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domingo, 8 de septiembre de 2013

La devoción a san Francisco de Asís del Padre Pío de Pietrelcina




«Yo he cumplido mi parte: la vuestra os la enseñe Cristo»
San Francisco (2Cel 214)

El Padre Pío tuvo una devoción especialísima a san Francisco, cuyo nombre llevó desde el nacimiento, quizás porque llegaría un día a ser copia exactísima del mismo.
Al responder a la llamada divina, el venerado Padre dijo: «Señor, ¿dónde podré servirte mejor que en el claustro y bajo la bandera del Poverello de Asís?» (Epist. III,1007).

Con frecuencia tuvo visiones celestes en las que se le aparecía el seráfico Padre. Un día, refiriéndose a una de ellas, dirá: «Jesús, la Mamita, San José y el Padre San Francisco están casi siempre conmigo».
Entre las devociones para practicar diariamente, anotadas en los «Fragmentos de Diario», el Padre Pío, entre otras cosas, escribió: «Novena al Padre San Francisco» (Epist. IV,986).
El nombre de san Francisco aparecía casi siempre en las siglas con las que encabezaba sus cartas y, con frecuencia, en el cuerpo de las mismas. Durante muchos años celebró en el altar de san Francisco, en la antigua iglesita del convento.

El padre Agustín de San Marco in Lamis, en su Diario, describió la participación del Padre Pío en las celebraciones de san Francisco, Patrono de Italia, que tuvieron lugar en San Giovanni Rotondo en 1939. Emocionado, siguió la procesión de la imagen del Poverello desde la ventana del coro.
Desde el momento mismo en que abrazó la vida religiosa, intentó imitar al seráfico Padre. A Nina Campanile le pidió que orase a Jesús por él y escribió: «Háblale de mí, que me conceda la gracia de ser un hijo menos indigno de san Francisco; que pueda servir de ejemplo a mis hermanos de religión, de modo que el fervor se mantenga en mí y crezca cada día hasta hacer de mí un perfecto capuchino» (Epist. IV,1010).
El Padre Pío propagó con entusiasmo el franciscanismo y su espiritualidad, y suscitó numerosas vocaciones a la vida religiosa y a la Tercera Orden.
Se preocupaba muy mucho de que las filas de los «Hermanos y Hermanas de la Penitencia» fuesen cada día más numerosas.

A Elena Bandini escribió el 25 de enero de 1921: «Trabaja con interés por la salvación de nuestros hermanos y da a conocer a todos el espíritu de san Francisco, que coincide plenamente con el espíritu de Jesucristo. La sociedad necesita renovarse y yo no conozco medio más eficaz que el que todos sean terciarios de san Francisco y vivan su espíritu» (Epist. III,1050s). Al conocer el resurgir religioso promovido a través de la Tercera Orden, se sintió contento y consolado. En relación a esto, escribió a Violante Masone: «He llorado de emoción, y en el silencio de la noche y el retiro de mi celdita he elevado mis manos al cielo bendiciéndoos a todas y presentándoos a Jesús y a nuestro común Padre san Francisco. […] No desistas de propagar la Tercera Orden y de promover en todos, por este medio, la verdadera vida. Da a conocer a san Francisco y su auténtico espíritu a todos. Grande es la recompensa que se te reservará allá arriba» (Epist. III,1079s).

Como san Francisco, el Padre Pío tuvo el don de los sagrados estigmas, y permaneció durante cincuenta años clavado a la Cruz, con Cristo, sufriendo indecibles dolores en el cuerpo y en el espíritu.

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

domingo, 25 de agosto de 2013

La devoción a san Pablo del Padre Pío de Pietrelcina




«Pablo, apóstol de Cristo Jesús
por disposición de Dios nuestro salvador
y de Jesucristo nuestra esperanza» (1Tm 1,1)

Para el Padre Pío, el apóstol san Pablo era el autor sagrado preferido. Con frecuencia acudía a su doctrina en las cartas que enviaba a sus hijas espirituales. A Raffaelina Cerase le comentó:
«Al leer sus cartas, experimento, mucho más que en los otros escritos, un deleite tan grande que no soy capaz de expresarlo con palabras (Epist. II,204).

Y le escribió además: «Al presentarle aquí el modelo del verdadero cristiano, mi guía será el muy querido apóstol san Pablo; sus dichos, llenos todos ellos de sabiduría celestial, me extasían, llenan mi corazón de consuelo celestial y hacen que mi alma salga de sí. No puedo leer sus cartas sin sentir como una fragancia que se expande por toda el alma, fragancia que se deja sentir hasta en lo más profundo del espíritu» (Epist. II,228).

El Padre Pío, en sus cartas, citaba y comentaba con frecuencia las frases más significativas de san Pablo, y, después de hacerlas suyas, las proponía como estilo de vida a aquellos que se apuntaban a su escuela.
En efecto, afirmó que «toda alma cristiana debería familiarizarse con este mensaje del santo Apóstol: “Mi vivir es Cristo” (Fil 1,2), yo vivo para Cristo Jesús, vivo para su gloria, vivo a su servicio, vivo para amarlo» (Epist. II,341).

Al exhortar a Raffaelina Cerase a fijar su mirada en la patria celestial y alejarla de los bienes terrenos, le escribió: «Escuchemos lo que el Señor nos dice al respecto por boca de su santo apóstol Pablo: “No nos fijamos en lo que se ve, sino en lo que no se ve” (2Cor 4,18); nosotros no miramos las cosas que se ven, sino aquellas que no se ven. Y es justo que contemplemos los bienes del cielo sin preocuparnos por los terrenos, porque aquellos son eternos y éstos son pasajeros» (Epist. II,190).

«Por lo que respecta a la mortificación de la carne, san Pablo nos advierte que “los que son de Cristo Jesús han crucificado su carne con sus vicios y sus concupiscencias” (Gal 5,24). De la enseñanza de este santo apóstol se deduce que el que quiere ser verdadero cristiano, el que vive en el espíritu de Jesucristo, debe mortificar su carne, no por otro motivo, sino por devoción a Jesús, que por nuestro amor quiso mortificar todos sus miembros en la cruz. Esta mortificación debe ser continua, constante y no a ratos, duradera como la vida misma. Más aún, el verdadero cristiano debe desear, no aquella mortificación rígida, sólo de apariencias, sino la que de verdad es dolorosa.

Así debe ser la mortificación de la carne, porque el Apóstol, no sin motivo, la llama crucifixión. ¿Que algunos nos podrían objetar preguntando por qué tanto rigor contra la carne? Insensatos, si reflexionasen atentamente en lo que dicen, se darían cuenta de que todos los males que padece su alma provienen de no haber sabido o no haber querido mortificar su carne como se debía. Si quieren curarse, allá en la raíz, es necesario dominar, crucificar la carne, porque es la causa de todos los males.

El Apóstol añade además que: «con la crucifixión de la carne va unida la crucifixión de las vicios y de las concupiscencias. Ahora bien, los vicios son todos los hábitos pecaminosos; las concupiscencias son las pasiones; y los unos y las otras deben ser mortificados y crucificados permanentemente para que no arrastren la carne al pecado: quien se queda sólo en la mortificación de la carne se parece al insensato que edifica sin poner los cimientos (Epist. II,204).

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

domingo, 11 de agosto de 2013

La devoción a santa Clara de Asís del Padre Pío de Pietrelcina




«Clara de nombre, más clara por la vida
y muy clara por las costumbres» 
(Tomás de Celano)

El sumo pontífice Juan Pablo II, en la visita que hizo a las clarisas del protomonasterio de Asís, el 12 de marzo de 1982, pronunció un discurso en el que, entre otras cosas, dijo: «Es muy difícil separar estos dos nombres: Francisco y Clara. Estos dos fenómenos: Francisco y Clara. Estas dos leyendas: Francisco y Clara».
Tampoco el venerado Padre Pío separó nunca, de la devoción a san Francisco, la devoción a santa Clara de Asís.

Se sintió fuertemente atraído por las virtudes de la Santa y, consciente de que la verdadera devoción consiste en la imitación, trató de reproducirlas en sí mismo y ponerlas en práctica.
La atención del Padre Pío fue cautivada de modo muy particular por el amor que santa Clara profesó a Jesús y a sus hermanas de religión. Un amor inmenso, ungido de humildad profunda, de confianza ilimitada y de fe  inquebrantable.

En una carta dirigida a Graciela Pannullo, terciaria franciscana, que, con legítimo orgullo, se consideraba «hija de san Francisco», el Padre Pío escribió sobre Clara de Asís el siguiente párrafo:
«Evocando las maravillas de aquellos tiempos, se me representa la amada primogénita del seráfico Padre allá, en el silencio profundo y solemne del austero refectorio, santa Clara, con sus humildes y penitentes hijas, que, al ritmo de la pobreza, cantan las notas breves y claras de la renuncia y del sacrificio. Las hermanas, colocadas cada una en su puesto, elevan la mente al Señor y esperan en paz... Entonces, la voz cristalina de la madre santa Clara entona el Benedicite. La mano virginal se eleva, lenta y solemne, para bendecir con gesto pausado, milagroso. En cierta ocasión, en el monasterio no había más que un solo pan y era la hora de la comida. El apetito laceraba el estómago de las pobres hermanas, que, aún habiendo superado todas las dificultades, no podían olvidar de forma permanente las imperiosas necesidades de la vida. En el apuro, sor Cecilia, la encargada de la despensa, recurrió a la santa abadesa y ésta mandó cortar el pan en dos mitades y mandar una de ellas a los hermanos que velaban por el monasterio y retener la otra y dividirla en 50 porciones, tantas como las hermanas, y colocar a cada una su parte, sobre la mesa de la pobreza; pero, como la devota hija replicara que serían necesarios los antiguos milagros de Jesús para que un trozo tan pequeño se pudiese partir en 50 porciones, la madre reiteró: hija mía, haz con confianza lo que yo te digo.

Se apresura la obediente hija a cumplir el mandato de la madre y no tarda la madre Clara en recurrir a Jesús para suplicarle con piadosos suspiros por sus hijas. Y entonces, por gracia de Dios, se multiplica el pequeño trozo de pan en las manos de la que lo parte y toca a cada una porción abundante».
Y después de describir otro hecho prodigioso con el que el Señor, en respuesta a la intercesión de santa Clara, vino en ayuda de «las que habían dejado todo por él», el Padre Pío concluye de este modo: «Pidamos también nosotros a nuestro amado Jesús la humildad, la confianza y la fe de nuestra amada santa; como ella, oremos con fervor a Jesús, abandonémonos confiadamente en él, apartándonos de esta máquina engañosa del mundo donde todo es insensatez y vanidad, todo pasa, sólo Dios queda para el alma, si ha sabido amarlo de verdad» (Epist. III,1090s).

La espiritualidad del Padre Pío, que es considerado el san Francisco de nuestro siglo, basada toda ella en el amor, imitó la espiritualidad de santa Clara, «la humilde plantita» del Poverello de Asís.
Y éste fue el fruto más bello de esta filial devoción.

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

domingo, 28 de julio de 2013

Devoción a san José del Padre Pío de Pietrelcina




«José se levantó, tomó al niño y a su madre y huyó a Egipto» (Mt 2,14)

El Padre Pío admiró siempre la altura espiritual de san José. Imitó sus virtudes y recurrió a él en los momentos más difíciles de su vida, obteniendo siempre gracias y favores celestiales.

Él, como san José, aún sin serlo en el orden natural, se sentía padre y era consciente de los derechos y deberes de su paternidad espiritual. Por este motivo, se dirigía con confianza a este santo, para suplicarle por sus hijos e hijas espirituales. «Ruego a san José que, con aquel amor y con la generosidad con que cuidó de Jesús, custodie tu alma, y, como lo defendió de Herodes, así proteja tu alma de un Herodes más feroz: ¡el demonio!». «El patriarca san José cuide de ti con el mismo cuidado que tuvo de Jesús: te asista siempre con su benévolo patrocinio y te libre de la persecución del impío y soberbio Herodes, y no permita jamás que Jesús se aleje de tu corazón».

Y san José correspondió al Padre Pío con una asistencia singular y con visiones extraordinarias. En efecto, el Siervo de Dios, en enero de 1912, confió al padre Agustín de San Marco in Lamis: «Barbazul no se quiere dar por vencido. Se ha disfrazado de casi todas las formas. Hace ya días que viene a visitarme con otros de sus satélites, armados con bastones e instrumentos de hierro, y lo que es peor bajo su propia forma. ¡Quién sabe cuántas veces me ha tirado de la cama arrastrándome por la habitación! Pero, ¡paciencia! Casi siempre están conmigo Jesús, la Mamita, el Angelito, San José y el padre San Francisco» (Epist. I,252).

Al mismo padre Agustín escribe el Padre Pío, el 20 de marzo de 1921: «Ayer, festividad de San José, sólo Dios sabe las dulzuras que experimenté, sobre todo después de la misa, tan intensas que las siento todavía en mí. La cabeza y el corazón me ardían, pero era un fuego que me hacía bien» (Epist. I,265).
El padre Honorato Marcucci, uno de los asistentes del Padre Pío en los últimos años de su existencia terrena, contaba este episodio.

Una tarde del mes anterior al de la muerte del venerado Padre, se encontraba con él en la terraza contigua a la celda n. 1, esperando para acompañarle a la sacristía para la función vespertina. Era un miércoles, día consagrado a san José, y el Padre Pío no se decidía a moverse. De pie ante un cuadro del glorioso Patriarca, apoyado en la pared, el venerado Padre parecía en éxtasis. Pasado un poco de tiempo, el padre Honorato le dijo: Padre, ¿debo esperar todavía?; ¿nos hemos de ir?; vamos con retraso». Pero sus preguntas quedaron sin respuesta. El Padre Pío seguía contemplando al glorioso Patriarca.
Al fin, después de que el padre Honorato le arrastrara del brazo y le repitiera por enésima vez la pregunta, el Padre Pío exclamó: «Mira, mira, ¡qué bello es San José!».
Se dirigieron a la sacristía.
En la sala «San Francisco» encontraron al padre sacristán, que les preguntó: «¿Cómo con tanto retraso?».
El padre Honorato respondió: «Hoy el Padre Pío no quería separarse del cuadro de San José».
El Padre Pío no dejaba pasar una sola oportunidad sin invitar a sus hijos espirituales a cultivar una sincera y profunda devoción a san José, fuente siempre rica de enseñanzas, de consuelo y de favores.
Parece escucharse todavía hoy su voz: «Ite ad Joseph! (Gn 41,55). Id a José con confianza absoluta, porque también yo, como santa Teresa de Ávila, “no recuerdo haber pedido cosa alguna a San José, sin haberla obtenido de inmediato”». 

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

domingo, 14 de julio de 2013

La devoción al Ángel Custodio del Padre Pío de Pietrelcina



«Voy a enviarte un ángel por delante
para que te cuide en el camino» (Ex 23,20)


El Padre Pío tenía una singular, delicada y respetuosa devoción al Ángel Custodio. Su «pequeño compañero de infancia», «el buen Angelito», fue siempre una ayuda para él. Fue el amigo obediente, cumplidor, puntual que, como gran maestro de santidad, ejerció sobre él un estímulo continuo para avanzar en el ejercicio de todas las virtudes.

Su actuación constante y discreta le sirvió de guía, de consejo, de apoyo.
Si, por una rabieta del demonio, le llegaban emborronadas de tinta las cartas de su confesor, sabía qué hacer para poder leerlas, porque «el angelito le había indicado que, cuando llegase la carta, antes de abrirla, la rociase con agua bendita» (Epist. I,321).

Cuando recibía una carta escrita en francés, era el Ángel Custodio el que le hacía de intérprete: «Si la misión de nuestro Ángel Custodio es importante, la del mío es ciertamente más amplia, porque debe hacer también de maestro en la traducción de otras lenguas» (Epist. I,304).

El Ángel Custodio era el amigo íntimo que por la  mañana, después de haberlo despertado, alababa con él al Señor: «Por la noche, al cerrárseme los ojos, veo bajarse el velo y abrirse delante el paraíso; y, confortado con esta visión, duermo con una sonrisa de dulce felicidad en los labios y con una gran tranquilidad en la frente, en espera de que mi pequeño compañero de mi infancia venga a despertarme y, de esta forma, elevar juntos las laudes matutinas al amado de nuestros corazones» (Epist. I,308).

En los asaltos del infierno, el Ángel Custodio era el amigo invisible que mitigaba sus momentos de postración: «El compañero de mi infancia intenta suavizar los dolores que me causan aquellos impuros apóstatas acunando mi espíritu como signo de esperanza» (Epist. I,321). Y cuando el Ángel no estaba atento para actuar, el Padre Pío, con delicada confianza, sabía dirigirle un duro y fraterno reproche: «No le cuento la forma en que esos desgraciados me están golpeando. A veces me siento a las puertas de la muerte. El sábado me pareció que querían terminar conmigo; no sabía ya a qué santo encomendarme; me dirijo a mi Ángel y, después de haberse hecho esperar un rato, he ahí que, por fin, aletea a mi alrededor y con su voz angelical cantaba himnos a la divina majestad. Tuvo lugar una de las acostumbradas escenas; le reprendí duramente por haberse hecho esperar tanto tiempo, a pesar de que yo no había cesado de llamarlo en mi ayuda; para castigarlo me resistía a mirarle a la cara, quería alejarme, quería despacharlo; pero él, pobrecito, se me acerca casi llorando, me abraza, hasta que yo, levantando la vista, la fijo en su rostro y lo veo profundamente afligido. Y he aquí... “Yo estoy siempre cerca de ti, mi querido joven - dijo -; me muevo siempre en torno a ti con aquel afecto que suscitó tu agradecimiento hacia el amado de tu corazón; mi afecto por ti no se apagará ni siquiera cuando se apague tu vida”» (Epist. I,311).

El Padre Pío se preocupó siempre de inculcar a sus hijos espirituales el amor y la devoción al Ángel Custodio.
Decía: «Aprended la bella costumbre de pensar siempre en él. Desde la cuna hasta la tumba, él no nos deja ni un solo instante; nos guía y nos protege como un amigo y un hermano».

El venerado Padre reconoció y agradeció siempre la función de «mensajero» de este amigo invisible. «Si necesitas - repetía a sus hijos espirituales -, mándame tu Ángel Custodio». Y tenía mucho trabajo, tanto de día como de noche, para escuchar los «mensajes» de sus hijos espirituales, que le traían, obedientes, tantas criaturas angélicas.


(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

domingo, 30 de junio de 2013

La devoción al arcángel san Miguel del Padre Pío de Pietrelcina




Se trabó una batalla en el cielo:
Miguel y sus ángeles declararon guerra al dragón (Ap 12,7)

El 3 de julio de 1917, el Padre Pío peregrinó a la Gruta del Gárgano para venerar a san Miguel, de quien era devotísimo.
Con anterioridad a esta fecha había experimentado repetidas veces la protección del Arcángel en sus luchas contra Satanás, en Pietrelcina o en el convento de Santa Ana, en Foggia.
Muchas veces había deseado hacer la misma peregrinación que había llevado a cabo, siglos antes, su seráfico Padre san Francisco.

Manifestó este deseo a su superior, el padre Paulino de Casacalenda, y éste, apenas los seminaristas terminaron los exámenes, organizó el viaje al Monte Sant’Angelo en honor del Patrono de la provincia religiosa capuchina de Foggia, tanto para premiar a los colegiales como para complacer al Padre Pío.
La comitiva, formada por el venerado Padre, por Nicolás Perrotti, Vicente Gisolfi, Rachelina Russo y los 14 seminaristas, se dirigió desde San Giovanni Rotondo hacia el Monte Sant’Angelo, a las 3 de la mañana del día señalado.

El Padre Pío hizo a pie un buen trecho del recorrido, pero después, a causa de la enfermedad que padecía, fue obligado a subirse a una carreta.
Cuando despuntaba el sol, caminó algunos pasos a pie para desentumecer las piernas y entonó el santo Rosario, intercalando devotos cantos en honor de la Virgen y de san Miguel.
Al entrar en el santuario, se emocionó profundamente. De repente, al recordar lo que le había sucedido en aquel lugar al Poverello de Asís, que, juzgándose indigno de entrar en la Gruta, se detuvo a la puerta y pasó allí la noche entera ensimismado en oración, se arrodilló y, envuelto en lágrimas, besó con respeto y gran humildad el umbral de la Gruta. Después, y una vez escuchada la explicación del canónigo sacristán, que le mostró la TAU grabada por san Francisco, entró y se postró de rodillas a los pies del altar de san Miguel, en devota y profunda meditación.

Rezó por él, por la provincia religiosa capuchina, por la Iglesia, por la paz en el mundo, por todos sus hermanos de religión y por los soldados expuestos al peligro de la guerra. Todo y a todos encomendó a san Miguel.

De la roca de arriba caían de continuo, fruto de la gran humedad, gruesas gotas de agua. Con gran sorpresa de los seminaristas, que enseguida testimoniaron el singular suceso, el Padre Pío permaneció sin mojarse.
Uno de los colegiales, queriendo hacer una prueba, se colocó junto al venerado Padre, pero muy pronto quedó bañado por el agua.

El Padre Pío permaneció largo rato concentrado en la oración y totalmente ajeno a la realidad.
Desde aquel día su devoción al Príncipe de los ejércitos celestiales experimentó un sensible y fuerte impulso. Cada año hacía una cuaresma de preparación para la fiesta del Arcángel. A las almas que se acercaban a él, el Padre Pío les hablaba siempre del poder de san Miguel. Eran continuas sus invitaciones a dirigirse con confianza a este glorioso Arcángel, sobre todo en las tentaciones.

A los fieles que se acercaban a San Giovanni Rotondo el venerado Padre les animaba a continuar la peregrinación hasta el Monte Sant’Angelo, para venerar a san Miguel en su santuario. Con frecuencia esta invitación era la «penitencia sacramental» que imponía al final de la confesión. Además, si sabía de alguien que iba a marchar al Monte Sant’Angelo, le pedía para sí una oración a san Miguel.

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

domingo, 16 de junio de 2013

La devoción al Espíritu Santo del Padre Pío de Pietrelcina




«Se abrió el cielo y vio que el Espíritu de Dios
bajaba como una paloma y se posaba sobre él» (Mt 3,16)

El Padre Pío, siendo todavía niño, tuvo una experiencia extraordinaria de la tercera Persona de la santísima Trinidad, «el dulce huésped de las almas», el Espíritu Santo.

El día de la confirmación, el Espíritu Santo le concedió experimentar tan «dulces mociones» que, a la distancia de los años, ante el recuerdo de las mismas, se sentía «quemar entero por una llama vivísima, que quema, derrite y no causa sufrimiento».

Cultivó siempre una grandísima devoción al Espíritu Paráclito que, con una actuación sabia, discreta, suave y continua, derramó en él, abundantes, sus dones.
El Siervo de Dios  quería que sus hijos espirituales tomasen conciencia de la dignidad de ser templos de este Espíritu. Les exigía un comportamiento personal de gran respeto al Espíritu santificador y de atención constante para acoger sus frutos de luz, de amor, de fuerza, de paz, de gozo, de paciencia, de delicadeza, de bondad, de cortesía, de mansedumbre y de fidelidad.

En efecto, sus cartas comenzaban con frecuencia con un saludo de augurio que era una verdadera y real invocación al Espíritu Santo, y contenían exhortaciones vibrantes a colaborar con docilidad en las obras divinas que el Espíritu de Dios realiza en el alma que se abre a él.

He aquí algunos ejemplos:
­ «La gracia del Espíritu Santo os ayude a santificaros» (Epist. I,442).
­ «El divino Espíritu le colme de sabiduría celestial y le haga santo» (Epist. I,507)
­ «El Espíritu le santifique y le ilumine cada vez más sobre los bienes eternos, reservados para nosotros por la bondad del Padre del cielo» (Epist. I,547).
­ «El Espíritu Santo le llene de sus santísimos dones y le conceda probar por anticipado los gozos de las moradas eternas» (Epist, I,564).
­ «Las llamas del amor divino quemen en usted todo lo que no sabe a Jesús. El divino Espíritu, con su gracia, le fortalezca siempre con nuevos ánimos para afrontar con tranquilidad y calma la guerra que le hacen los enemigos» (Epist I,586).
­ «La gracia del Espíritu Santo sobreabunde cada día más en tu corazón, te clarifique la mente más y más para los pensamientos eternos, y te fortalezca continuamente para alcanzar el sumo Bien» (Epist. IV,577).
­ «Nunca dé lugar en su corazón a la tristeza, que no es conforme con el Espíritu Santo derramado en su corazón» (Epist. II,237).
­ «Deje que él (el Padre del cielo) disponga de usted como mejor le plazca: dé libertad plena a la libre actuación del Espíritu Santo, esforzándose por reproducir en su vida las virtudes cristianas y, con preferencia sobre todas las demás, la santa humildad y la caridad cristiana» (Epist. III,79).
­ «Si nos apremia llegar cuanto antes a la bienaventurada Sión, alejemos de nosotros toda inquietud y solicitud al soportar las inquietudes espirituales y temporales de cualquier parte que puedan venirnos, porque son contrarias a la libre operación del Espíritu Santo» (Epist. III,537).

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

domingo, 2 de junio de 2013

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús del Padre Pío de Pietrelcina



«Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón,
y encontraréis vuestro descanso» (Mt 11,29)

El amor al Sacratísimo Corazón de Jesús que cultivó el Padre Pío fue inmenso. Su corazón palpitó siempre al unísono con el de Jesús, hasta «fundirse» con él.

El 18 de abril de 1912, el venerado Padre describió este fenómeno místico a su confesor, el padre Agustín de San Marco in Lamis: «Terminada la misa, me entretuve con Jesús para la acción de gracias. ¡Qué suave fue el coloquio que tuve con el paraíso aquella mañana! Fue tal que, aun queriendo decirlo todo, no lo conseguiría; sucedieron cosas que no es posible expresarlas en lenguaje humano sin que pierdan su sentido profundo y celestial. El Corazón de Jesús y el mío, permítame la expresión, se fundieron. No eran ya dos corazones que latían, sino uno solo. Mi corazón había desaparecido, como una gota de agua que se pierde en el mar. Jesús era el paraíso, el rey. La alegría en mí era tan intensa y profunda que no era capaz de más; las lágrimas más deliciosas me llenaban el rostro» (Epist. I,273).

En los momentos en los que el sufrimiento era en él más agudo, el Padre Pío saboreaba delicias indescriptibles que tenían, como única fuente, el Corazón Sacratísimo de Jesús.

En relación a esto, escribía al padre Benedicto de San Marco in Lamis: «Jesús no deja, de cuando en cuando, de endulzar mis sufrimientos de otro modo: hablándome al corazón. Oh sí, padre mío, ¡qué bueno es Jesús conmigo! Qué momentos tan preciosos son éstos; es una felicidad que no sé a qué compararla; es una felicidad que el Señor me hace gustar casi exclusivamente en los sufrimientos. En estos momentos, más que en ningún otro, todo lo del mundo me hastía y me pesa, nada deseo fuera de amar y sufrir. Sí, padre mío, también en medio de tantos sufrimientos soy feliz, porque me parece sentir que mi corazón palpita con el de Jesús» (Epist. I,197).

El 13 de agosto de 1912, viernes, en la iglesia, mientras la acción de gracias de la santa misa, el Padre Pío sintió que «le herían el corazón con un dardo de fuego tan vivo y ardiente» que creyó morir. Al comunicar este fenómeno al padre Agustín, escribió: «Me faltan las palabras apropiadas para hacerle comprender la intensidad de esta llama: soy absolutamente incapaz de expresarlo. ¿Me cree? El alma, víctima de estos consuelos, se vuelve muda. Me parecía que una fuerza invisible me sumergía totalmente en el fuego... Dios mío, ¡qué fuego!, ¡qué dulzura!» (Epist. I,300).

En el corazón del Padre Pío, mejor, «en una parte del mismo», se había formado una llaga mística que hizo prorrumpir en lamentos al afortunado enfermo: «¿Quién, entre los mortales, podrá imaginar hasta qué punto es profunda la herida que se me ha abierto en la parte del corazón?» (Epist. I,641).

Al venerado Padre, «enfermo de corazón», sólo le faltaba el «sello del amor»: la llaga física en el corazón. Y también se le concedió ésta, en el mes de diciembre de 1918. El día 20 comunicó al padre Benedicto: «Desde hace unos días noto en mí algo parecido a una lanza de hierro que se alarga, en línea transversal, desde la parte baja del corazón hasta debajo de la espalda, en el lado derecho. Me produce un dolor agudísimo y no me deja un momento de descanso. ¿Qué es esto? (Epist. I,1106).

Era el fenómeno de la transverberación física de su corazón. La herida debió dividir en dos el corazón, de parte a parte, comenzando por la izquierda (abajo) y llegando hasta la derecha (arriba).

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

domingo, 19 de mayo de 2013

La devoción a Jesús Sacramentado del Padre Pío de Pietrelcina




«Quien come el pan y bebe el cáliz del Señor indignamente,
es reo del cuerpo y de la sangre del Señor» (1Cor 11,29)

El Padre Pío, antes de unirse a Jesús Sacramentado, se sentía atraído por una fuerza misteriosa. Contaba las horas que le faltaban para iniciar la celebración de la santa misa. Después de una larga preparación, salía de su celda en un estado de agitación y sufrimiento.

Nada más llegar a la sacristía, mientras se ponía los ornamentos sagrados, ya no se daba cuenta de nada de lo que sucedía a su alrededor. Estaba totalmente abstraído. Si alguien se atrevía a hacerle alguna pregunta, respondía distraídamente, con monosílabos.

En el altar, sus mejillas, hasta entonces pálidas, se enrojecían. En la consagración, acercando sus labios a la Hostia que apretaba entre sus dedos, exclamaba con infinita ternura: «¡Jesús, alimento mío!». Antes de la comunión, en voz alta repetía: «Señor, no soy digno...», y se golpeaba con la derecha el pecho. «Aquellos golpes - escribió en un informe el llorado padre Vicente Frezza - eran tan fuertes que despertaban sorpresa y admiración: no era fácil imaginar que aquellas manos llagadas fuesen tan fuertes y que aquel pecho herido pudiese resistir golpes tan pesados y profundos».
Su mente y su corazón no anhelaban otra cosa que saborear toda la dulzura de la carne inmaculada del Hijo de Dios. Después de la comunión, el hambre y la sed de Jesús Sacramentado, en vez de mitigarse, aumentaban. Los latidos de su corazón eran más rápidos. En toda su persona sentía como un fuerte calor. Ardía en un fuego divino. Después, en el coro, se sumergía en una íntima y silenciosa oración eucarística de acción de gracias y de alabanza.

A su director espiritual, el padre Agustín de San Marco in Lamis, escribía: «A veces me pregunto si existen almas que no sientan arder su pecho en amor divino, sobre todo cuando se encuentran ante Jesús en el sacramento. Me parece imposible; mucho más cuando se trata de un sacerdote o de un religioso» (Epist. I,317).

Ante Jesús Sacramentado, su corazón latía con más fuerza. Al padre Benedicto Nardella le decía: «Me parece con frecuencia que el corazón quiere escapárseme del pecho» (Epist. I,234).
Aprovechaba todas las ocasiones para propagar la devoción a Jesús Sacramentado, con exhortaciones como éstas: «A lo largo de la jornada, cuando no se te conceda hacer otra cosa, también en tus muchas ocupaciones, llama a Jesús con los suspiros resignados del alma, y él vendrá y permanecerá unido al alma por su gracia y su santo amor.

Cuando no puedas ir con el cuerpo, vuela en espíritu ante el sagrario, desahoga allí tus ardientes deseos, y habla y pide y abraza al Amado de las almas más que si se te hubiese concedido recibirlo sacramentalmente» (Epist. III,448).

El Padre Pío sigue repitiendo a todos: «Acerquémonos a recibir el pan de los ángeles con una gran fe y una gran llama de amor, y, además, esperemos de este dulcísimo Amante de nuestras almas ser consolados en esta vida con el beso de su boca» (Epist. II,490).

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

domingo, 5 de mayo de 2013

La devoción a la pasión y muerte de Jesús del Padre Pío de Pietrelcina



Ellos se llevaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron
con vendas de lino bien empapadas en mezcla de mirra y áloe (Jn 19,40)

La verdadera devoción es imitación. «Pero para que se dé la imitación es necesaria la reflexión diaria de la vida de aquél a quien se propone como modelo. De la reflexión brota la estima de sus obras, y de la estima, el deseo y la fuerza de la imitación» (Epist. I,1000).

En este pasaje, tomado de una carta que escribió al padre Agustín de San Marco in Lamis, el Padre Pío descubre el secreto de su perfecta y total adhesión espiritual a la realidad “crucial” de Cristo. Y porque el cuerpo participa de lo que sucede al alma, esta adhesión lo llevó a revivir también físicamente todos los dolores de la Pasión.

En un ímpetu de amor escribía: «Sí, yo amo la cruz, la cruz sola; la amo porque la veo siempre en los hombros de Jesús. Por eso, Jesús sabe muy bien que toda mi vida, todo mi corazón, están consagrados a él y a sus sufrimientos... Sólo Jesús puede comprender cuál es mi sufrimiento en cuanto se me presenta delante la escena dolorosa del Calvario» (Epist. I,335).

Y más aún: «¡Qué dulce es el nombre de cruz! Aquí, al pie de la cruz de Jesús, las almas se llenan de luz, se inflaman de amor; aquí nacen alas para elevarse a vuelos más altos» (Epist. I,601s).
Como Jesús, derramó lágrimas, sudó sangre, sufrió la flagelación, la coronación de espinas y hasta el agudo dolor de la llaga en el hombro, efecto del peso de la cruz.

A su confesor, el padre Agustín de San Marco in Lamis, le comunicaba: «Sufro, sufro mucho... No deseo en modo alguno que se me aligere la cruz, porque sufrir con Jesús me es muy grato; al contemplar la cruz en los hombros de Jesús me siento fortalecido y gozo de santa alegría (Epist. I,303).
Era feliz al sufrir porque «Es incomprensible el alivio que se da a Jesús, no sólo al compadecerle en sus dolores, sino, sobre todo, cuando encuentra un alma que, por su amor, pide, no consuelo, sino más bien ser partícipe de sus mismos sufrimientos.

Jesús, cuando quiere manifestarme que me ama, me da a gustar de su pasión las llagas, las espinas, las angustias... Cuando quiere hacerme gozar, me llena el corazón de aquel espíritu que es todo fuego, me habla de sus delicias; pero cuando quiere ser amado, me habla de sus dolores, me invita, con voz que es al mismo tiempo súplica y mandato, a acercar mi cuerpo para aligerarle las penas» (Epist. I,335).
En el venerado Padre Pío, la adhesión a Cristo se transformó en “conformidad”, que quedó sellada con aquellos “signos” que durante cincuenta años, con tanta confusión, llevó en las manos, en los pies y en el costado.

Inculcó siempre a sus penitentes la devoción a la pasión de Jesús.
A Anita Rodote escribió: «Seamos, más que cualquier otra cosa, amantes de Jesús en su pasión, meditemos con frecuencia los dolores del Hombre-Dios y no tardará en encenderse, también en nosotros, el profundo deseo de sufrir cada vez más por amor a Jesús. El amor a la cruz fue siempre un signo distintivo de las almas elegidas; el recibir la carga de la cruz fue siempre una predilección especial del Padre del cielo hacia dichas almas. [...] Sin el amor a la cruz no se puede ir lejos en el camino de la vida cristiana. [...] Jesús nos invita a subir con él al Calvario. Pues bien, no nos resistamos. Subir el doloroso monte con Jesús nos resultará placentero» (Epist. III,67).

Hoy, a sus hijos espirituales, el Padre Pío sigue repitiendo: «Una cosa, sobre todas las demás, deseo de vosotros: que vuestra meditación diaria gire en torno a la vida, pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo», porque, «al meditar con frecuencia los dolores del Hombre-Dios, se encenderá en vosotros el anhelo de padecer cada día más por amor a Jesús» (Epist. III,63s). 

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

domingo, 21 de abril de 2013

La devoción a Dios Padre del Padre Pío de Pietrelcina



Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra (Mt 11,25)

El venerado Padre Pío fue bautizado a las 6 horas del día 26 de mayo de 1887. Desde aquella mañana, la santísima Trinidad comenzó a habitar en el alma del Padre Pío como en un templo, y el Padre Pío comenzó a cultivar una tierna devoción a cada una y a las tres augustísimas Personas.

Hacia Dios Padre tuvo siempre una gran devoción, ungida de respeto profundo y de amor filial.
El Padre del cielo ocupaba el centro de su corazón y era el que actuaba y obraba de forma inmediata en su alma. El 9 de febrero de 1914, en un escrito al padre Agustín, el venerado Padre le comunicaba: «Ahora es el mismo Dios el que de forma inmediata, sin la mediación de los sentidos internos o externos, actúa y obra en lo profundo de mi alma... Lo que yo logro decir de esta mi situación actual es que el anhelo de mi alma se orienta, no a alguna otra realidad, sino solamente a Dios; que experimenta que todo su ser está centrado y ensimismado en Dios» (Epist. I,453).

Por lo mismo, si Dios Padre ocupaba el centro de su alma, es a él, al Padre del cielo, a quien el Padre Pío dirigía sus súplicas y sus alabanzas. El 16 de noviembre de 1914, escribía al padre Agustín: «No dejo de insistir dulcemente al corazón del Padre del cielo por su alma y por todas las almas amadas por usted» (Epist. I,505). Y el 12 de mayo de 1915, decía al citado padre Agustín: «Estoy muy contento por los bienes que tantas almas han recibido del Padre de las luces. A él, al Padre del cielo, suba una alabanza sempiterna» (Epist. I,471).
Totalmente imbuido del pensamiento de que la primera Persona de la santísima Trinidad habitaba y actuaba en su alma, el Padre Pío «no deseaba otra cosa que agradar a Dios, padre y creador nuestro» (Epist. I,652).

Y este buen Padre, que amaba al humilde hermanito de Pietrelcina, lo colocaba en la cruz, como había colocado a su Hijo unigénito, Jesucristo nuestro Señor. El 7 de agosto de 1915, el Padre Pío escribía al padre Benedicto: «Su carta, que me llegó la mañana de pascua, trajo a mi pobre espíritu, por una parte un poco de alivio, ligerísimo por cierto pero capaz de animarme para poder soportar la cruz, en la que el Señor, por su misericordia, ha querido colocarme, si no con ánimo alegre, al menos con fortaleza de espíritu. Y por esto, sea bendita por siempre la bondad del Padre del cielo» (Epist. I,556).

Pero este buen Padre del cielo, que desea vehementemente lo mejor para su Siervo fiel, puso por entero su proyecto de salvación en las manos de María. Escuchemos de nuevo el testimonio del venerado Padre. El 9 de mayo de 1915, escribe al padre Agustín: «Vive Dios, que ha puesto el proyecto de mi salvación, el éxito de la victoria, en las manos de nuestra Madre del cielo. Protegido y guiado por una Madre tan tierna, lucharé hasta que Dios quiera, con la seguridad y la confianza de que, con esta Madre, no sucumbiré jamás. Padre, si, mirándola desde este destierro, se aleja la esperanza de la victoria, cuando se la contempla desde la casa de Dios, bajo la protección de esta Madre santísima, ¡cómo está cerca y es segura!» (Epist. I,576).

Bajo la protección de María santísima, el venerado Padre vivió hasta la avanzada edad de los 81 años, con «Dios fijo siempre en su mente y grabado en su corazón», como él mismo manifestaba al padre Agustín, el 20 de noviembre de 1921. A lo largo de los años, recitó en incontables ocasiones la oración que nos enseñó Jesús: la recitó en la misa, la recitó en el rosario, y en sus oraciones privadas. La cantó en su última misa, la mañana del día 22 de septiembre de 1968, la recitó en alta voz la tarde de su muerte, una muerte largamente esperada y suplicada.
«Padre nuestro, que estás en el cielo...».

(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

jueves, 3 de enero de 2013

La devoción a la Virgen del Padre Pío de Pietrelcina



«Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo» (Lc 1,28)

El Padre Pío tuvo, desde la infancia, una particular devoción a la santísima Virgen, venerada en Pietrelcina bajo el título de «Madonna della Libera».
Recurría a ella para obtener favores espirituales y materiales y para rechazar las insidias del demonio.
Y aunque no consta que el Padre Pío hubiese predicado, se han encontrado, entre sus escritos autógrafos, dos breves discursos preparados por él. Uno de ellos está dedicado a la Asunción de María Santísima, acontecimiento grandioso que nos evoca «el día de mayor triunfo y de gloria» de la Virgen.
En él, entre otras cosas, leemos:
«Después de la ascensión de Jesucristo al cielo, María ardía continuamente en el más vivo deseo de reunirse con él. Y ¡oh! los encendidos suspiros, los piadosos gemidos que le dirigía de continuo para que la atrajera hacia él. En ausencia de su divino Hijo, le parecía encontrarse en el más duro destierro. Aquellos años en los que tuvo que estar separada de él, fueron para ella el más lento y doloroso martirio, martirio de amor que la consumía lentamente.
Y he aquí, al fin, que llega el momento suspirado, y María escucha la voz de su querido que la llama a allá arriba: «Veni, soror mea, dilecta mea, sponsa mea, veni»; ven, querida de mi corazón, ha terminado el tiempo de gemir en la tierra; ven, esposa, a recibir del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo la corona que te está preparada en el cielo» (Epist. IV,1087).
Después, el Padre Pío, con acentos que revelan su ferviente devoción mariana, describe el momento en el que «el alma bienaventurada de María, como paloma a la que se corta los lazos, se separó de su cuerpo y voló al seno de su querido. Pero Jesús, que reinaba en el cielo con la humanidad santísima que había tomado de las entrañas de la Virgen, quiso que también su madre, no sólo con el alma sino también con el cuerpo, se reuniese con él y compartiese plenamente su gloria. Aquel cuerpo que, ni por un solo instante, había sido esclavo del demonio y del pecado, no debía serlo tampoco de la corrupción» (Epist. IV,1089).
En relación al venerado Padre, María tenía atenciones maternales que rayaban en la delicadeza suma. Cada día le acompañaba al altar en el que debía celebrar los divinos misterios.
El Padre Pío se sentía «unido al Hijo por medio de la Madre». Habría querido tener una voz tan fuerte como para invitar a los pecadores de todo el mundo a amar a la Virgen.
En presencia de la Virgen María, sentía un fuego misterioso en un lado del corazón, tal que necesitaba aplicar encima un trozo de hielo.
La tierna, intensa y filial piedad mariana del Padre Pío no era fruto de un pasajero sentimentalismo; tenía su origen en el culto que la Iglesia reserva a la Madre de Dios. Veía en la Virgen el camino más seguro para llegar a Cristo, y por este camino guiaba las almas de sus penitentes.
Cuando hablaba de ella, no conseguía contener la emoción. Recitaba de continuo, día y noche, el santo rosario y quería que todos expresasen su devoción mariana con este plegaria evangélica.
Había recalcado, entre otros elementos esenciales del rosario, la contemplación. Decía: «La atención debe ponerse en el Ave, el saludo que se dirige a la Virgen en el misterio que se contempla. Ella estaba presente en todos los misterios; en todos tomó parte con amor y con dolor».
A sus hijos espirituales que le preguntaban qué es lo que tendrían que recibir de él como herencia, les dijo: «Os dejo el rosario. Amad a la Virgen y hacedla amar, rezad siempre su rosario y rezadlo bien. Satanás quiere destruir esta oración pero ¡no lo conseguirá jamás!».

  (Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

sábado, 22 de diciembre de 2012

La devoción a Jesús Niño del Padre Pío de Pietrelcina




Encontraréis un niño envuelto en pañales
y acostado en un pesebre (Lc 2,12)

El Padre Pío, desde la más tierna edad, y con un atractivo muy especial, se sintió fascinado por el misterio de Navidad.
Desde algunos días antes de esta fecha, en Piana Romana, mientras sus padres trabajaban en el campo, modelaba con barro las pequeñas imágenes del nacimiento; las colocaba en una pequeña gruta excavada en la pared más grande de la casa, y, con genial creatividad, preparaba las lucecitas, llenando con unas pocas gotas de aceite y un poco de estopa las conchas vacías de los caracoles, que elegía con atención entre las más bellas y que limpiaba por dentro, o, mejor, que hacía limpiar a su amigo Luis Orlando, ya que «no tenía el coraje de llevar a cabo esta operación».
Después, colocaba alrededor de la gruta grandes trozos de musgo que sacaba del tronco de los árboles con un cortaplumas. Y permanecía horas y horas delante del nacimiento, cantando nanas y rezando el Ave María.
De mayor, contaba los días que faltaban para Navidad. Enviaba a todos sus augurios de paz, de serenidad, de alegría.
­         «El celeste Niño te conceda experimentar en tu corazón todas las santas emociones que me hizo gozar a mí en la bienaventurada noche, cuando fue colocado en el pobre portal» (Epist. I,981).
­         «Un rayo del gran misterio de amor os invada a todos y os transforme en él» (Epist. IV,275).
­         «El divino Infante renazca en su corazón, lo transforme con su santo amor y le haga digno de la gloria de los bienaventurados» (Epist. IV,214).
­         «El celeste Niño esté siempre en su corazón, lo gobierne, lo ilumine, lo vivifique, lo transforme en su eterna caridad» (Epist. IV,508).
En Navidad, el rostro del Padre Pío se iluminaba. Sus labios dibujaban sonrisas de alegría. Su corazón no lograba contener la ternura, el amor por Jesús Niño. Se detenía horas y horas delante del nacimiento a meditar las enseñanzas que brotan de la gruta de Belén. Cada gesto manifestaba la apremiante, íntima y sentida devoción del Padre Pío hacia el Verbo de Dios hecho carne, que «renunció incluso a un modesto alojamiento entre los parientes y conocidos en la ciudad de Judá y, al ser rechazado por los hombres, pidió refugio y auxilio a viles animales, eligiendo su establo como lugar de nacimiento y su aliento para calentar su tierno cuerpecito» (Epist. IV,971, ed.1991).
En los días que precedían a Navidad, el Padre Pío escribía a sus hijas espirituales mensajes como éstos:
- «Al comenzar la santa novena en honor del santo Niño Jesús, mi espíritu se ha sentido como renacer a una vida nueva; el corazón se siente demasiado pequeño para contener los bienes del cielo; el alma se siente deshacerse completamente ante la presencia de nuestro Dios, que se ha hecho carne por nosotros.
¿Cómo resignarse a no amarlo cada día con nuevo entusiasmo?
Oh, acerquémonos al Niño Jesús con corazón limpio de culpa, que, de este modo, saborearemos lo dulce y suave que es amarlo» (Epist. II,273).
- Estate muy cerca de la cuna de este gracioso Niño... Si amas las riquezas, aquí encontrarás el oro que los reyes magos le dejaron; si amas el humo de los honores, aquí encontrarás el del incienso; y si amas la delicadeza de los sentidos, sentirás el olor de la mirra, que perfuma por entero la santa gruta.
Sé rica de amor hacia este celeste Niño, respetuosa en la actitud que tomes ante él en la oración, y plenamente dichosa al sentir en ti las santas inspiraciones y los afectos de ser singularmente suya» (Epist. III,346s).
(Tomado de LA VIDA DEVOTA DEL PADRE PÍO, de Gerardo di Flumeri)

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