El 10 de agosto de 1910 quedó grabado en la historia de la Iglesia católica como una de las fechas más providenciales para el misticismo y la espiritualidad del siglo XX. Aquel día, en la catedral de Benevento (Italia), Fray Pío de Pietrelcina —conocido en el mundo como Francesco Forgione— recibió la ordenación sacerdotal a la edad de 23 años. Más allá de ser un ritual litúrgico, aquel sacramento marcó el inicio de una vida entregada por completo al sufrimiento redentor, al confesionario y a la mística profunda, transformando al joven fraile capuchino en uno de los santos más venerados de la cristiandad.
La vocación del Padre Pío no fue fruto de un impulso repentino, sino el resultado de un largo camino de discernimiento y sacrificio. Nacido en el seno de una familia campesina humilde y profundamente religiosa en Pietrelcina, el pequeño Francesco sintió el llamado de Dios desde su infancia. A los 15 años, ingresó al noviciado de los Frailes Menores Capuchinos en Morcone, adoptando el hábito y el nombre de Fray Pío. Los años de formación sacerdotal estuvieron marcados por constantes y severas batallas físicas y espirituales. Su salud era sumamente frágil —sufría de fiebres persistentes y dolencias pulmonares que obligaban a sus superiores a enviarlo intermitentemente a su pueblo natal para recuperar fuerzas—. Sin embargo, su fervor intelectual y espiritual nunca decayó.
La consagración l estuvo a cargo de Monseñor Paolo Schinosi, arzobispo de Marcianopoli, en una ceremonia sobria pero profundamente emotiva. A la catedral asistieron su madre, María Giuseppa, sus hermanos y seres queridos. Su padre, Grazio Forgione, no pudo estar presente físicamente debido a que había emigrado a América para trabajar y recaudar los fondos necesarios que hicieran posible los estudios y la subsistencia de su hijo en el convento. Aquella misma tarde, profundamente consciente de la magnitud del misterio que acababa de recibir, el nuevo sacerdote plasmó su alma en una oración que definiría el rumbo de toda su existencia:“¡Oh Jesús, mi suspiro y mi vida, te pido que hagas de mí un sacerdote santo y una víctima perfecta!” Esta petición —convertirse en "víctima" junto a Cristo— anticipaba los sufrimientos místicos, la estigmatización y las duras pruebas que marcarían su cuerpo y su alma en las décadas siguientes.
Días después, el 14 de agosto de 1910, el Padre Pío celebró su primera Misa solemne en la iglesia parroquial de Santa María de los Ángeles en Pietrelcina, el mismo templo donde había sido bautizado y donde recibió su primera comunión. Para el Padre Pío, el altar se convirtió en el centro absoluto de su universo espiritual. Años más tarde, las Eucaristías presididas por él podían durar horas, ya que el sacerdote experimentaba de forma visible la pasión y muerte de Cristo, sumiéndose en un estado de oración extática que conmovía a los feligreses.
La ordenación sacerdotal del Padre Pío desató una corriente de gracia que durante más de medio siglo atrajo a millones de almas necesitadas de consuelo. A través del sacramento de la confesión —al que dedicaba más de diez horas al día en San Giovanni Rotondo— y de la Eucaristía, cumplió con creces el deseo que formuló el día de su ordenación: ser un instrumento fiel de la misericordia divina.
Hoy en día, recordar el 10 de agosto de 1910 no es solo mirar al pasado de un santo estigmatizado, sino contemplar el triunfo de la perseverancia y la fe sobre la debilidad humana, recordando el momento en que un sencillo fraile italiano entregó su vida entera al servicio del altar.
