martes, 13 de octubre de 2026

Cómo vivió el Padre Pío su vocación


Cuando se habla del Padre Pío, lo primero que suele venir a la cabeza son los estigmas, los prodigios que se le atribuyen y las multitudes que subían hasta San Giovanni Rotondo. Todo eso existió, pero él nunca se vio a sí mismo como un fenómeno. Se veía como un fraile capuchino, sin más. Para entender su vida interior conviene empezar justo ahí: por un muchacho de campo que a los quince años dejó su casa para entrar en una de las ramas más austeras de la familia franciscana.

Francesco Forgione nació en 1887 en Pietrelcina, un pueblo pequeño del sur de Italia, en una familia pobre y muy creyente. Desde niño tenía fama de callado y de rezar más de lo normal para su edad. En 1903 ingresó en el noviciado capuchino de Morcone y recibió el nombre de fray Pío. Hizo su profesión solemne en 1907 y fue ordenado sacerdote el 10 de agosto de 1910, en la catedral de Benevento.
Su salud fue frágil desde el principio. Fiebres, vómitos, agotamiento. Sus superiores lo mandaron de vuelta a su pueblo durante varios años con la esperanza de que se recuperara, y allí vivió su sacerdocio de un modo discreto, casi escondido. En 1916 lo destinaron al convento de San Giovanni Rotondo, en el monte Gargano, por entonces un lugar apartado y duro. Ya no se movería de allí. Pasó en ese convento más de cincuenta años.

Los capuchinos nacieron en el siglo XVI como una reforma dentro del franciscanismo. Un grupo de frailes, con Mateo de Bascio a la cabeza, quería vivir la regla de san Francisco con menos concesiones: pobreza real, tiempo largo de oración, gusto por la soledad y una predicación sencilla, pensada para la gente común. Hábito pardo, barba, sandalias, celdas mínimas. El Padre Pío no inventó nada en ese terreno. Más bien se dejó moldear por lo que ya existía, y lo llevó hasta el fondo durante décadas, sin pedir excepciones.

Las Constituciones de la Orden, renovadas después del Concilio Vaticano II, recogen ese carisma con una claridad que ayuda a leer su vida. Conviene decirlo con honestidad: el Padre Pío murió en 1968, antes de que se aprobara ese texto, y vivió bajo la legislación anterior. Pero lo que allí se describe es el mismo modo de vida que él abrazó a los quince años, puesto en palabras de hoy. Leyendo esas páginas con calma, aparecen tres columnas que se sostienen entre sí: la oración, la fraternidad y la minoridad, es decir, el vivir como hermano menor, sin poder y al servicio de todos.

La oración ocupa el primer lugar. Las Constituciones piden a los hermanos tiempo diario de oración personal y silenciosa, la que la tradición capuchina llama oración mental, junto con la liturgia de las horas y la Eucaristía. No hablan de técnicas ni de experiencias raras. Hablan de ponerse delante de Dios y quedarse. Así rezó el Padre Pío. Sus misas eran largas, y quienes asistían contaban que se notaba en su rostro que estaba viviendo algo muy hondo. Después de comulgar dedicaba un buen rato a la acción de gracias, y de ahí quedó una oración que se sigue rezando, la que empieza pidiendo al Señor que se quede con nosotros porque se hace tarde. Llevaba el rosario casi siempre en la mano, y se le atribuye la frase de que era su arma. Animó además a formar grupos de oración, que hoy existen en muchos países.

La fraternidad es el segundo pilar, y quizá el menos conocido en su caso. Para un capuchino, la comunidad no es un telón de fondo, es el lugar donde se vive el Evangelio. Las Constituciones insisten en que los hermanos se reciben unos a otros como un don, comparten mesa, trabajo y descanso, y entienden la autoridad como un servicio y no como un mando. El Padre Pío vivió inmerso en eso. Aunque su fama lo rodeaba de gente de fuera, su día empezaba y terminaba en el coro y en el refectorio con sus hermanos, y quienes convivieron con él hablan de un fraile con sentido del humor, afectuoso, capaz de bromear con los suyos. Su santidad no se vivió en soledad: se fue haciendo dentro de un convento, con todo lo corriente y a veces difícil que eso trae.

La minoridad, el ser menor, es lo que daba sentido a su pobreza. Las Constituciones hablan de vivir sin nada propio, de contentarse con lo necesario, de trabajar y de sentirse cerca de los pobres y de los que no cuentan. El Padre Pío no tuvo nada. Vivió en una celda modesta, comió poco y sencillo, y el dinero que llegaba de los fieles, que fue muchísimo, no se quedó en sus manos. De esa generosidad ajena salió la Casa Sollievo della Sofferenza, el hospital que impulsó y que se inauguró en 1956. Él lo llamaba una obra de la Providencia, y es coherente con su manera de entender la pobreza: no consiste en no tener nada porque sí, sino en que lo que llega pase de largo hacia quien lo necesita.

En cuanto al apostolado, las Constituciones capuchinas hablan de anunciar el Evangelio ante todo con el testimonio de vida, y de un cuidado especial por el ministerio de la reconciliación. El Padre Pío predicó muy poco con palabras. Su apostolado fue estar sentado en el confesionario. Pasaba allí muchas horas, en jornadas que se alargaban hasta el agotamiento, escuchando a gente de toda condición. Quienes se confesaron con él hablaban de un hombre exigente, a veces seco, que no regalaba el perdón barato, pero que también sabía acoger a quien llegaba roto. Fue, de una forma muy literal, un hermano menor al servicio de los demás.

La obediencia fue la parte menos vistosa de su historia y quizá la más reveladora. Las Constituciones la plantean como una escucha mutua dentro de la fraternidad, donde el superior y el hermano buscan juntos la voluntad de Dios. En la práctica, el Padre Pío la vivió como entrega confiada incluso cuando dolía. En la década de 1920 y de nuevo en 1931, la autoridad eclesiástica le impuso restricciones severas: limitó su ministerio público, le prohibió confesar y le pidió que celebrara la misa sin presencia de fieles. Había dudas y sospechas sobre lo que ocurría en torno a él. Él aceptó las órdenes sin montar un movimiento de protesta, aunque seguramente sufrió mucho. Esa docilidad dice más de su vocación capuchina que cualquier hecho extraordinario.

Queda la penitencia, otro rasgo que las Constituciones mantienen vivo: la sobriedad, la conversión constante, la disposición a cargar con la cruz de cada día. En su caso la cruz se volvió casi literal. El 20 de septiembre de 1918, rezando ante un crucifijo en el coro del convento, recibió los estigmas. Los llevó durante cerca de cincuenta años, con dolor y con el estorbo de la atención constante de los demás. Hay un paralelismo evidente con san Francisco de Asís, que había recibido los mismos signos en el monte de La Verna siglos antes. Para el Padre Pío, sin embargo, aquello no era un motivo de orgullo. Lo vivía como una participación en la pasión de Cristo y, en la práctica, como una carga más que tenía que llevar con discreción.

Sus cartas a sus directores espirituales, en especial al padre Benedetto y al padre Agostino, muestran que su camino interior no fue tranquilo. Hay en ellas noches oscuras, tentaciones, cansancio y dudas, pero también humor y una ternura sorprendente. Se ve a un hombre que no se creía especial y que por eso mismo se agarraba a la oración como a una cuerda.

Hay otro rasgo capuchino que se suele pasar por alto en su biografía: el gusto por el retiro. Desde sus orígenes, los capuchinos han cuidado los lugares apartados, los conventos pobres en los montes y los eremitorios donde el hermano pueda quedarse a solas con Dios. Las Constituciones siguen reconociendo esa necesidad de silencio y de soledad como parte de la vida de la fraternidad, no como una huida del mundo sino como un modo de estar más dispuesto para él. El Padre Pío vivió prácticamente toda su vida adulta entre las paredes de un convento del Gargano y casi no salió de allí en más de cincuenta años. Sin proponerselo, convirtió ese rincón del sur de Italia en un lugar de peregrinación, pero para él seguía siendo su celda, su coro y su iglesia.

También fue muy capuchino en su devoción a María. La Inmaculada es patrona de la Orden, y las Constituciones piden a los hermanos que la amen y la imiten como madre y modelo de quien escucha la Palabra. La iglesia del convento de San Giovanni Rotondo está dedicada a Santa María de las Gracias, y allí pasó buena parte de sus horas. El rosario que no soltaba, del que ya se habló, era su manera de caminar de la mano de ella, sin grandes discursos, repitiendo lo mismo cientos de veces hasta que lo repetido se volvía compañía.

Si se juntan todas estas piezas, la imagen que queda es la de una vida muy coherente. Las Constituciones hablan de una fraternidad que reza, que vive pobre y cercana a la gente, que se ofrece como hermano menor de todos, que obedece escuchando, que acepta la cruz y que se pone bajo la mirada de María. Nada de eso es exclusivo del Padre Pío, y precisamente por eso su caso ayuda a entender qué es ser capuchino: no se trata de hacer cosas extraordinarias, sino de vivir con una fidelidad terca lo que la regla de Francisco y la tradición de la reforma piden a cualquier hermano.

Murió el 23 de septiembre de 1968, a los 81 años, en su convento, con el rosario entre las manos. Juan Pablo II lo canonizó el 16 de junio de 2002. A él, probablemente, le habría importado menos el título de santo que el hecho de que lo siguieran recordando como lo que fue: un pobre fraile que rezaba, como a veces decía de sí mismo.

Quizá ahí esté la clave de su espiritualidad capuchina. Hizo extraordinaria una vida muy corriente dentro de un convento: oración, fraternidad, pobreza, obediencia, confesionario, cruz. Nada de eso es espectacular. Lo que impresiona es que lo hiciera todos los días durante más de seis décadas.

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