miércoles, 6 de marzo de 2013

¡Ay de mí!


Siento el vivísimo deseo, sin que casi nunca piense yo en procurarlo, de pasar todos los instantes de mi vida amando al Señor; quisiera estar estrechamente unido a él por una de sus manos y recorrer con alegría aquella vía dolorosa, en la que me ha puesto; pero lo digo también con tristeza en el corazón, con confusión en el ánimo y con rubor en el rostro, que mis deseos no se corresponden precisamente con la realidad.
Basta cualquier cosa para agitarme; basta que me olvide de las aseveraciones que usted me hace para arrojarme en la más densa noche del espíritu, que me hace sufrir día y noche. ¡Dios mío!, ¡padre mío!, ¡qué gran castigo me ha traído mi infidelidad del pasado!
Querría que mi mente no pensara más que en Jesús, que el corazón no palpitara más que por él solo y siempre, y todo esto se lo prometo repetidamente a Jesús. Pero, ¡ay de mí!, me doy perfecta cuenta de que la mente se olvida o, mejor dicho, se queda en la durísima prueba, bajo la cual está el espíritu; y el corazón no hace otra cosa que marchitarse en este dolor.
(6 de marzo de 1917, al Benedicto de San Marcos in Lamis – Ep. I, p. 872)

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