Featured Article

lunes, 10 de agosto de 2026

La ordenación sacerdotal del Padre Pío


 El 10 de agosto de 1910 quedó grabado en la historia de la Iglesia católica como una de las fechas más providenciales para el misticismo y la espiritualidad del siglo XX. Aquel día, en la catedral de Benevento (Italia), Fray Pío de Pietrelcina —conocido en el mundo como Francesco Forgione— recibió la ordenación sacerdotal a la edad de 23 años.  Más allá de ser un ritual litúrgico, aquel sacramento marcó el inicio de una vida entregada por completo al sufrimiento redentor, al confesionario y a la mística profunda, transformando al joven fraile capuchino en uno de los santos más venerados de la cristiandad.


La vocación del Padre Pío no fue fruto de un impulso repentino, sino el resultado de un largo camino de discernimiento y sacrificio. Nacido en el seno de una familia campesina humilde y profundamente religiosa en Pietrelcina, el pequeño Francesco sintió el llamado de Dios desde su infancia. A los 15 años, ingresó al noviciado de los Frailes Menores Capuchinos en Morcone, adoptando el hábito y el nombre de Fray Pío.  Los años de formación sacerdotal estuvieron marcados por constantes y severas batallas físicas y espirituales. Su salud era sumamente frágil —sufría de fiebres persistentes y dolencias pulmonares que obligaban a sus superiores a enviarlo intermitentemente a su pueblo natal para recuperar fuerzas—. Sin embargo, su fervor intelectual y espiritual nunca decayó.


La consagración l estuvo a cargo de Monseñor Paolo Schinosi, arzobispo de Marcianopoli, en una ceremonia sobria pero profundamente emotiva. A la catedral asistieron su madre, María Giuseppa, sus hermanos y seres queridos. Su padre, Grazio Forgione, no pudo estar presente físicamente debido a que había emigrado a América para trabajar y recaudar los fondos necesarios que hicieran posible los estudios y la subsistencia de su hijo en el convento.  Aquella misma tarde, profundamente consciente de la magnitud del misterio que acababa de recibir, el nuevo sacerdote plasmó su alma en una oración que definiría el rumbo de toda su existencia:“¡Oh Jesús, mi suspiro y mi vida, te pido que hagas de mí un sacerdote santo y una víctima perfecta!”  Esta petición —convertirse en "víctima" junto a Cristo— anticipaba los sufrimientos místicos, la estigmatización y las duras pruebas que marcarían su cuerpo y su alma en las décadas siguientes.


Días después, el 14 de agosto de 1910, el Padre Pío celebró su primera Misa solemne en la iglesia parroquial de Santa María de los Ángeles en Pietrelcina, el mismo templo donde había sido bautizado y donde recibió su primera comunión.  Para el Padre Pío, el altar se convirtió en el centro absoluto de su universo espiritual. Años más tarde, las Eucaristías presididas por él podían durar horas, ya que el sacerdote experimentaba de forma visible la pasión y muerte de Cristo, sumiéndose en un estado de oración extática que conmovía a los feligreses.  


La ordenación sacerdotal del Padre Pío desató una corriente de gracia que durante más de medio siglo atrajo a millones de almas necesitadas de consuelo. A través del sacramento de la confesión —al que dedicaba más de diez horas al día en San Giovanni Rotondo— y de la Eucaristía, cumplió con creces el deseo que formuló el día de su ordenación: ser un instrumento fiel de la misericordia divina.


Hoy en día, recordar el 10 de agosto de 1910 no es solo mirar al pasado de un santo estigmatizado, sino contemplar el triunfo de la perseverancia y la fe sobre la debilidad humana, recordando el momento en que un sencillo fraile italiano entregó su vida entera al servicio del altar.

jueves, 14 de diciembre de 2023

Tiempo de Gracia, Celebrando los 800 Años de Greccio con San Francisco y el Padre Pío


En este tiempo sagrado de Adviento, nos encontramos en la espera gozosa y expectante del nacimiento del Salvador. Sigamos el ejemplo de nuestro amado San Pío de Pietrelcina, quien, a lo largo de su vida, irradió amor y devoción hacia el Niño Jesús. Con su espíritu humilde y su profundo amor por la Eucaristía, San Pío nos enseña a prepararnos para la Navidad con corazones llenos de esperanza y gratitud.

En este tiempo de preparación, reflexionemos sobre la importancia de la oración en nuestras vidas. San Pío nos recordaba constantemente la necesidad de cultivar una relación íntima con Dios a través de la oración diaria. Al dedicar tiempo a la comunicación con nuestro Señor, abrimos nuestros corazones para recibir las bendiciones divinas y experimentar la presencia del Espíritu Santo en nuestras vidas.

La penitencia también ocupaba un lugar central en la espiritualidad de San Pío. No se trata simplemente de privarnos de algo, sino de ofrecer nuestros sacrificios y renuncias con amor, unidos a los sufrimientos redentores de Cristo. En esta temporada de Adviento, reflexionemos sobre cómo podemos mejorar nuestra relación con Dios mediante pequeños actos de penitencia, recordando siempre que nuestro esfuerzo es un regalo de amor para el Niño Jesús.

San Pío de Pietrelcina tenía un amor profundo por la Santa Misa y la Eucaristía. Nos exhortaba a participar plenamente en la liturgia, con corazones agradecidos y adoración ferviente. En este Adviento, comprometámonos a asistir a la Santa Misa con una devoción renovada y a recibir a nuestro Salvador en la Eucaristía con reverencia y alegría.

Finalmente, imitemos la caridad y compasión de San Pío hacia los demás, especialmente hacia aquellos que sufren. En este tiempo de preparación para la Navidad, busquemos oportunidades para ser instrumentos de la paz y la alegría de Cristo en el mundo. Que nuestras acciones reflejen el amor de Dios y la verdadera esencia de la Navidad: el regalo divino de Jesús, nuestro Salvador.
Que San Pío de Pietrelcina interceda por cada uno de nosotros, guiándonos en este camino de preparación espiritual para la llegada del Niño Jesús. Que nuestras vidas resplandezcan con la luz del amor divino, y que esta Navidad sea para todos nosotros una experiencia de renovación espiritual y un encuentro más profundo con el misterio del amor encarnado.

Oremos juntos en preparación a la Navidad:

Dios misericordioso y amoroso, Padre de toda bondad,
Te presentamos nuestras humildes oraciones en este momento especial de conmemoración de los 800 años del Misterio de Greccio, aquel momento divino en el que San Francisco de Asís recreó el nacimiento de tu Hijo amado, Jesucristo. Inspirados por su ejemplo y guiados por la espiritualidad del bienaventurado Padre Pío, elevamos nuestros corazones en gratitud y adoración.

Te damos gracias por la vida y el legado de San Francisco, quien, con un corazón rebosante de amor por Ti, buscó seguir los pasos de Jesús de una manera tan tangible y conmovedora. Que su humildad, desprendimiento y amor a toda la creación nos inspiren a todos a vivir más plenamente el mensaje del Evangelio.

En este aniversario de Greccio, te pedimos, Señor, que nos concedas la gracia de experimentar la alegría del primer encuentro con tu Hijo, así como lo vivieron aquellos que estuvieron presentes en la recreación del pesebre. Que podamos abrir nuestros corazones con la misma simplicidad y reverencia, reconociendo la maravilla de tu encarnación y la luz que has traído al mundo.

Te rogamos, también, por la intercesión del Padre Pío, quien en su vida modeló la entrega total a tu voluntad y el amor apasionado por la Eucaristía. Que podamos recibir con gratitud el regalo de tu presencia en la Santa Misa y vivir de acuerdo con la verdad de tu palabra.

Oh Dios, encomendamos a tu misericordia a todas las almas que han sido tocadas por la espiritualidad de San Francisco y el Padre Pío. Que sus vidas nos guíen hacia una mayor santidad y nos ayuden a vivir más plenamente nuestra vocación como discípulos de tu Hijo.

Bendice, oh Señor, a la Iglesia que celebra estos 800 años de Greccio. Que el espíritu franciscano y la devoción del Padre Pío sigan siendo fuentes de inspiración para todos nosotros, conduciéndonos hacia una vida más profunda en comunión contigo y en servicio a nuestros hermanos.

Te lo pedimos todo en el nombre de Jesucristo, nuestro Señor. Amén.

lunes, 13 de septiembre de 2021

Padre Pío, el director espiritual


El padre Pío inició su actividad de dirección espiritual, en el sentido ordinario de la expresión, con un primer grupillo de almas desde su llegada a San Giovanni Rotondo. Los puntos clave fueron dos encuentros semanales con conferencias en común, la propuesta de los medios de perfección más principales, según la doctrina común tradicional, y la unidad de padre espiritual y confesor.

No es erróneo el reconocer en este pequeño grupo el primer «grupo de oración», según su propósito de formar «pocas y bien formadas almas que a su vez serán simiente para otras almas», y, según su misma sugerencia expresada en el desarrollo de las reuniones: «Los materiales están preparados -dijo-, ahora comenzar a construir». Pero el aspecto más notable de la dirección espiritual del padre Pío y de su estatura como director espiritual se puede deducir de la dirección por correspondencia, considerada por los expertos como extraordinaria. El epistolario publicado comprende tres volúmenes. Tal correspondencia, interrumpida por orden del entonces Santo Oficio el 2 de junio de 1922, ocupa ciertamente un puesto de honor entre los epistolarios clásicos del género.

Motivos de espacio no permiten ni siquiera una sumaria indicación de las características y dimensiones de la dirección espiritual hecha por el padre Pío, y por eso hay que remitirse a los estudios realizados por el padre Melchor de Pobladura: En la escuela espiritual del padre Pío y Problemática de la dirección espiritual en el epistolario del padre Pío.

La novedad de tal dirección no hay que buscarla tanto en los medios y en las indicaciones de teología espiritual cuanto en la constancia de vivir en primera persona y en hacer vivir a las almas dirigidas las verdades fundamentales de la fe, es decir, en la figura del director espiritual.
Con este fin, conviene hacer aquí una primera observación y es que, en la galería de las muchísimas almas dirigidas por él, el padre Pío conmensura el hilo conductor del compromiso en santificarse a la gran variedad de edad, cultura, condición social o profesión de cada una de las personas. El padre Pío se nos revela como un genial y santo artista del método diferenciado. Le dijeron en una ocasión: «Padre, verdaderamente sois todo de todos». Y él añadió rápidamente: «Corrige. ¡Soy todo de cada uno! Cada cual puede decir: el padre es mío».

Esta totalidad de rendición voluntaria, centrada en cada una de las almas, está basada en la profunda convicción de actuar por mandato de Dios: «Yo soy un instrumento en las manos divinas, que sólo sirve para algo si es manejado por el artífice divino». La exigencia de que los demás vean a Dios y no la imagen del director es el segundo punto relevante, el cual nos permite explicar, con dificultad pero de forma segura, la fuerza moral, a veces brusca y dolorosa, ejercitada al guiar las almas hacia Dios.
«Siguiendo al padre Pío -confiesa cándidamente una hija espiritual- se sufría fuertemente: sus pruebas, sus reprensiones, su diferente trato con las almas, partía de dolor el corazón y se necesitaba mucha fe para decir que su modo de proceder así era justo».

Un tercer elemento de relieve, que subraya su constante vocación corredentora, es la clara, sincera, íntima participación del director espiritual padre Pío en las angustias, conflictos interiores, desolaciones y penas de las almas dirigidas: «Siento como mías vuestras aflicciones». «Haré míos todos vuestros dolores y todos los ofreceré en holocausto al Señor por vosotros». Es el método de la dirección espiritual participada que caracteriza específicamente al padre Pío como director espiritual y hace más eficaz su trabajo como guía de la perfección. El padre Pío se sentía dirigiendo a las almas como el «pobre cireneo», el «piadoso cireneo que lleva la cruz por todos».

La clientela mundial

La característica más típica de la poderosa llamada de lo divino realizada por el padre Pío durante cincuenta años, es la universalidad. Casi como por una especie de atracción de gravedad, de todas las partes del mundo se moviliza la gente para acercarse al padre Pío.  Gente de todas las edades, de toda clase social, de cualquier condición económica, de todas las jerarquías eclesiásticas y políticas, de todo nivel cultural; gente de todas las naciones, de todas las razas acude al padre Pío con su carga de problemas y necesidades.  Y cuando la gente no puede viajar hasta él, escribe centenares, quizá miles de cartas al día en todos los idiomas: desde los más diferentes dialectos italianos a la mayoría de las lenguas más difundidas en el mundo.   La novedad del hecho manifiesta una especie de revolución copernicana en San Giovanni Rotondo, realizada por el padre Pío en un momento histórico en el cual se pone de relieve la respuesta al mandamiento evangélico: «Id a todo el mundo», con un exagerado activismo. Pero en San Giovanni Rotondo se cumple aquello que Jesús había dicho de sí mismo: «Venid todos a mí». Autorizada y manifiestamente este hecho ha sido puesto de relieve por el papa Pablo VI cuando se ha referido a la «clientela mundial» del padre Pío.  Y es natural preguntarse con fray Maseo: «¿Por qué a ti, por qué a ti, por qué a ti?»… Y la respuesta, una vez más, viene dada por el propio Pablo VI que define al padre Pío como «el representante marcado con los estigmas de nuestro Señor» (20 septiembre 1971). La gente no lleva a San Giovanni Rotondo sólo su carga de problemas y necesidades, sino que en lo más íntimo de su alma lleva consigo la única necesidad de ver a Dios y a Jesucristo en el hombre de Dios que es el padre Pío. Se repiten las maravillas de Dios: «Cuando sea levantado sobre la tierra atraeré todos a mí».  El mundo percibía claramente la respuesta alternativa al problema fundamental de su siglo: no se puede ser santos sin Dios, no se puede vivir sin la gracia. «Siento asiduamente una voz que me dice: santifícate y santifica», había dicho el padre Pío a una de sus hijas espirituales en el lejano noviembre de 1922. Y con intuición maravillosa la gente de todo el mundo comprendía rápidamente que las señales en las manos, en los pies y en el costado del primer sacerdote estigmatizado no podían ser interpretadas sino como «motivos de credibilidad» de la misión del padre Pío en el mundo contemporáneo de ser clavado en la cruz para actualizar la redención; y comprendía más pronto todavía que los dones carismáticos concedidos por Dios al padre Pío -como el discernimiento de espíritus, la profecía, el don de la bilocación, los efluvios y perfumes olorosos- no eran otra cosa que «medios providenciales para acreditar el misterio de la reconciliación con Dios». Sin embargo, la «clientela mundial», al mismo tiempo, crecía en torno al padre Pío por otra línea de fuerza, de naturaleza esencialmente espiritual: la dirección de las almas, la confesión sacramental y la celebración de la misa.

por Alejandro de Ripabottoni, o.f.m.cap.

martes, 3 de agosto de 2021

La Confesión: Anécdotas del Padre Pío



La Confesión era el principal trabajo diario del Padre Pío. Él hacía este trabajo mirando dentro de los penitentes. Por ello, no era posible mentirle al Padre Pío durante una confesión. El veía dentro del corazón de los hombres. A menudo, cuando los pecadores eran tímidos, el Padre Pío enumeraba sus pecados durante la confesión. 

El Padre Pío invitaba a todos los fieles a confesarse al menos una vez por semana. Él decía: "Aunque una habitación quede cerrada, es necesario quitarle el polvo después de una semana." 
En el sacramento de la confesión, el Padre Pío era muy exigente. Él no soportaba a los que iban a él sólo por curiosidad. 

Un fraile contó: Un día el Padre Pío no dio la absolución a un penitente y luego le dijo : "Si tú vas a confesarte con otro sacerdote, tú te vas al infierno junto con el otro que te de la absolución". El entendía que el Sacramento de la Confesión era profanado por los hombres que no querían cambiar de vida. Ellos se hallan culpables frente Dios.


Un señor fue a confesarse con el Padre Pío, a San Giovanni Redondo, entre 1954 y  1955. Cuando acabó la acusación de los pecados, el Padre Pío le preguntó : "¿Tienes otro"? y él contestó: "no padre". El Padre repitió la pregunta: "¿tienes otro"?,  "no, padre". Por tercera vez  el Padre Pío le preguntó: "¿tienes otro"?. A la tercera respuesta negativa se acaloró el huracán. Con la voz del Espíritu Santo el Padre Pío gritó: "¡Calle! Calle! Porque tú no estás arrepentido de tus pecados! ". 
El hombre quedó petrificado por la vergüenza que pasó frente a mucha gente. Luego trató de decir algo. Pero el Padre Pío le dijo: "Estás callado, cotilla, tú has hablado bastante; ahora yo quiero hablar: ¿Es verdadero que frecuentas las salas de fiestas"? - Usted, padre" - "¿Sabes tú que el baile es una invitación al pecado"? 

El hombre se fue asombrado y no supo qué cosa decir ya que tenía el carné de socio de una sala de fiestas en su billetera. El hombre prometió no cometer otros pecados y después de mucho tiempo tuvo la absolución.


Las mentiras 
Un día, un señor le dijo al Padre Pío: "Padre, yo digo mentiras cuándo estoy con mis amigos. Lo hago para mantenerlos alegres ". Y el Padre Pío contestó: "Eh, ¿quieres tú ir al infierno bromeando?! “
 
La murmuración 
Cuando uno habla mal de un amigo suyo se está destruyendo su reputación y el honor del hermano que tiene en cambio derecho a gozar de consideración. 
Un día el Padre Pío dijo a un penitente: "Cuando tú murmuras de una persona quiere decir que tú no quieres a aquella persona, tú has sacado a la persona de tu corazón. Pero sabes que, cuando sacas a un hombre de tu corazón, también Jesús se va fuera de tu corazón junto con aquel hombre."
 
Una vez, el Padre Pío fue invitado a bendecir una casa. Pero cuando llegó a la entrada de la cocina él dijo: "Aquí hay serpientes, yo no entro". Y luego le dijo a un sacerdote que a menudo frecuentaba aquella casa para comer: “no vayas a esa casa porque ellos dicen cosas feas de sus hermanos”.
 
La blasfemia 
Un hombre era originario de la Región de las Marcas. Él partió de su país, con un amigo suyo, en un camión. Transpotaban muebles cerca de San Giovanni Redondo. Mientras hicieron la última subida, antes de llegar al destino, el camión se rompió y se paró. Intentaron hacer arrancar el motor pero no tuvieron éxito. 
El chófer perdió la calma y lleno de cólera blasfemó. Al día  siguiente, los dos hombres  fueron a San Giovanni Redondo donde vivía la hermana de uno de los dos hombres. Con la ayuda de su  hermana lograron ir al Padre Pío para confesarse. 
Entró el primer hombre pero el Padre Pío lo cazó afuera. Luego le llegó el turno al chófer que empezó el coloquio y le dijo al Padre Pío: “Me he irritado". Pero el Padre Pío gritó: "¡Desdichado! has blasfemado a nuestra Mamá! ¿Qué te ha hecho la Virgen"?. Y lo mandó fuera.
 
El demonio está mucho cerca de los que blasfeman
En un hotel de San Giovanni Redondo no era posible descansar ni de día ni de noche porque estaba una niña endemoniada que chillaba de modo que daba susto. La mamá de la niña la llevaba cada día a la Iglesia. Ahí esperó a que el Padre Pío liberara a la niña del espíritu del mal. También en la iglesia la niña gritó muchísimo. Una mañana, el Padre Pío tras haber confesado a algunas mujeres se encontró frente a él a la niña que gritaba espantosamente. La niña fue retenida con dificultad por dos o tres hombres. El Padre Pío, ya aburrido de todo aquel trasiego, dio un golpe con su pie a la niña y luego golpeó la cabeza de la niña y dijo: "Ahora" basta! 
La pequeña cayó a la tierra. El  Padre Pío le pidió a un médico que estuvo presente, que llevara a la niña a San Michele, al santuario del Monte San Ángel. Cuando el grupo llegó al destino, entraron a la gruta donde había aparecido San Michele. La niña se reanimó, pero nadie logró acercarla al altar dedicado al ángel. En el medio de la confusión, un fraile tomó la mano de la niña y tocó el altar. La niña cayó a tierra como si hubiera sido fulminada. Se levantó  más tarde y como si nada hubiera sucedido le preguntó a su mamá: “¿podrías comprarme un helado"? 
Ante ésto, el grupo de personas volvió a San Giovanni Redondo para informar y agradecer al Padre Pío. Pero el Padre Pío le dijo a la mamá: "dile a tu marido que no blasfeme más, de otro modo el demonio vuelve."


 
Faltar a la Eucaristía 
A los principios de los años '50, un joven médico fue a confesarse con el  Padre Pío. Él dijo sus pecados y luego se quedó en silencio. El Padre Pío le preguntó al joven médico si tenía algún pecado que añadir pero el médico le respondió que no. Entonces el Padre Pío le dijo al médico: "recuerda que en los días festivos no se puede faltar tampoco a una sola Misa, porque ello es pecado mortal".  En aquel momento el joven recordó haber "faltado" a una cita dominical con la Misa, un mes antes. 


 
La magia 
El Padre Pío prohibió cada forma de magia, de espiritismo y de prácticas de lo oculto. Una señora cuenta: "Yo me confesé  con el Padre Pío en el mes de noviembre del 1948. Entre las otras cosas que le dije al Padre es que en nuestra familia estábamos preocupados porque una tía leyó las cartas. El Padre con tono perentorio dijo: "Echáis fuera enseguida aquella cosa."


El Divorcio 
En la familia unida y santa, el  Padre Pío vio el lugar donde brota la fe. Él dijo: “el divorcio es el pasaporte por el infierno”. 
 
Una joven señora, cuando acabó la confesión de sus pecados, como penitencia el Padre Pío le indicó.”tienes que encerrarte en el silencio del ruego y salvarás tu matrimonio." 
La señora se sorprendió ya que su relación matrimonial no tenía problemas. Después de mucho tiempo, ella tuvo grandes problemas en su matrimonio pero al estar preparada y siguiendo el consejo del Padre Pío, superó aquel triste momento evitando la destrucción de la familia.


El aborto 
Un día, el padre Romero le preguntó al Padre Pío: "Padre, esta mañana le ha negado la absolución a una señora por haberse hecho un aborto. ¿Por qué ha sido tan riguroso con aquella pobre desgraciada"?. 
El Padre Pío contestó: "El día en que los hombres, asustados por el estampido económico, de los daños físicos o de los sacrificios económicos, pierdan el horror del aborto, será un día terrible para la humanidad. Porque es justo aquel el día en que deberían demostrar  tener horror por ello. El aborto no es solamente homicidio también es suicidio. ¿Y con los que vemos sobre el dobladillo cometer con un solo golpe uno y otro delito, queremos tener el ánimo de enseñar nuestra fe? ¿Queremos recobrarlos  o no"? 
"¿Por qué suicidio"?  preguntó el padre Romero . 
“Tú comprenderías este suicidio de la raza humana, si con el ojo de la razón, vieras ´la belleza y la alegría´ de la tierra poblada de viejos y despoblada de niños: quemada como un desierto. Entonces entenderías la doble gravedad del aborto: con el aborto siempre se mutila también la vida de los padres”.

domingo, 28 de marzo de 2021

12 interesantes datos sobre la vida del padre Pío


Como en vida tenía fama de santidad, fue muy fotografiado, y se ha escrito mucho sobre él, probablemente ya lo conoces, pero hay doce cosas muy interesantes que tal vez no sabes sobre el padre  Pío:

1. Su verdadero nombre no era Pío, sino Francesco
Nació el 25 de mayo de 1887 en Pietrelcina, Italia, y le pusieron Francesco, nombre de un hermanito suyo que nació un año antes que él y murió.

2. Recibió los ‘estigmas’
Durante cuarenta años tuvo en manos, pies y costado, heridas como las de Jesús, de las que brotaba sangre que olía a flores. Las cubría con guantes porque no le gustaba mostrarlas. Le dolían mucho; no cicatrizaban, pero nunca se infectaron.

3. Podía leer las conciencias y predecir eventos futuros.
Acudían multitudes a confesarse con él. Pasaba en promedio dieciséis horas diarias confesando. Conocía los pecados de la gente antes de que ésta los confesara.
Supo quiénes serían los siguientes Papas, incluyendo a san Juan Pablo II.

4. Luchaba físicamente con el demonio.
De noche se oían en su celda ruidos espeluznantes, gritos, golpes que aterraban a los otros frailes. Al final quedaba físicamente maltrecho, pero espiritualmente victorioso.

5. Veía a su Ángel de la Guarda.
Platicaba con él y le pedía ayuda. Por ejemplo, cuando un amigo, queriendo asegurar que si alguien interceptaba su carta, no la entendiera, le escribió en griego al padre, éste pidió a su Ángel la tradujera.

6. Lo visitaban almas del Purgatorio.
Solían aparecérsele almas que pedían Misas para salir del Purgatorio. Les preguntaba datos sobre su muerte, comprobaba su veracidad, e intercedía por ellas ante Jesús.

7. Era muy devoto de María y rezaba muchos Rosarios cada día
María se le aparecía. Él llevaba siempre un Rosario que consideraba la mejor arma contra el mal. Animaba a todos a rezarlo. Rezaba diario alrededor de cuarenta Rosarios.

8. Tenía el don de bilocación
En una ocasión, se presentó en una casa a auxiliar a un moribundo, y luego se comprobó que a esa misma hora estaba en el convento.

9. Fundó un Hospital
Con esfuerzo y donativos, mandó edificar la “Casa Sollievo della Sofferenza” (Casa Alivio del Sufrimiento), para dar atención médica y espiritual a enfermos pobres.

10. Inició los ‘Grupos de oración del padre Pío’
Hoy en día hay millones de estos grupos en todo el mundo. Sus miembros se comprometen a orar, a hacer buenas obras y a amar a la Iglesia, y tienen presente este lema del padre: ‘Ora, espera y no te preocupes’.

11. Su condición física era médicamente inexplicable
Casi no dormía; a veces su único alimento era la Eucaristía. Durante sus éxtasis quedaba como muerto; y su temperatura subía tanto que rompía el termómetro. Llegó a tener más de 48 grados.

12. Su cadáver se mantiene incorrupto
El padre Pío murió en san Giovanni Rotondo, el 23 de septiembre de 1968. Su cuerpo está en una urna de cristal, y luce como si estuviera dormido. Fue canonizado en 2002.

lunes, 31 de diciembre de 2018

Cuando el Niño Jesús se apareció milagrosamente a Padre Pío por Navidad



Testigos atestiguan haber tenido una visión del Niño en los brazos del santo de Pietrelcina

Según el sacerdote capuchino fray Joseph Mary Elder: “En su hogar en Pietrelcina, preparaba el Belén él mismo. A menudo empezaba a trabajar en él ya en octubre. Mientras sacaba a pastar el rebaño familiar con unos amigos, buscaba arcilla para moldear las estatuillas de los pastores, las ovejas y los Reyes Magos. Ponía un cuidado especial en la creación del niño Jesús, al que reconstruía una y otra vez incesantemente hasta que sentía que le había quedado perfecto”.

Esta devoción le acompañó durante toda su vida. En una carta a su hija espiritual, escribió: “Al comenzar la santa novena en honor del santo Niño Jesús, mi espíritu se ha sentido como renacer a una vida nueva; el corazón se siente demasiado pequeño para contener los bienes del cielo”.

La misa de Medianoche en concreto era una celebración llena de dicha para el Padre Pío, quien la celebraba todos los años dedicando muchas horas para oficiar cuidadosamente la Santa Misa. Su alma se elevaba hacia Dios con enorme alegría, una felicidad que era fácilmente visible para los demás.


Además, los testigos han relatado que pudieron ver al Padre Pío sosteniendo en brazos al Bebé Jesús. Y no era una estatua de porcelana, sino el mismísimo Niño Jesús en una visión milagrosa.

Renzo Allegri cuenta la siguiente historia:

Estábamos recitando el rosario mientras esperábamos la misa. El Padre Pío estaba rezando con nosotros. De repente, en un aura de luz, vi al Niño Jesús aparecer en sus brazos. El Padre Pío se transfiguró, con los ojos contemplando al niño resplandeciente en sus brazos, su rostro transformado por una sonrisa de asombro. Cuando la visión desapareció, el Padre Pío se dio cuenta, por la forma en que lo miraba, de que yo lo había visto todo. Sin embargo, se acercó a mí y me dijo que no se lo mencionara a nadie.

El padre Raffaele da Sant’Elia, que vivió junto al Padre Pío durante muchos años, contó una historia similar:

Me había levantado para ir a la iglesia a la Misa de Medianoche en el año de 1924. El pasillo era enorme y oscuro, y la única iluminación era la llama de una pequeña lámpara de aceite. A través de las sombras pude ver que el Padre Pío también iba camino de la iglesia. Había salido su habitación y caminaba lentamente a lo largo del corredor. Me di cuenta de que estaba envuelto en una banda de luz. Busqué una mejor vista y vi que tenía al Niño Jesús en sus brazos. Y yo me quedé allí, absorto, en la puerta de mi habitación, y caí de rodillas. Padre Pío pasó por mi lado, todo refulgente. Ni siquiera se percató de que yo estaba allí.

Estos sucesos sobrenaturales destacan el profundo y comprometido amor del Padre Pío hacia Dios. Su amor ahondaba más gracias a su sencillez y humildad, con un corazón abierto de par en par a recibir cualquier gracia celestial que Dios tuviera prevista para él.

Que nosotros abramos también nuestros corazones para recibir al Niño Jesús en Navidad y permitamos que el insondable amor de Dios nos inunde de alegría cristiana.

aleteia.org

viernes, 9 de noviembre de 2018

El Padre Pío

Pieltrecina era en 1887 una pequeña aldea próxima a Benevento, en Italia. El trabajo de campo era el único medio de sustento de sus pobres habitantes. Olivos, viñas, trigo, tabaco, eran los cultivos que dominaban.
En una humilde habitación, de los varios "cuartos" separados que conformaban la vivienda de Grazio María Forgione y María Giuseppa De Nuncio, nacía el 25 de mayo el niño Francisco, que llegaría a ser el tan conocido y querido padre capuchino estigmatizado.

Allí pasó los tiempos de su niñez y breve adolescencia. Posteriormente con motivo de misteriosa enfermedad que lo alejó del convento, estuvo en la primera etapa de su vida sacerdotal desde 1910 a 1916.
Desde muy niño expresó a sus padres el deseo de ser fraile capuchino. Su padre no dudó, yéndose a trabajar lejos de su casa para lograr lo necesario para que su hijo pudiese estudiar y llegar al sacerdocio. Su madre, considerada como una mujer de pueblo con rasgos de gran señora, era una frecuentadora de la iglesia del lugar.

"En mi familia - decía el Padre Pío - era difícil hallar diez liras, pero nunca faltó nada". En ese ambiente crecía el niño Francisco. No siempre era de su gusto ir a jugar con los chicos de su edad, justificaba ante su madre: "porque ésos blasfeman", "son libertinos de palabra fácil". Si bien que "era un muchacho como los demás", nunca pronunció malas palabras ni quería oírlas, nos cuenta uno de sus antiguos comentadores 1. Normalmente ejercía como monaguillo, era rezador y bien compuesto; hacía muchas penitencias.
Ya en la escuela, comenzó a sufrir las envidias de algunos compañeritos. Por otro lado, también, a los cinco años comenzaron los éxtasis y las apariciones, fenómenos que ocultó hasta los 28 años, pues los consideraba como una cosa ordinaria que sucedía con todas las personas.

En este ambiente y circunstancias, Francisco, sentía la voz misteriosa del Señor para seguirlo. Sus padres no se opusieron en momento alguno, dieron a Dios la porción que le correspondía. Con la bendición de su madre, a los 16 años, parte para el noviciado: "San Francisco te ha llamado, pues, vete".

El padre Pío cuenta haber "sentido desde los más tiernos años fuerte llamado al estado religioso", que sería una continua batalla, pero que, el mismo Jesucristo, "lo habría de asistir y estar siempre a su lado para ayudarle y premiarle en el Cielo".

Fue así que un 6 de enero de 1903, llamó a las puertas del convento capuchino de Morcone, realiza su ejercicio espiritual y es revestido con el hábito franciscano, cambiando su nombre de bautismo, pasa a llamarse Fray Pío de Pietrelcina. Estaba allí, como novicio, aquel que, deseando ser un perfecto capuchino, llegaría a ser el famoso Padre Pío, conocido en todo el mundo.

5.jpg

Un llamado a la perfección, el apoyo de su familia
Emprende un camino lleno de pruebas, sufrimientos, persecuciones y gloria. Bien relata que, "al correr de los años había tenido que luchar contra el placer de este mundo que intentaba sofocar la buena semilla de la Divina llamada" 2.

En mayo de 1909, con motivo de misteriosa enfermedad, es trasladado a Pietrelcina con su familia; los médicos decían que tal vez los aires de su pueblo lo curarían. Esta situación de salud se prolongó por casi siete años. Al mismo tiempo sufría tormentos espirituales. El propio demonio quería arrancarlo de las manos de Jesús
.
Le acontecían sucesos de todo tipo, no pocos de característica extraordinaria, "se distinguía de los demás por su modestia, mortificación y gran piedad", siguió allí estudiando para no perder el año, pues tenía un ardiente deseo de ser sacerdote. Así fue, que un 10 de agosto de 1910 es ordenado sacerdote en la catedral de San Benevento.

Después de ordenado, por sus problemas de salud, continuó viviendo con su familia. Su director espiritual relata que, a una pregunta sobre su misteriosa permanencia en este lugar, le respondió: "no puedo revelar la razón por la que el Señor me ha querido en Pietrelcina; faltaría con la caridad...". Misteriosa respuesta aún a ser interpretada.

Entra en un período en el que padece de grandes tormentos diabólicos, decía: "el demonio me quiere para sí a toda costa". Vivir fuera del convento, era para él: "vivir en el destierro del mundo".

Del llamado al sufrimiento
A la etapa del llamado, viene el comienzo de su vida apostólica, ayudando al párroco, pero aun no confesando, hasta que llega el momento de volver al convento - que llamaba uno de los frailes "de la desolación" -, en San Giovanni Rotondo, lugar alejado del pueblo al que pocos llegaban.
Con el correr de los días se fueron aproximando almas deseosas de perfección, otras necesitadas de consejo. habían descubierto la llegada del nuevo fraile. Su consejo era muy claro y simple: comunión y confesión frecuente.

Las visiones celestiales lo acompañaron no mucho después de su noviciado. Él mismo escribía a sus directores espirituales, con toda simplicidad: "Se me ha aparecido Nuestro Señor", "ha venido Jesús y me ha dicho". Tenía el don de leer el interior de las almas, veía lo que sucedía en la consciencia ajena por una clarividencia sobrenatural, motivo por lo cual, las filas de confesión se hicieron enormes, a tal punto que distribuían números para ordenarlas.

No podía faltarle el conocimiento infuso de las lenguas extranjeras, sin estudio alguno que haya hecho. Como el fenómeno místico de la bilocación y el singular del perfume -símbolo del buen olor de la santidad- que emanaba de las llagas de sus manos sangrantes.
Su día a día era un rezar, un leer, y principalmente, estar confesando. En la confesión los penitentes recobraban la paz; sus Misas atraían de tal forma que algunos decían: "quién lo ha visto celebrar una vez, ya nunca se olvidará" 3. Vivía tres amores: La Eucaristía, María Santísima y la Santa Iglesia. Su vida: un reclinatorio, un altar, un confesionario 4. "En los libros buscamos a Dios; en la oración, lo encontramos", afirmaba.

Su misión era la entrega a los demás, la consideraba "su única misión". Su humildad le hacía afirmar: "Reconozco muy bien que no tengo nada que haya sido capaz de atraer las miradas de este dulcísimo Jesús. Sólo su buena voluntad ha colmado mi alma de tantos bienes" 5.

Hacia 1918 el padre Pío camina en el llamado al sufrimiento; precisamente un 5 de agosto de ese año recibe la gracia extraordinaria de la "transverberación", que le producía la pérdida frecuente del sentido. Relata en carta a su director espiritual, que sintió como un personaje, teniendo en su mano un instrumento similar a una flecha, y que de la punta parecía saliese fuego, "arrojaba en toda violencia tal dardo sobre el alma", que se sintió morir. El corazón traspasado, es una herida de amor, una "unión dolorosa".
"Esta gracia santificadora de la transverberación fue como un preludio de la gracia carismática de la estigmatización, que Dios concede en beneficio de los demás".

Así fue, que un 8 de septiembre de 1911, en sus manos, "apareció algo rojo como la figura de un céntimo, acompañado de un fuerte y agudo dolor en el centro de aquel círculo rojizo", "asimismo en la planta de los pies advierto algún dolor" 6. Poco después le desaparecen las señales, pero continúa el dolor en "el corazón, las manos y los pies como si estuvieses traspasados por una espada".
El 20 de septiembre, durante su acción de gracias posterior a la santa Misa, estando en el coro, se le aparece nuevamente el personaje misterioso del 5 de agosto, con las manos, pies y costado sangrantes. Ahí el padre Pío se da cuenta que "sus manos, pies y costado estaban taladrados y manaban sangre" 7. El mismo dice que era tomado por una fuerte aflicción, que experimenta casi todos los días.

Sus estigmas, que sangraban diariamente sin cicatrizar ni causar infección alguna, lo acompañaron durante 50 años.

Maravilloso gemido sale del corazón del Padre Pío pidiendo al Señor que le quite esta aflicción que le causan las señales exteriores de los estigmas. No pide que le retire el dolor, "puesto que lo veo imposible y veo asimismo que deseo embriagarme de dolor, sino estas señales externas (las llagas), que me causan una confusión y humillación indescriptible e insoportable" 8.

La Divina Providencia, nos cuenta el padre De Ripabottoni en uno de los perfiles biográficos más longevos, "no cumplió este ardiente deseo de su predilecto: no retiró de su cuerpo ‘las señales', porque él tenía que servir de señal para los hijos de los hombres que caminan a tientas entre las tinieblas" 9. En el correr de 50 años, soportó con resignación los dolores de sus llagas.

Comenzaba así su caminar, desde el llamado, entrando en el camino del sufrimiento, para lo que podríamos llamar de su entrega generosa, hacia los otros.

La entrega generosa
El padre Pío escondía este don de Dios. No existiendo en esos tiempos los medios electrónicos de comunicación actuales, en que un mini evento llega a cualquier lugar del mundo de forma casi instantánea, la noticia de sus estigmas y de sus virtudes se expandía con rapidez asombrosa. El convento era asechado por gentes que venían, que querían confesarse, que deseaban verlo celebrando Misa.
De todas partes del mundo llegaban pedidos de oración; "con frecuencia agradecimiento por gracias recibidas", por su intercesión, y vean que... ¡estaba vivo!

Miles de comuniones. Llega a confesar, en algunas ocasiones, hasta 16 horas al día. El padre Pío decía que "no tengo libre ni un minuto" (carta 3 de junio de 1919) y empleo mi tiempo en desatar a los hermanos de las cadenas de satanás. Bendito sea Dios". A tal punto que el Provincial de los Capuchinos de aquel tiempo atestigua que: "el Señor ha querido revelar a este su Elegido para el bien de las almas y la gloria de su nombre" 10.

Junto a eso, lamentándose de la falta de un hospital en el lugar, inventó construir la "Catedral de la caridad", la "Casa de Alivio del Sufrimiento". Un 16 de mayo de 1947, coloca la primera piedra. En 1966 llegó a tener 600 camas.

Eran tiempos que podríamos llamar de tranquilidad en su generosa entrega. Pero, como no podía dejar de ser, empiezan las acusaciones injustificables, para no decir difamaciones, hasta las más banales contra el padre Pío y los frailes de su entorno. En esos momentos estaba en el Pontificado el Papa Benedicto XV que lo consideraba como "un hombre extraordinario que Dios envía a la tierra de vez en cuando, para la conversión de los hombres". Y a sus enviados especiales y confidentes informadores les amonesta: "¡Está bien ser cautos; pero está mal mostrarse incrédulos!" 11.

6.jpg

Después de su generosa entrega... la persecución
La celebridad del padre Pío llegó hasta a los periódicos más famosos de aquel tiempo. Comienzan las envidias, al inicio fueron de cierta parte del clero secular. El Obispo local Mons. Gagliardi (que tiempos antes era acusado de costumbres no muy "santas", acusado de simonía y de costumbres depravadas, hechos confirmados años más tarde durante una visita apostólica 12, llegando a ser destituido), suplicaba a Benedicto XV que "pusiera freno a la idolatría que se comete en el convento por las actuaciones del padre Pío" 13. ¡Nunca lo había visto personalmente! En 1919, comenzó a reunir documentos o testimonios contra el Padre Pío. También de algunos canónigos que tenían una vida poco edificante 14.

Falleciendo este Pontífice en enero de 1922, a los seis meses, el llamado entonces de Santo Oficio emana disposiciones. Podríamos decir que comienza el período - en medio de su generosa entrega a los otros - de persecución, no otra palabra encaja tan perfectamente en estos acontecimientos.
Entra en escena el padre Agostino Gemelli (médico, militante socialista que se convirtió y entró en los franciscanos), que fue quien pesó en las actitudes adoptadas por las autoridades romanas hasta el año 1959. Fue calificado como el "filósofo de la persecución" 15. Afirmaba que los estigmas provenían de "una condición psicopática o eran efecto de una simulación" 16.

Empieza a ser castigado, considerado sospechoso, por una parte, de la Jerarquía Católica. Todo iba en aumento, llegando al extremo de ser impedido de todo contacto con el mundo externo.
Las instrucciones del Santo Oficio, de junio de 1922, le prohibían, por motivo alguno, mostrar las así denominadas llagas, ni hablar de ellas o permitir que se las besen. Le cambian el director espiritual, que era en su momento el P. Benedicto de San Marco in Lamis, con el cual debe interrumpir toda comunicación epistolar. Consideran necesario alejarlo de San Giovanni Rotondo. Le prohíben responder a las cartas que le dirijan personas devotas, ya sea para pedir consejo o dar gracias o por otros motivos.
Mismo así, el acercarse de fieles hacia el "capuchino de los estigmas", sigue aumentando masivamente. El Santo Oficio continúa de ojo atento al fenómeno. En mayo de 1923 declara que, realizada una investigación: "no consta, de la sobrenaturalidad de los hechos, y exhorta a los fieles a conformarse en su modo de proceder con esta declaración".

El 23 de mayo de 1931 el Padre Pío es privado de todas las facultades de su sagrado ministerio, exceptuada la santa Misa, que la podrá celebrar en privado en la capilla interior del convento, ¡sin participación de nadie! En nada disminuyó el entusiasmo de las gentes. El confesionario, que era el lugar donde eran realizados verdaderas conversiones y "milagros", quedaba vedado.
No se le imponía pena canónica alguna. La "investigación" era basada en la opinión infundada del padre Gemelli, y las acusaciones y calumnias del Obispo local...
Ante estas injusticias, al estilo de la más especial persecución, cuando el Padre Pío tomó conocimiento, elevando los ojos al Cielo, exclamó: "Hágase la voluntad de Dios"; cubriéndose la cara con las manos, inclinando la cabeza y no respondió más 17. Obedeció, aceptando todo con humildad y resignación. Aquel fraile estigmatizado, que decía que sólo sabía celebrar misa y confesar, es encerrado en un profundo silencio. Fue un período atribulado de su vida, pero, continuaba obediente y perseverante en la oración. En ese momento decía: "Lloro por las almas que se ven privadas de mi testimonio por quienes deberían defenderlo" 18.

Expresivas son, las palabras del padre De Ripabottoni sobre estos singulares momentos de su vida: "La luz que irradian sus virtudes no queda obscurecida por las nubes con las que se intenta vanamente embrollar su camino y ascensión hacia Dios. Coro, iglesia y celda: esta es su vida" 19.

Este forzado ostracismo terminó un 14 de julio de 1933, el 15 es la noticia en el convento, al día siguiente -fiesta de Nuestra Señora del Carmen-, después de dos años de ausencia, celebra misa en la iglesia del convento ante una multitud de fieles. Lo encontraron irreconocible, envejecido, cabellos encanecidos, hombros cargados, paso incierto. Era un hombre de dolores, no un triunfador 20.

La noticia corre y aumentan la afluencia de fieles, las confesiones y las comuniones. Pero todo lentamente, no era una rehabilitación plena, habrá que esperar varios meses; primero confesar hombres, meses después poder confesar mujeres. Su confesionario era como un enjambre de abejas, siempre rodeado de penitentes a la espera de sus consejos y absolución.
Quien tenía la gracia de aproximarse al padre Pío, quedaba entusiasmado por su persona, y se marchaba aliviado de sus miserias y dolores; era el decir de todos. Sólo en el año 1963 fueron 83.000 mujeres y 20 mil hombres, era una media de penitentes de ¡273 por día!, deseando confesarse con el perseguido...

Los años transcurrieron, pero las calumnias no cesaron. Un 3 de octubre de 1960, un comunicado de prensa del Vaticano origina un estruendo publicitario contra su persona, calificando su accionar apostólico como "una especie de fanatismo deletéreo" 21. Ochocientas noticias en toda Italia. Era la segunda persecución. Entraba en tema ahora, no sólo la persona del Padre Pio sino su proyecto, gestión y finanzas. de la "Casa de alivio del sufrimiento" y las colectas de dinero para su construcción. Una de las noticias lo calificaba como: "El capuchino más rico del mundo".

A pesar de esto, en el año 1962, cincuenta obispos y arzobispos asistentes al Concilio fueron a San Giovanni Rotondo, y miles de sacerdotes.
El 30 de enero de 1964 fue su "liberación". A través del cardenal Ottaviani fue indicado que: "el padre Pío ejerciera su ministerio con plena libertad".

El camino hacia la gloria, a una presencia viva y activa
Después de la tribulación de la persecución entró en nuevo período marcado por muchos sufrimientos desgarradores: "Padezco mucho, pero doy gracias a Dios como siempre" 22. Las cartas al padre Pío aumentaban. También. las peregrinaciones, para pedir más y más, siempre deseosos de verlo, agolpándose su alrededor, queriendo tocarle al menos el hábito, cuando no sus manos llagadas. Él mismo reprendía a los indisciplinados, que nunca faltan, en medio de los tumultos.
El 20 de septiembre de l968 era el 50º aniversario de las llagas visibles aparecidas en sus manos, pies y pecho. El escritor francés Pierre Pascal decía, cuando lo visitó: "en la penumbra de la celda, los estigmas de sus manos estaban luminosos" 23. El padre Pío expresaba: "¡Esto se acaba, se acaba!", "ya es hora, que el Señor me llame".

El 21 da la bendición a la muchedumbre presente. Se siente perdido en su humildad, confundido por tantos dones recibidos. Decía a quien estaba a su lado: "tendría que escapar y esconderme, dada esta confusión que experimento" 24.

El domingo 22 había sido el momento establecido para festejar el jubileo, sería una misa solemne, cantada, pero no consiguió hacerlo. Al final sufrió un desmayo. Colocado en silla de ruedas, alejándose, dirigió la mirada a los fieles, tendiendo los brazos como si quisiera abrazarlos, y murmuró un: "Hijos míos, queridos hijos míos". Así fue la última misa del padre Pío 25.
La multitud gritaba entusiasmada: "Viva el P. Pío", "Auguri P. Pío". Pero ya no parecía el mismo, estaba pálido, temblando y sin fuerzas, con sus manos frías. Con dificultad podía levantar la mano derecha para bendecir.

Triste relato de ese día trasmite el padre Guardián: "la ventana de la celda del P. Pío se cerró definitivamente para siempre, encerrando tras de sí el recuerdo de un hombre al que todos los que se le acercaron habían aprendido a llamar "¡Padre!" 26.

"Sólo me falta el sepulcro. Casi estoy más dentro que fuera de él". A las dos y treinta de la madrugada, del 23 de septiembre de ese 1968, administrado el sacramento de los enfermos, voló al Cielo, con las cuentas del rosario entre los dedos, y con "¡Jesús!... ¡María!", entre los labios. Tenía 81 años.
Una inmensa oleada de gente aguardaba impaciente el deseo de acercarse al ataúd, para ver, tocar y besar los venerables restos, nos cuentan las crónicas del convento. No era el funeral, sino el triunfo del padre Pío, la gloria.

Su presencia está siempre viva y activa, afirma el padre De Ripabottoni 27. El 16 de junio del 2002 fue canonizado por San Juan Pablo II ante una multitudinaria, nunca vista, presencia de fieles.


Por el P. Fernando Gioia, EP

reflexionando.org
___
Notas
1 DE RIPABOTTONI, Padre Alejandro. "Padre Pío de Pietrelcina", p. 16. P. Edizione Padre Pio, 2018. San Giovanni Rotondo.
2 DE RIPABOTTONI. Ídem, p. 41.
3 DE RIPABOTTONI. Ídem, p. 89.
4 DE RIPABOTTONI. Ídem, p. 172.
5 DE RIPABOTTONI. Ídem, p. 124.
6 DE RIPABOTTONI. Ídem, p. 72.
7 Carta del 22 de octubre al padre Benedetto, Epistolario, T. I., p. 1092.
8 DE RIPABOTTON. Ídem, p. 77.
9 DE RIPABOTTONI. Ídem, p. 77.
10 DE RIPABOTTONI. Ídem, p. 80.
11 DE RIPABOTTONI. Ídem, p. 81.
12 CHIRON, Yves. "El Padre Pío. El capuchino de los estigmas", pp. 146-147. Editorial Palabra, 2014.
13 CHIRON. Ídem, p, 147.
14 CHIRON. Ídem, p. 147.
15 Expresión de Francobaldo Chiocci y Luciano Ciri en "Padre Pío, soria d'una vittima". Vol. I, Ch. XIX.
16 CHIRON. Ídem, p. 154.
17 DE RIPABOTTONI. Ídem, p. 90.
18 BRUNATTO, Emmanuele. "Padre Pío", pp. 7-8. Ginebra, 1963.
19 DE RIPABOTTONI. Ídem, p. 85.
20 CHIRON. Ídem, p. 221.
21CHIRON. Ídem, p. 309.
22 DE RIPABOTTON. Ídem, p. 160.
23 CHIRON. Ídem, p. 350.
24 DE RIPABOTTONI. Ídem, p. 163.
25 BONIFACE, Ennemond. "Padre Pio le Crucifié, NEL, 1971, PP. 176-177.
26 DE RIPABOTTON. Ídem, p. 165.
27 DE RIPABOTTONI. Ídem, p. 171.

domingo, 3 de junio de 2018

El padre del Padre Pío


El santo místico no habría entrado en la vida religiosa si su padre no hubiera ganado dinero extra en EE.UU. y Argentina

Padre Pío nació en una pobre familia campesina en el pueblo de Pietrelcina, Italia. Tenían poco dinero, y sus padres no sabían leer ni escribir. Y sin embargo, los padres del pequeño Francesco (el nombre de nacimiento de padre Pío) tenían grandes esperanzas de que su hijo pudiera seguir un día su llamada al sacerdocio.

De joven, el muchacho relató a sus padres el deseo de ser religioso, y ellos pidieron a la comunidad local de frailes capuchinos que le aceptaran. En ese momento, el pequeño Francesco había realizado solo tres años de escuela, y los frailes le dijeron que necesitaba más si quería ser admitido.

Convencido de que su hijo estaba destinado a ser sacerdote, el padre, Grazio, convirtió en prioridad el ganar el dinero necesario para dar a su hijo una educación adecuada. En lugar de buscar trabajo en los alrededores, Grazio viajó a la “Tierra de las Oportunidades”, los Estados Unidos de América.

Grazio trabajo como obrero en 1898 en Long Island, y en Flushing (Nueva York). Después, en 1910, emigró a la Argentina. Con su trabajo, logró enviar suficiente dinero a casa para pagar a un profesor individual para su hijo, el cual, en 1903, a los 15 años, pudo entrar en el noviciado capuchino, y comenzar así su camino hacia el sacerdocio.

Según cuenta un pariente de la familia, “Cuando [Grazio] volvió a Pietrelcina, la gente le preguntaría, ‘¿dónde encontraste trabajo, dónde estuviste?’ En un pequeño enclave italiano allí en Flushing”. Esta es la razón de que algunos parientes del Padre Pío se trasladaran a Nueva York, creando una relación única entre el popular santo italiano y los Estados Unidos.

En resumen, que uno de los Santos más populares de todos los tiempos pudo ser sacerdote gracias a que su padre fue inmigrante.

lunes, 19 de marzo de 2018

Homilía del Papa Francisco en su visita a San Giovanni Rotondo

La oración, la pequeñez y la sabiduría son tres legados dejados por el Santo Padre Pío, dice el Papa Francisco, quien observó que al contrario la sociedad contemporánea da pruebas de más “crueldad” que los espartanos, hacia los más pequeños con malformaciones.

Esta es nuestra traducción rápida de trabajo de la homilía pronunciada por el Papa Francisco este sábado por la mañana, 17 de marzo de 2018, en la explanada del nuevo santuario San Giovanni Rotondo, en la región italiana de Puglia, donde presidió la misa, ante unas 40,000 personas.

Con motivo de su peregrinación tras las huellas del Santo Padre Pío, en el 50 º aniversario de su “nacimiento en el cielo” y el 100 º aniversario de la recepción de los estigmas de la pasión de Cristo en su cuerpo, el Papa llegó alrededor de las 8 de la mañana, en helicóptero a Pietrelcina, el lugar de nacimiento del Padre Pío. Se recogió cerca del “olmo de los estigmas”, antes de dirigirse a la población y bendecir a los enfermos.

Seguido el Papa se fue a San Giovanni Rotondo, donde fue recibido por el obispo de Manfredonia, Mons. Michele Castoro, quien dio las gracias al Papa al final de la misa diciendo: “Papa Francisco te queremos mucho”. Invitó a la multitud a decirlo con él, la multitud se levantó para ello. El Papa anticipó su visita porque el obispo está enfermo: se conmovió por evocar su propia vida “marcado por la fragilidad de la enfermedad” y también le agradeció al Papa por eso.

También le agradeció por la visita hecha a los niños enfermos y del testimonio por lo que llamó “la encíclica de los gestos” y por hacer de la Iglesia una “Posada del Buen Samaritano”. Agradeció también su preocupación por los jóvenes, citando el próximo sínodo.

El Papa visitó primero a los pequeños pacientes de la unidad de oncología y hematología del hospital fundado por el Padre Pío, la “Casa de Alivio del Sufrimiento”.

Luego visitó el antiguo santuario de Nuestra Señora de las Gracias donde se encontró con la comunidad de los capuchinos: se recogió frente al crucifijo y luego frente al cuerpo del Padre Pío a quien le ofreció su estola. Él también visitó la celda del santo.

El Papa fue en un papamóvil al nuevo santuario, diseñado por el arquitecto italiano Renzo Piano y decorado con mosaicos por el padre Marko Ivan Rupnik, sj. Y presidió la misa. El Papa regresó al Vaticano en helicóptero alrededor de las 14h.


Homilía del Papa Francisco


Me gustaría recordar tres palabras de las lecturas bíblicas que escuchamos: oración, pequeñez y sabiduría.

Oración: El Evangelio de hoy nos presenta a Jesús que ora. Estas palabras brotan de su corazón: “Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra …” ( Mt 11, 25). Para Jesús, la oración surgió de manera espontánea, pero no era opcional: solía retirarse a lugares solitarios para orar (cf. Mc 1, 35); el diálogo con el Padre ocupaba el primer lugar . Y así los discípulos descubrieron de forma natural cómo la oración era importante, aunque un día le preguntaron: “Señor, enséñanos a orar” (Lucas 11: 1). Si queremos imitar a Jesús, empecemos nosotros también donde comenzó, es decir, por la oración.

Podemos preguntarnos: ¿nosotros los cristianos oramos lo suficiente? A menudo, en el momento de orar, nos vienen muchas escusas a la mente, tantas cosas urgentes que hacer … a veces, dejamos a un lado la oración, porque estamos llenos de un activismo que se convierte poco concluyente, cuando se olvida “la mejor parte” ( Lc 10, 42), cuando olvidamos que sin Él no podemos hacer nada ( Jn 15: 5) – y así dejamos la oración. San Pío nos ayuda, cincuenta años después de su partida al Cielo, porque quería dejarnos un legado de oración. Él recomendaba: “Rezad mucho, hijos míos, orad siempre sin dejarlo nunca” (Palabras en el 2 ºCongreso Internacional de grupos de oración 5 de mayo de 1966).

En el Evangelio, Jesús también nos muestra cómo orar. Él dice ante todo: “Te alabo, Padre”; él no comienza diciendo, “Necesito esto y aquello”, sino diciendo: “Te alabo”. Uno no conoce al Padre sin abrirse a la alabanza, sin dedicarle tiempo solo a Él, sin adorar. ¡Cuánto hemos olvidado la oración de adoración, la oración de alabanza! Debemos recuperarlo. Cada uno se puede preguntar: ¿cómo adoro? ¿Cuándo adoro? ¿Cuándo alabo a Dios? Retomar la oración de adoración y de alabanza. Es el contacto personal, el cara a cara, el hecho de estar en silencio ante el Señor es el secreto para entrar cada vez más en comunión con Él. La oración puede nacer como una petición, incluso una urgencia, pero madura en la alabanza y en la adoración. Una oración madura. Entonces se vuelve verdaderamente personal, como para Jesús que dialoga enseguida libremente con el Padre: “Sí, Padre, porque así lo has querido en tu benevolencia”  (Mt 11,26). Y luego, en un diálogo libre y confiante, la oración se ocupa de toda la vida y la presenta ante Dios.

Y entonces nos preguntamos: ¿nuestras oraciones se parecen a las oraciones de Jesús o se reducen a llamadas de emergencia ocasionales? “Necesito eso”, y entonces voy a orar de inmediato. Y cuando no lo necesitas, ¿qué haces? ¿O los consideramos tranquilizantes para tomar a dosis regulares, para aliviar un poco el estrés? No, la oración es un gesto de amor, es estar con Dios y presentarle la vida del mundo: es una obra de misericordia espiritual indispensable. Y si no confiamos al Señor a nuestros hermanos, las situaciones, ¿quién lo hará? ¿Quién intercederá, quién se tomará la molestia de llamar al corazón de Dios para abrir la puerta de la misericordia a la humanidad necesitada? Por eso el Padre Pio nos dejó los grupos de oración. Él les dijo: “Es la oración, esta fuerza unida de todas las almas  buenas  la que hace mover el mundo, que renueva las conciencias , que cura los enfermos, que santifica el trabajo, que  eleva los cuidados de la salud, que da la fuerza moral, que difunde la sonrisa y la bendición de Dios sobre toda languidez y toda debilidad” (ibid. ). Guardemos estas palabras y preguntemonos de nuevo: ¿oro? Y cuando oro, ¿sé alabar, sé  adorar, se presentar a Dios mi vida y la de todos los hombres?

Segunda palabra: pequeñez. En el Evangelio, Jesús alaba al Padre por haber revelado los misterios de su Reino a los pequeños. ¿Quiénes son estos pequeños que saben cómo acoger los secretos de Dios? Los pequeños son los que tienen grandes necesidades, que no son autosuficientes, que no creen ser suficientes por ellos mismos. Los pequeños son aquellos que tienen un corazón humilde y abierto, pobres y necesitados, que sienten la necesidad de orar, confiar y ser acompañados. El corazón de estos pequeños es como una antena: inmediatamente capta la señal de Dios, se da cuenta de inmediato. Porque Dios busca el contacto con todos, pero el que se hace grande crea una gran interferencia, el deseo de Dios no viene: cuando uno está lleno de sí mismo, cuando no hay lugar para Dios. Por eso prefiere a los pequeños, se revela a ellos, y la forma de encontrarse con él es la de la humillación, de hacerse pequeño en el interior, de reconocerse necesitado. El misterio de Jesucristo es un misterio de pequeñez: es abajarse, aniquilarse. El misterio de Jesús, como vemos en la Hostia en cada Misa, es un misterio de pequeñez, de amor humilde, y uno solo puede comprenderlo haciéndose pequeño y frecuentando a los pequeños.

Y ahora podemos preguntarnos: ¿sabemos cómo buscar a Dios allí donde se encuentra? Aquí hay un santuario especial donde él está presente, porque hay muchos pequeños, sus favoritos. San Pío lo ha llamado el “templo de la oración y la ciencia”, donde todos están llamados a ser “reservas de amor” para los demás (Discurso por el primer aniversario de la inauguración, 5 de mayo de 1957): es la Casa del Alivio del Sufrimiento. En los enfermos, está Jesús, y en el cuidado amoroso de aquellos que se doblegan sobre las heridas de los demás, existe la manera de encontrarse con Jesús. Aquel que se preocupa por los pequeños está del lado de Dios y vence la cultura del rechazo, o que, por el contrario, prefiere a los poderosos y juzga a los pobres inútiles. Quien prefiera a los pequeños proclamará una profecía de la vida contra los profetas de la muerte de todos los tiempos, incluso hoy en día, que rechazan a las personas, rechazan a los niños, a los ancianos, porque son inútiles. Cuando era un niño, en la escuela nos enseñaron la historia de los espartanos. Siempre me ha impresionado lo que nos dijo la maestra: cuando un niño o una niña nacía con malformaciones, lo llevaban a la cima de la montaña y lo arrojaban para que no hubiera estos pequeños. Nosotros, los niños, nos dijimos: “¡Pero qué crueldad!”. Hermanos y hermanas, nosotros hacemos lo mismo, con más crueldad, con más ciencia. Lo que no es útil, lo que no produce debe ser rechazado. Esta es la cultura del rechazo, hoy,  no queremos a los pequeños. Y por eso se le deja a Jesús de lado.

Finalmente, la tercera palabra. En la primera lectura, Dios dice: “Que el sabio no se jacte de su sabiduría, ni el hombre fuerte se jacte de su fuerza” (Jer 9:22). La verdadera sabiduría no radica en tener grandes dones y la verdadera fuerza no está en el poder. El que se muestra fuerte no es sabio, y el que responde al mal con mal no es fuerte. La única arma sabia e invencible es la caridad animada por la fe, porque tiene el poder de desarmar a las fuerzas del mal. San Pio luchó contra el mal toda su vida y luchó sabiamente, como el Señor: por la humildad, por la obediencia, por la cruz, ofreciendo su sufrimiento por amor. Y todos lo admiran; pero pocos hacen lo mismo. Muchos hablan bien, pero ¿cuántos lo imitan? Muchos están dispuestos a poner un “me gusta” en la página de los grandes santos, pero, ¿quién hace como ellos? Porque la vida cristiana no es un “Yo amo”, es un “Me doy a mí mismo”. La vida tiene una fragancia cuando se ofrece como un regalo; se vuelve insípido cuando se guarda para sí mismo.

Y en la primera lectura, Dios también explica dónde extraer la sabiduría de la vida: “Que el que quiera jactarse, que se jacte … de conocerme” (v.23). Conocerlo, es decir, encontrarlo, como Dios que salva y perdona: este es el camino de la sabiduría. En el Evangelio, Jesús reafirma: “Venid a mí todos los que estáis cansados ​​y oprimidos” ( Mt 11:28 ). ¿Quién de nosotros puede sentirse excluido de esta invitación? ¿Quién puede decir “No lo necesito”? San Pío ofreció su vida e innumerables sufrimientos para hacer encontrar al Señor a sus hermanos. Y la forma decisiva de encontrarlo fue la confesión, el sacramento de la reconciliación. Es aquí donde comienza y recomienza de nuevo una vida sabia, amada y perdonada, aquí comienza la curación del corazón. El Padre Pio era un Apóstol del confesionario. Incluso hoy nos invita ahí; y él nos dice: “¿A dónde vas? a Jesús o a tus tristezas? ¿A dónde vuelves? ¿Donde el que te salva o a tus desalientos, tus remordimientos, tus pecados? Ven, ven, el Señor te está esperando. Ánimo, no hay motivos tan graves que te excluyan de su misericordia”.

Los grupos de oración, los enfermos de la Casa Sollievo, el confesionario; tres signos visibles que nos recuerdan tres preciosos legados: la oración, la pequeñez y la sabiduría de la vida. Pidamos la gracia de cultivarlos todos los días.

jueves, 22 de febrero de 2018

Otra conexión entre Padre Pío y Fátima: la devoción de la familia de los pastorcitos por este santo


Francisco y Jacinto tenían un hermano, Juan, del que se sabía muy poco hasta ahora....

Fátima y el Padre Pío están relacionados por el gran amor y devoción que el santo de los estigmas tenía hacia esta advocación de la Virgen. De hecho, la imagen peregrina original estuvo presente en San Giovanni Rotondo, produciéndose una curación milagrosa del fraile capuchino.

Durante estas semanas, aquella misma imagen de la Virgen de Fátima ha estado en el monasterio del Padre Pío. Y también en este momento se ha vuelto a conocer otra relación entre el santo y Fátima.

El hermano de San Francisco y Santa Jacinta, devoto del Padre Pío
En un reportaje para Padre Pío TV, Jacinta Pereiro Marto, la sobrina de los santos Francisco y Jacinta, ha asegurado que su padre era un gran devoto del Padre Pío, y que en su cartera siempre llevaba una estampa del santo de Pieltrecina.

Su padre no era otro que Juan Marto, el quinto de los siete hijos que tuvieron Manuel y Olimpia, y que estaba justamente por encima de Francisco y Jacinta. De hecho, estuvo en una de las apariciones con sus hermanos pequeños y  su prima Lucía, aunque  él no pudo ver nada.

Presente en una de las apariciones
Juan tenía 11 años cuando se produjeron las apariciones y falleció en el 2000 a los 94 años, 15 días antes de la beatificación de sus hermanos. No se sentía digno para ir a aquella ceremonia ni para saludar a Juan Pablo II, que presidió aquel importante acto.

En muchas ocasiones, Juan había contado que él estuvo presente en la cuarta aparición que se produjo en los Valiños y no en Fátima puesto que los pequeños habían sido apresados con el objetivo de revelar el secreto. “Yo estaba con ellos en los Valiños. Pero yo no vi nada”.

Este joven fue el último superviviente de los hermanos Marto y vivió en la casa donde nacieron Jacinta y Francisco. Poco antes de morir recordaba que sus hermanos “eran chiquillos normales, chiquillos absolutamente normales”. Quizás por esa normalidad, “nosotros no les creíamos” hasta que se produjo el conocido como milagro del sol el 13 de octubre de 1917, cuando el sol danzó ante decenas de miles de personas.

Juan lloró mucho tras la muerte de sus hermanos
Jacinta, hija de Juan, recuerda que su padre no acudió al milagro del sol como si hicieran sus abuelos y otros familiares y “se quedó en casa porque tenía miedo a morir”.  Un rumor que corría en este tiempo entre adultos y niños era que “si el milagro del sol no sucedía, toda la familia moriría”.

Con apenas 11 años a Juan le costaba entender todo lo que estaba sucediendo alrededor pero que después de la muerte de sus hermanos Francisco y Jacinta “mi padre decía que lloró mucho, mucho”, recuerda su hija, “porque vio que todo lo que decían estaba sucediendo”.

“Mi abuelo siempre creyó”
Hablando de sus abuelos, los padres de los santos, asegura que al principio ellos tampoco entendían nada. En aquel entonces “pensaban que sus hijos eran un poco diferentes a los demás, pero no sabían exactamente de qué forma” pero, no obstante, “mi abuelo siempre creyó”.

“Jacinta fue la primera en decir que Nuestra Señora se había aparecido y cuando le preguntaban a mi abuela por el tema siempre respondía: ‘Mis hijos no son unos mentirosos, yo los he educado, por lo tanto, si dicen que la vieron, yo creo que sí la vieron”.

A pesar de que su abuelo nunca vio a la Virgen, su nieta Jacinta recuerda que “estuvo en algunas apariciones y aunque decía que no veía nada, si se percataba de que algo sucedía. El decía que escuchaba un sonido, como de una abeja dentro de un cántaro, de un recipiente. Pero el milagro del sol él si lo vio. Así que, si ya creía antes, siguió creyendo”.

Todo como un don de Dios
Juan siguió como pastor toda su vida en su pueblo y hasta trabajó como peón de albañil para construir el santuario donde él antes jugaba con sus hermanos ahora santos. Nunca dejó atrás la humildad ni su fe sabiendo que todo era un don de Dios.

Y así es como lo define su hija Jacinta, sobrina de estos dos videntes: “Toda la familia, mis abuelos y mis padres, todos nosotros, siempre lo hemos aceptado como un don de Dios. Dios escogió a mis tíos porque así lo quiso. Tanto, que mi abuelo decía que la Virgen quería venir a Fátima y había escogido a sus hijos, pero que  nosotros no merecíamos nada. Por lo tanto, nosotros siempre lo hemos vivido con mucha sencillez porque Dios ha escogido y escoge a quien quiere”.

(Publicado originariamente en el portal de noticias marianas www.carifilii.es)

Lo más leído

Blog Archive