cartas que enviaba a sus hijas espirituales. A Raffaelina Cerase le comentó:
«Al leer sus cartas, experimento, mucho más que en los otros escritos, un deleite tan grande que no soy capaz de expresarlo con palabras (Epist. II,204).

Y le escribió además: «Al presentarle aquí el modelo del verdadero cristiano, mi guía será el muy querido apóstol san Pablo; sus dichos, llenos todos ellos de sabiduría celestial, me extasían, llenan mi corazón de consuelo celestial y hacen que mi alma salga de sí. No puedo leer sus cartas sin sentir como una fragancia que se expande por toda el alma, fragancia que se deja sentir hasta en lo más profundo del espíritu» (Epist. II,228).

El Padre Pío, en sus cartas, citaba y comentaba con frecuencia las frases más significativas de san Pablo, y, después de hacerlas suyas, las proponía como estilo de vida a aquellos que se apuntaban a su escuela.
En efecto, afirmó que «toda alma cristiana debería familiarizarse con este mensaje del santo Apóstol: “Mi vivir es Cristo” (Fil 1,2), yo vivo para Cristo Jesús, vivo para su gloria, vivo a su servicio, vivo para amarlo» (Epist. II,341).

Al exhortar a Raffaelina Cerase a fijar su mirada en la patria celestial y alejarla de los bienes terrenos, le escribió: «Escuchemos lo que el Señor nos dice al respecto por boca de su santo apóstol Pablo: “No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve” (2Cor 4,18); nosotros no miramos las cosas que se ven, sino aquellas que no se ven. Y es justo que contemplemos los bienes del cielo sin preocuparnos por los terrenos, porque aquellos son eternos y éstos son pasajeros» (Epist. II,190).

«Por lo que respecta a la mortificación de la carne, san Pablo nos advierte que “los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus vicios y sus concupiscencias” (Gal 5,24). De la enseñanza de este santo apóstol se deduce que el que quiere ser verdadero cristiano, el que vive en el espíritu de Jesucristo, debe mortificar su carne, no por otro motivo, sino por devoción a Jesús, que por nuestro amor quiso mortificar todos sus miembros en la cruz. Esta mortificación debe ser continua, constante y no a ratos, duradera como la vida misma. Más aún, el verdadero cristiano debe desear, no aquella mortificación rígida, sólo de apariencias, sino la que de verdad es dolorosa.

Así debe ser la mortificación de la carne, porque el Apóstol, no sin motivo, la llama crucifixión. ¿Que algunos nos podrían objetar preguntando por qué tanto rigor contra la carne? Insensatos, si reflexionasen atentamente en lo que dicen, se darían cuenta de que todos los males que padece su alma provienen de no haber sabido o no haber querido mortificar su carne como se debía. Si quieren curarse, allá en la raíz, es necesario dominar, crucificar la carne, porque es la causa de todos los males.

El Apóstol añade además que: «con la crucifixión de la carne va unida la crucifixión de las vicios y de las concupiscencias. Ahora bien, los vicios son todos los hábitos pecaminosos; las concupiscencias son las pasiones; y los unos y las otras deben ser mortificados y crucificados permanentemente para que no arrastren la carne al pecado: quien se queda sólo en la mortificación de la carne se parece al insensato que edifica sin poner los cimientos (Epist. II,204).

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

miércoles, 21 de agosto de 2013

Hace unos pocos días


Hace unos pocos días yo pensaba en lo que algunos dicen de las gaviotas, pequeñas aves, que hacen sus nidos en la playa del mar. Construyen sus nidos de forma redonda y se comprende que el agua del mar no puede entrar en ellos. En la parte superior del nido hay una abertura, por la que pueden recibir el aire. Ahí las gaviotas alojan a sus crías, que pueden nadar con seguridad y flotar sobre las olas sin llenarse de agua ni sumergirse. El aire que se respira por la abertura sirve de contrapeso y de balanza, de tal forma que los pequeños remolinos nunca terminan por volcar el nido.
Mis queridísimos hijos, ¡cómo deseo que vuestros corazones sean de tal forma que, por los lados, estén bien cerrados, para que, si los golpes y las tempestades del mundo, de la carne y del demonio os sorprenden, no logren penetrar dentro; y que no haya otra abertura que la de la parte del cielo, para aspirar y respirar a nuestro Señor Jesús.
Y este nido, hijos, ¿para quién estaría hecho si no para los polluelos de aquél que lo ha hecho todo por amor de Dios, llevado por sus inclinaciones divinas y celestes? Pero mientras las gaviotas construyen sus nidos y sus polluelos son todavía demasiado tiernos para soportar los golpes de las olas, Dios cuida y se compadece de ellos, impidiendo al mar que los sumerja.
 (18 de enero de 1918, a los novicios – Ep. IV, p. 366)

domingo, 11 de agosto de 2013

La devoción a santa Clara de Asís del Padre Pío de Pietrelcina




«Clara de nombre, más clara por la vida
y muy clara por las costumbres» 
(Tomás de Celano)

El sumo pontífice Juan Pablo II, en la visita que hizo a las clarisas del protomonasterio de Asís, el 12 de marzo de 1982, pronunció un discurso en el que, entre otras cosas, dijo: «Es muy difícil separar estos dos nombres: Francisco y Clara. Estos dos fenómenos: Francisco y Clara. Estas dos leyendas: Francisco y Clara».
Tampoco el venerado Padre Pío separó nunca, de la devoción a san Francisco, la devoción a santa Clara de Asís.

Se sintió fuertemente atraído por las virtudes de la Santa y, consciente de que la verdadera devoción consiste en la imitación, trató de reproducirlas en sí mismo y ponerlas en práctica.
La atención del Padre Pío fue cautivada de modo muy particular por el amor que santa Clara profesó a Jesús y a sus hermanas de religión. Un amor inmenso, ungido de humildad profunda, de confianza ilimitada y de fe  inquebrantable.

En una carta dirigida a Graciela Pannullo, terciaria franciscana, que, con legítimo orgullo, se consideraba «hija de san Francisco», el Padre Pío escribió sobre Clara de Asís el siguiente párrafo:
«Evocando las maravillas de aquellos tiempos, se me representa la amada primogénita del seráfico Padre allá, en el silencio profundo y solemne del austero refectorio, santa Clara, con sus humildes y penitentes hijas, que, al ritmo de la pobreza, cantan las notas breves y claras de la renuncia y del sacrificio. Las hermanas, colocadas cada una en su puesto, elevan la mente al Señor y esperan en paz... Entonces, la voz cristalina de la madre santa Clara entona el Benedicite. La mano virginal se eleva, lenta y solemne, para bendecir con gesto pausado, milagroso. En cierta ocasión, en el monasterio no había más que un solo pan y era la hora de la comida. El apetito laceraba el estómago de las pobres hermanas, que, aún habiendo superado todas las dificultades, no podían olvidar de forma permanente las imperiosas necesidades de la vida. En el apuro, sor Cecilia, la encargada de la despensa, recurrió a la santa abadesa y ésta mandó cortar el pan en dos mitades y mandar una de ellas a los hermanos que velaban por el monasterio y retener la otra y dividirla en 50 porciones, tantas como las hermanas, y colocar a cada una su parte, sobre la mesa de la pobreza; pero, como la devota hija replicara que serían necesarios los antiguos milagros de Jesús para que un trozo tan pequeño se pudiese partir en 50 porciones, la madre reiteró: hija mía, haz con confianza lo que yo te digo.

Se apresura la obediente hija a cumplir el mandato de la madre y no tarda la madre Clara en recurrir a Jesús para suplicarle con piadosos suspiros por sus hijas. Y entonces, por gracia de Dios, se multiplica el pequeño trozo de pan en las manos de la que lo parte y toca a cada una porción abundante».
Y después de describir otro hecho prodigioso con el que el Señor, en respuesta a la intercesión de santa Clara, vino en ayuda de «las que habían dejado todo por él», el Padre Pío concluye de este modo: «Pidamos también nosotros a nuestro amado Jesús la humildad, la confianza y la fe de nuestra amada santa; como ella, oremos con fervor a Jesús, abandonémonos confiadamente en él, apartándonos de esta máquina engañosa del mundo donde todo es insensatez y vanidad, todo pasa, sólo Dios queda para el alma, si ha sabido amarlo de verdad» (Epist. III,1090s).

La espiritualidad del Padre Pío, que es considerado el san Francisco de nuestro siglo, basada toda ella en el amor, imitó la espiritualidad de santa Clara, «la humilde plantita» del Poverello de Asís.
Y éste fue el fruto más bello de esta filial devoción.

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

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